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EL DISCÍPULO AL QUE JESÚS AMA

Tras la muerte de un ser humano, cuando el recuerdo de los acontecimientos que marcaron su vida es evocado en sus funerales y su cuerpo sepultado o incinerado, es el momento de la interiorización. En el relato del sepulcro vacío que leemos el Domingo de Pascua ¿no sucede algo semejante? Es verdad que el tiempo del relato es reducido: lo que dura la acción de bajar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lienzos. Nos traslada enseguida al momento en que las exequias ya han terminado: el cuerpo ya no está a la vista y empieza la interiorización.

Quiero abrir aquí un paréntesis: ¿qué habría sucedido si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y hubiera pasado el tiempo sobre ese cuerpo cubierto de lienzos? Que nadie me diga: “esa situación nunca se habría dado porque Jesús ha resucitado”. Podríamos seguir creyendo en la Resurrección de Jesús sin dejar de ver su cuerpo yacente en el sepulcro: el estado de Resurrección no requiere la presencia -ni la ausencia- de un cuerpo mortal. Entre los expertos hay acuerdo en que la tradición de la Resurrección y la del sepulcro vacío son totalmente independientes entre sí. Basta leer las cartas paulinas para comprobar que no hay, en ellas, la menor alusión al sepulcro vacío. Cuando Pablo habla del «cuerpo resucitado» se refiere a un «cuerpo espiritual» distinto del cuerpo de carne (1 Cor 15, 44). Vuelvo, pues, a mi reflexión inicial. En realidad, si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y no se hubiera corrompido, se habría operado, en mi opinión, una especie de fijación castradora sobre el pasado: sería la nuestra una religión del recuerdo.

Tenemos que habérnoslas, sin embargo, con la ausencia del cuerpo. Con el cuerpo ausente podemos poner en relación muchas cosas de nuestra propia vida: la carencia de tantas que podrían llenar de estímulo y pálpito nuestra vida, la ausencia de seres queridos que a uno le gustaría tener siempre a su lado, la falta de seguridad íntima que todos necesitamos, la pérdida del cuerpo joven y alerta que uno ha tenido. Se podrían añadir a todo ello los deseos insatisfechos de comprender una historia personal, de dar sentido a todos los azares e imprevistos de la vida, de entender unas circunstancias que pueden parecer insignificantes y sin la menor transcendencia. María la Magdalena llora: «necesito su cuerpo, dime dónde puedo encontrarlo».

Fijémonos, ahora, en la disposición de Pedro y del otro discípulo. Pedro entra en el sepulcro vacío. Parece el primero en abrirse a esta experiencia de ausencia. Con él nos salen al encuentro todos aquellos para quienes esta experiencia sigue despertando un sinfín de interrogantes dolorosos. El discípulo al que Jesús amaba entra después. A diferencia de Pedro -viéndose, como él, en el corazón de esta experiencia de ausencia-, ve y cree. Será, pues, el primero en la experiencia de la fe ¿Qué es lo que ha visto? ¿Qué es lo que ha creído?

El evangelista repara en que el sudario que había cubierto el rostro de Jesús no se halla entre los lienzos sino enrollado en un sitio aparte. Queda claro, entonces, que la ausencia del cuerpo no se debe a que alguien se lo haya llevado, como creyó María Magdalena, porque no se habría tomado la molestia de coger el sudario y enrollarlo cuidadosamente en un sitio aparte. Estos detalles, por cierto, no han escapado a la atención de Pedro ¿Qué es lo que el otro discípulo ha visto además? ¿Cómo es posible que el sudario se haya convertido en un signo?

Amigo lector, el biblista que soy se siente, ahora, un poco desconcertado. Me resisto a caer en la trampa de los fundamentalistas, para quienes la casualidad no existe porque Dios decide hasta la más insignificante de las cosas que pasan. Sin embargo, estoy convencido de que es el sentimiento de haber sido amado con locura el que ha permitido al otro discípulo ser el primero en presentir los signos o indicios de algo que no era puramente accidental, en buscar febrilmente un sentido para ello, en recordar las palabras de Jesús y en percibir su relación con el conjunto de las Escrituras ¿Cuál es su descubrimiento? El de un significado que emerge de este duelo y hace posible sentir una presencia. Este sentimiento le mueve a decir: «ya no soy ya el discípulo al que Jesús AMABA. En adelante voy a ser el discípulo al que Jesús AMA». Aquel a quien el amor ha hecho correr más rápido que Pedro contempla ahora su relación con Jesús eternamente viva.

Entre los relatos pascuales éste es el que más me interpela. Como la mayoría de las personas, yo no he tenido nunca experiencias privilegiadas del Jesús Viviente, similares a las que los relatos de encuentro con Jesús resucitado parecen sugerir. Lo cierto, sin embargo, es que el evangelista describe, a mi entender, la experiencia de fe por excelencia: la que tiene lugar sin ver a Jesús. Juan me invita a abrirme a todo aquello que representan los vacíos de mi vida, las ausencias que duelen, los adioses más o menos forzados…Y me dice: «mira un poco mejor al corazón de lo que parece un vacío: ¿no hay ahí una presencia amorosa que te espera? Si lo haces, sentirás una paz que te arrancará palabras como éstas: ¡el Viviente está aquí!»

Mientras escribo estas líneas los periódicos cuentan la historia de unos jóvenes esquimales que se drogan con el vapor del combustible. Sabemos que no tuvieron nunca unos padres que miraran por ellos, les prestaran atención, les quisieran. Su abandono se ha convertido en un pozo sin fondo. Con el discípulo que fue el primero en descubrir lo que significa ser amado con locura, me atrevo a formular esta plegaria: que la Pascua venga para todos, para que, en medio de nuestros duelos, pueda germinar la vida.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

CONSENTIR EN MORIR PARA VIVIR

Cuando uno se para a leer o a escuchar con atención el evangelio descubre enseguida su significado. Unos griegos, medio judíos en su práctica religiosa, se sienten atraídos por la figura de Jesús y tratan de entrar en relación con él a través de sus discípulos más genuinamente helenos, Andrés y Felipe, originarios de Betsaida, región helenizada. Curiosamente, la respuesta inicial de Jesús a estos dos discípulos es una plática sobre el sentido de su propia muerte, ya próxima. Después dará comienzo a una breve plegaria marcada por la angustia y coronada por su decisión de consentir el sufrimiento que le espera. Finalmente volverá sus ojos a la multitud para anunciar el fracaso de los poderes que le atacan y su propia victoria a través de todos los creyentes que se verán atraídos por Él. En resumidas cuentas: la entrada en la comunidad creyente de un grupo de fieles ajenos al pueblo de Israel viene a ser fruto de la gesta incomparable de Jesús, que ha llegado al extremo de consentir una muerte trágica antes de extender su influjo sobre el mundo entero más allá de su muerte.

A mí me parece, de todos modos, que esclarecer las intenciones del evangelista, lejos de poner punto final a nuestra reflexión, deja abiertas ante nosotros muchas preguntas. La primera de todas puede ser la siguiente: ¿por qué es necesario morir para dar fruto? La imagen, en labios de Jesús, es elocuente: «os lo aseguro: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto». Esta imagen parece el reflejo de la propia vida de Jesús. Pero, en la trama de nuestras vidas, ¿de que verdad es reflejo, a su vez?

Es, por cierto, en el propio evangelio de Juan donde creo encontrar un esbozo de respuesta a esta pregunta: es el gesto de devolver la vida a Lázaro el que mueve abiertamente a las autoridades judías a sentenciar a muerte a Jesús ¿No es paradójico? Su poder para devolver la vida le llevará a la muerte. Todo lector asiduo del evangelio joánico sabe hasta qué punto el tema de la vida, de la misteriosa «vida sin fin» en concreto, es un hilo conductor del relato evangélico ¿Por qué, entonces, elegir la vida en toda su plenitud supone la muerte?

Creo que la vida me ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. En el fondo, yo mismo no he dejado nunca de morir. Al abandonar el vientre materno lo que hice fue poner fin a mi vida dependiente dentro de una cálida crisálida. Cuando me llegó el día de ir, por primera vez, a la escuela, tuve que despedirme de muchas horas jugando feliz y ponerme a aprender a leer y escribir. Ya adolescente, me fui a vivir a un piso compartido, renunciando así a una parte de mis lazos familiares y entregándome a la ardua tarea de adquirir una preparación. Más tarde, a los dieciocho, dejé mi pueblecito de Rouyn-Noranda para matricularme en las instituciones académicas de Montreal. Tomé la decisión de cursar primero estudios universitarios en Ottawa y, después, bíblicos en Europa y en el Oriente Próximo, ávido siempre de conocer culturas y realidades nuevas. Hasta que llegó para mí el día de tomar una decisión crucial: dejar atrás, en buena medida, todo aquello que había estado construyendo durante veinte años, así como la seguridad que me venía deparando, con el fin de empezar un nuevo proyecto de vida, lo que supondría morir a muchas cosas hermosas para poder nacer a otras ¿Qué continuidad puede haber entre todas estas muertes sino el anhelo de ser fiel a la vida, a la llamada de la vida en plenitud y verdad? ¿Qué sentido pueden tener nuestros desiertos sino el de esperar en ellos la tierra prometida?

Yo estoy personalmente convencido de que ningún ser humano puede crecer y seguir adelante, abierto sin cesar a la verdad y a la vida que le salen al encuentro en su camino, sin aceptar la necesidad de morir cada día a una parte de sí mismo, como la crisálida que viene a morir para convertirse en mariposa. No tenemos acceso al diario íntimo de Jesús pero yo imagino en Él esta misma necesidad cuando declara: «allí donde yo vaya irá también mi servidor».

He hablado, líneas atrás, de una respuesta parcial, en absoluto completa, pues queda en pie un profundo interrogante: ¿por qué hay muertes que, al menos en apariencia, lejos de ayudar a crecer, matan el alma y el corazón de la persona? He vuelto a leer recientemente el relato de los hermanos, padres y amigos de las catorce mujeres asesinadas en la masacre que tuvo lugar en la escuela politécnica de Montreal. Son personas rotas que confiesan haber perdido las ganas de vivir desde aquel seis de diciembre de 1989, si es que no han puesto ya fin a su vida ¿Cómo seguir hablando, entonces, de una muerte que ayuda a crecer? Sin haber dado con la respuesta definitiva a esta pregunta, reconozco que solo puedo hacerme eco de semejante misterio contemplando, en la fe y en el amor, la historia íntima de Jesús que dice: «Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora….»

En esta fe y en este amor me gustaría celebrar la esperanza de que estas muertes sin sentido den a luz una vida absolutamente inesperada.

Texto original de Andréé Gilbert traducido por V.M.P.

NUNCA RENUNCIES A LA FELICIDAD

¡Preciosa homilia del Papa Francisco!!!

«Puedes tener defectos, estar ansioso y vivir enojado a veces, pero no olvides que tu vida es la empresa más grande del mundo. Solo tú puedes evitar que se vaya cuesta abajo. Muchos te aprecian, admiran y aman. Si pensabas que ser feliz es no tener un cielo sin tormenta, un camino sin accidentes, trabajar sin cansancio, relaciones sin desengaños, estabas equivocado.


Ser feliz no es solo disfrutar de la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza.
No solo es celebrar los éxitos, sino aprender lecciones de los fracasos.


No es solo sentirse feliz con los aplausos, sino ser feliz en el anonimato.


La vida vale la pena vivirla, a pesar de todos los desafíos, malentendidos, periodos de crisis. Ser feliz no es un destino del destino, sino un logro para quien logra viajar dentro de sí mismo. Ser feliz es dejar de sentirse víctima de los problemas y convertirse en el autor de la propia historia, atraviesas desiertos fuera de ti, pero logras encontrar un oasis en el fondo de vuestra alma.


Ser feliz es dar gracias a Dios por cada mañana, por el milagro de la vida. Ser feliz es no tener miedo de tus propios sentimientos. Es saber hablar de ti. Es tener el coraje de escuchar un «no». Es sentirse seguro al recibir una crítica, aunque sea injusta. Es besar a los niños, mimar a los padres, vivir momentos poéticos con los amigos, incluso cuando nos lastiman.


Ser feliz es dejar vivir a la criatura que vive en cada uno de nosotros, libre, feliz y sencilla. Es tener la madurez para poder decir: «Me equivoqué». Es tener el valor de decir: «perdón». Significa tener la sensibilidad para decir: «Te necesito». Significa tener la capacidad de decir «te amo».


Que tu vida se convierta en un jardín de oportunidades para ser feliz …
Que tu primavera sea amante de la alegría. Que seas un amante de la sabiduría en tus inviernos.
Y cuando te equivoques, empieza de nuevo desde el principio. Solo entonces te apasionará la vida. Descubrirás que ser feliz no es tener una vida perfecta.
Pero el uso de las lágrimas es para regar la tolerancia. Utiliza las pérdidas para entrenar la paciencia. Usa errores para esculpir la serenidad. Usa el dolor para pulir el placer. Usa obstáculos para abrir ventanas de inteligencia.
Nunca te rindas … Nunca te rindas con las personas que te aman. Nunca renuncies a la felicidad, porque la vida es un espectáculo increíble ”.

(Papa Francisco).

ACOLLELO CAMBIO

A coresma é o tempo do cambio. Conversión quere dicir isto: cambio. Hai duas maneiras, porén, de entendelo cambio: cambiar eu certas cousas na vida –na miña ou na dos outros- ou ben acollelo cambio. O primeiro e máis doado ca o segundo. Cambiar cousas, mesmo importantes na vida, e máis doado que acollelo cambio. A vida pódenos cambiar nun intre. O que non pode a vida é facer o que só nosoutros podemos: acollelo cambio. A conversion da que nos fala Xesús non é troco dunhas cousas por outras: do que está mal polo que está ben. Non nos convida a trocar cousas na vida. Isto xa sabemos facelo se queremos. Convídanos a acollelo cambio, a vida que nos cambia nun intre ás veces. Isto é a conversion que agarda de nós.

A vida é certo que pode nos cambiar nun intre. Para ben ou para mal. A vida vén como vén. As cousas pasan, ás veces, sen que poidamos facer nada por evitalas. Sen que poidamos nin sequera entendelas. Ós malos tócalles a lotaría. Alomenos parécenos que nunca lles pasa nada. Todo me pasa a mín «Por qué a mín?», pregúntase calquera, «se eu sempre me portéi ben e fun una boa persoa…». No entanto, para ós que lles vai ben ou non lles pasa nada, non é certo que foron ditas aquelas palabras: «vindo a luz ó mundo os homes escolleron a tebra en vez da luz?»

O difícil non é trocar unhas cousas por outras, as malas polas boas. Se che toca a lotaría podes facelo axiña. E se non che toca pero es unha boa persoa sempre poderás mellorar. O difícil é acollela luz que vén cara a nós cando a vida nos cambia. O difícil é crer na luz no medio da tebra deste mundo onde ós malos nunca lles pasa nada é, por riba de todo, lles vai moi ben.

Texto escrito por V.M.P.

¿CUAL ES NUESTRA PRÓXIMA ETAPA?



Ésta es la historia de Babai Sathe.


Sucedió en Jawalke, una minúscula población del estado de Maharashtra, en el centro de la India. Se la veía siempre con el manguito neumático de la tensión, el estetoscopio y una báscula para pesar a los bebés ¿Quién era ella? No era médico ni enfermera. Era una mujer analfabeta de la casta de los intocables, nacida en la miseria más absoluta. Sólo comía cuando las castas superiores le tiraban comida y ésta caía al borde de su sari. Caminaba descalza por el pueblo porque las mujeres intocables no tienen derecho a usar calzado. Hasta que se habilitó para trabajar como sanitaria en el pueblo, asistir partos, curar enfermedades y  salvar vidas ¿Qué había pasado, pues?


Sathe se acordaba de cuando debía permanecer durante horas cerca del pozo local, que no tenía derecho a tocar, esperando a que alguna mujer de otra casta superior se compadeciera, al fin, de ella y llenara su cubo de agua. Era tan pobre que lavaba su cabello con barro y no tenía más que un sari: cuando lo lavaba se quedaba esperando en la orilla del río hasta que estuviera seco. Casada a los diez años, nunca pudo ir a la escuela.


Por aquellos días cierto médico, graduado en una de las facultades más prestigiosas de la India, tomó la decisión de consagrarse, junto con su esposa, a los más pobres de los pobres. Para promover la medicina preventiva puso en marcha un programa en el que los propios habitantes del lugar debían implicarse, sobre todo las mujeres de las castas inferiores, tras recibir una formación específica. Así fue como Sathe empezó a formarse. Y lo primero iba a ser la transformación de sí misma. Hasta entonces, cuando alguien le preguntaba su nombre, ella respondía con el nombre de su pueblo natal y de su casta, pues no creía tener identidad propia como ser humano. Fue mirándose en un espejo cómo se acostumbró a decir su propio nombre. Poco a poco fue aprendiendo a habitar su propia persona y a apropiarse de su identidad. Tras varias semanas y meses de formación en cuidados de la salud, llegó a ser una autoridad en el lugar: asistía los partos, prodigaba consejos a las madres más jóvenes, desmitificaba la salud y desmontaba sus mitos. «Yo era como una piedra sin alma -solía recordar-; cuando vine aquí recibí un ser, la vida. Aprendí a ser valiente y audaz. Me convertí en un ser humano». Sathe acababa de nacer.


La historia de Sathe nos puede ayudar a comprender el evangelio. Jesús, en cierta ocasión, se refirió a una curiosa iniciativa de Moisés, al fabricar y levantar éste en el desierto una serpiente de cobre y bronce para contener la plaga de serpientes venenosas que venía diezmando a su pueblo ¿Por qué fabricar una serpiente? La serpiente es un símbolo de vida, de renovación y eterna juventud al mudar su piel una y otra vez. A Esculapio, dios griego de la salud, se le representaba en forma de serpiente. No en vano, hoy en día, la serpiente enroscada en torno a una vara es el símbolo del árbol de la vida y el emblema de las sociedades médicas. Pues bien, Jesús hará suyo este símbolo para anunciar su propio destino. No olvidemos aquellas palabras que el propio Jesús le dirige a Nicodemo: «sin nacer de nuevo nadie podrá ver el Reino de Dios». Si estamos hablando nada menos que de un nuevo nacimiento, ¿qué significa, entonces, nacer de nuevo?


No es fácil explicar lo que significa nacer de nuevo. Cuando habla con Nicodemo, Jesús evoca la imagen del viento: uno sabe que hay viento cuando lo oye sonar pero lo que no sabe es en qué dirección va a soplar un momento más tarde. Uno puede trazar un plan pero no puede trazar de antemano la ruta que lo hará prosperar. Prosperar conlleva actuar siempre con transparencia, buscar la luz y secundar una inspiración interior que viene de Dios: «El que realiza la verdad busca la luz para dejar de manifiesto que sus acciones son acordes con la inspiración de Dios». Tendrá, además, el valor de abandonar su vieja piel, como la serpiente. Eso fue lo que hizo Sathe. Ya no dirá en lo sucesivo «he llegado a la meta» sino «¿cuál es la próxima etapa?»


Pero aun nos queda un paso más. El evangelio enseña que Jesús es la serpiente de vida, la luz que abre el camino hacia una vida sin fin. La serpiente levantada en el desierto es claramente una alusión a la cruz: siguiendo el camino del amor fue en ella donde Jesús abandonó su propia piel, con la que tanto bien hizo, para nacer a la vida universal que hoy en día nos sigue transformando más allá del tiempo, por medio de seres humanos como aquel médico que hizo nacer una persona nueva en Sathe.

En el año 2005 Babai Sathe, la intocable, fue elegida Sarpanch, esto es, líder en la población de Jawalke ¡Qué triunfo de la vida! Nosotros sabemos que esta victoria no ha sido fruto del azar pues tiene rostro: el que Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús ¿Estamos dispuestos a que esta misma fuerza de renovación nos siga transformando y conduciendo hacia una vida sin fin?

Texto de André Gilbert y traducido por V.M.P

LA VIOLENCIA DE LA VIDA

El once de septiembre del año 2001 quedará grabado para siempre en nuestra memoria colectiva como el día de la violencia religiosa. Aquellas bombas humanas ¿no buscaron su justificación en una santa cruzada contra el imperio del mal, la civilización occidental, que ataca abiertamente los preceptos milenarios de la ley islámica? Es en esta clave como propongo volver a leer el relato evangélico en que vemos a Jesús expulsando a los mercaderes del templo.


Es curioso que un mismo relato aparezca recogido en los cuatro evangelios.  Excepción hecha naturalmente de los relatos que nos cuentan la muerte y la Resurrección de Jesús. Llama poderosamente la atención que los primeros cristianos hayan querido que llegara hasta nosotros el recuerdo de un hombre Jesús que parece «fundir los plomos». Juan, por cierto, describe el gesto de Jesús con más crudeza que los demás evangelistas. Nos cuenta, por ejemplo, que «hizo un látigo de cuerdas», «tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas».  Y, sin embargo, el evangelista no dice en ningún momento de ellos que fueran unos ladrones o embaucadores.  Se limita a recordar que eran unos simples mercaderes y cambistas ¿Cuál es, pues, el problema?


Conviene recordar el papel tan importante que juegan en el templo estos mercaderes. Cuando Lucas, el evangelista, nos cuenta que María y José ofrecieron en sacrificio por la circuncisión de Jesús lo estipulado según la ley, un par de tórtolas, ¿dónde pudieron adquirir esas aves sino en el puesto de uno de estos mercaderes? Al hacer frente a los vendedores de bueyes, de ovejas y de tórtolas, lo que hace Jesús es poner en cuestión todo el sistema de las ofrendas sacrificiales, es decir, el mismísimo culto del templo. Es un gesto radical, no exento, sin duda, de cierta violencia.


¿Qué puede mover a Juan, el evangelista, a presentarnos una escena en la que Jesús parece hacer blanco en el corazón mismo de la religión judía, tal como podría hacerlo un integrista islámico que rechaza la sociedad occidental? Tenemos un esbozo de respuesta a nuestra pregunta en otra escena anterior, de profundo simbolismo, “las bodas de Cana”: el agua se convierte en vino, el agua de las abluciones rituales en la religión de Israel queda reemplazada por algo mejor, el vino de la fiesta y de la alegría en comunidad que trae Jesús. En la escena de los vendedores expulsados a latigazos se proclama, a su vez, que el templo y todo el ritual de los sacrificios han dejado de servir para vivir en relación con Dios y han sido superados por el nuevo templo que es la persona misma de Jesús, vivo para siempre después de una vida entregada hasta la muerte.


Y, no obstante, ¿por qué toda esta violencia? Es la violencia propia de la vida. Como el que va a nacer oprime desde dentro el vientre de su madre para salir de él y sale, al fin, gritando a la luz, así Jesús quiere tirar abajo todos esos muros que impiden una relación amorosa con aquel a quien Él mismo llama «Padre». Los discípulos encuentran la clave de la actitud de Jesús en el salmo 69: «el celo de tu casa me devora». Este versículo lo podemos traducir, por cierto, como sigue: «el amor que se entrega me llena del todo» y también «el amor que se entrega acabará por causarme la muerte». El culto del templo no solo no permite alcanzar una comunión vital con Dios, antes bien, la obstaculiza. Tú y yo, ¿no reaccionaríamos, tal vez, como Jesús en nuestro anhelo de vida auténtica ante todo lo que pudiera representar un obstáculo para el amor verdadero? La intensidad de la violencia es del mismo orden que la intensidad del amor.


¿Qué diferencia hay, pues, entre la actitud de Jesús  y la de los integristas de toda laya, musulmanes o cristianos? El integrismo es una postura de rechazo ante cualquier novedad que pueda brindar el presente, con sus experiencias y conocimientos nuevos. Es el acantonamiento en el statu quo y en la creencia de que la salvación consiste en volver al pasado y a las soluciones de otros tiempos. Hay, en el integrismo, una falta radical de fe y una oposición al dinamismo de la vida. La actitud integrista es una fuente de amargura y de odio ante la situación actual, que se convierten en ideología y en violencia destructora. En el polo opuesto, la necesidad de contraer una relación amorosa con un Dios que es Padre y el ansia de vida que despierta esta misma necesidad moverá a Jesús a tirar por tierra los ritos fosilizados del templo y a presentarse a sí mismo, en la ofrenda de su propio cuerpo, como nuevo ámbito para la relación con Dios. La única violencia que aquí tiene lugar es la del amor que construye, manifestado en la Pascua.

Ojala pudiéramos encontrar la misma violencia amorosa y constructiva entre los cristianos de nuestros días, tal vez demasiado entregados a sus actos rituales. 

André Gilbert

LAS DOS CARAS DE LA VIDA

Imagen de la transfiguración del Señor

Era un brillante hombre de negocios. Cuando estaba inmerso en sus operaciones, era capaz de hacer cálculos con la mayor rapidez. Era, además, muy generoso con sus hermanos: cada vez que se veían en apuros allí estaba él para echarles una mano. Con su mujer y sus hijos era de una ternura desbordante. Hasta que, un día, empezó a olvidar cosas: un grifo sin cerrar, una estufa sin apagar…Una mañana tomó el autobús y su familia, angustiada, no dio ya con él hasta el anochecer. El diagnóstico estaba claro: tenía Alzheimer. Las cosas, poco después, comenzaron a empeorar: empezó a acusar a su mujer de que le robaba. Para tranquilizarle, a ella se le ocurrió entonces meterle en el bolsillo un fajo de billetes repartido en pequeñas cantidades: así tendría la sensación de que llevaba mucho dinero encima. A veces, salía a pasear en pijama. En los escasos momentos de lucidez que acertó a tener, antes de perderse en la noche, rompía a llorar. Hasta que llegó el momento y fue necesario internarlo. A su familia le embargaba una pena indecible cada vez que le visitaba. Al que fuera esposo y padre había que cambiarle ahora los pañales. Se pasaba los días mordiendo un trapo. No reconocía ya a nadie.

Cuando la enfermedad da la cara uno se encuentra, con frecuencia, ante la negación, tanto en la mente del propio enfermo como en la de sus allegados: “no es posible”, “no le está pasando eso a él”. Y, cuando la enfermedad se acaba apoderando de alguien, crece la tentación de alejarse de él, como si ya no existiera ¿Cuál es, pues, el verdadero rostro de la vida? ¿Quiénes somos realmente cada uno de nosotros? La respuesta a estas preguntas sólo podrá encontrarla el que esté dispuesto a contemplar juntas “las dos caras de la vida”. Y esto es precisamente lo que nos propone el relato evangélico de la Transfiguración. Veámoslo.

Este relato es conocido tradicionalmente como el de la Transfiguración de Jesús. En pocas palabras, Jesús invita a sus discípulos más íntimos a subir con él a lo alto de una montaña. Allí le verán, de pronto, traspasado de luz y en conversación con dos personajes decisivos del Antiguo Testamento. Una voz del cielo les invitará, entonces, a escuchar al Hijo querido de Dios. Nuestras reacciones ante este relato varían desde el estupor que provoca en nosotros todo lo irreal y prodigioso hasta el impulso de piedad que puede suscitar en cada uno la presencia misma del Hijo de Dios, que se nos ha dado a conocer en su divinidad. Pasamos así un tanto de soslayo sobre lo que este relato intenta comunicarnos de una manera un poco desconcertante: entre los anuncios de su Pasión y la cercanía de su muerte, que se perfila ya en el horizonte, la fe de sus íntimos ve y comprende acerca de Jesús ciertas cosas que escapan al común de los mortales. En otras palabras, mientras el común de los mortales no ve en Jesús más que a un condenado a muerte y a un desgraciado, la fe de sus íntimos sigue viendo en él al ser extraordinario y único que ha sabido hablar sobre Dios de una manera extraordinaria y única. Su fe ha sido capaz de contemplar, a la vez, las dos caras de la vida: el rostro doliente y desfigurado, por una parte, y el semblante del ser querido y único que conocieron, por otra. Ambas forman parte de nuestra realidad humana.

Si bajamos al nivel de los hechos, nos encontraremos con que las cosas no sucedieron probablemente tal como se nos han contado: la transformación fulgurante de cuerpos y vestidos,  la nube que envuelve a los protagonistas del relato, la voz que resuena de ultratumba…El evangelista recurre a un lenguaje llamativo para comunicarnos algo profundo y verdadero: es su unión con Jesús en el amor la que les ha permitido a los discípulos superar la atrocidad de su proceso y de su muerte y adentrarse en la experiencia de la Pascua.  Es la mirada que nace del amor la que hace posible ver más allá de un desecho de ser humano.

Cuando uno vuelve al relato de la Transfiguración, se queda con la impresión de que el foco está puesto, en él, sobre la persona de Jesús: craso error. No podemos hablar de Jesús sin pensar en nosotros mismos. Jesús no hace otra cosa que abrirnos el camino. Por eso, cada uno de nosotros no es uno sino dos a la vez: las dos caras de la vida, el ser vestido de luz que es el Hijo amado de Dios y el hombre o la mujer de rostro desfigurado por el dolor. Es muy fuerte la tentación de ver solo, en uno mismo o en los demás, al ser vestido de luz cuando la vida nos sonríe. O al ser hundido en las tinieblas cuando la vida nos golpea. El relato de la Transfiguración nos enseña: cuando el cielo se cubra de sombríos nubarrones, alza tú los ojos hacia las alturas de la fe y no olvides al ser luminoso y bendecido que eres. Es lo que hacen quienes cuidan de aquellos seres cuyo espíritu ha volado hacia mundos imaginarios, como los enfermos de Alzheimer. Sus ojos traspasan las tinieblas para seguir viendo al ser luminoso que han amado.

Voy a confesar una costumbre que he tenido. Durante varios años pude ver a muchos recién nacidos cada vez que visitaba con mi mujer a las parejas para preparar el bautismo de sus vástagos. Me quedaba entonces mirándoles a los ojos mientras me preguntaba: “¿qué será de esta criatura?”. Hoy en día, cada vez que me encuentro con alguien, quién quiera que sea o cuál sea su conducta, no puedo dejar de imaginarme al bebé que fue, al muñeco de sonrisa tierna y luminosa que todos hemos sido una vez. Ya lo sé: me hablaréis de Hitler, de Saddam Husseim, de Gadafi…¿ha muerto para siempre, en algunos casos, el muñeco enternecedor? ¿O nos engaña el relato de la Transfiguración? Seamos, pues, como los centinelas en pie hasta la aurora, el día en que el ser luminoso acabará traspasando las tinieblas y Pascua será, al fin, una realidad universal. Al menos, si nos queda fe para entonces…

André Gilbert

CUARESMA, ¿TIEMPO DE DESIERTO?

De las tentaciones nos han enseñado a huír desde que tenemos la capacidad de hacerlo. Las tentaciones son peligros a los que no hacemos frente sino huyendo de ellos. Y, como el mundo está lleno de peligros, al final huír de ellos viene a ser lo mismo que huír del mundo. Fuera del mundo ya no tendremos tentaciones. Ya no las tendremos por haber caído en ellas. El que ha caído en la tentación ya no puede caer: solo puede levantarse. Y enseguida. Si no lo hace, si la tentación en que ha caído sigue viva en él, ya no estará dispuesto a levantarse. La costumbre se le hará naturaleza. Lo que tenía por malo se le convertirá en bueno. Fuera del mundo, en el desierto, viven los demonios y los endemoniados, es decir, los que saben que en el mundo no pueden hacer nada. Allí donde hombres y mujeres caminan de la mano, trabajan juntos, se ayudan y se dan apoyo y consuelo, el tentador no tiene nada que hacer.

Jesús lo sabía bien y por eso ni huyó al desierto ni huyó de las tentaciones. Ni se apartó del mundo ni de las tentaciones que en el mundo se encuentran. Por el contrario, les hizo frente. No huyó al desierto: el Espíritu le encaminó hacia él. No se quedó solo frente a los peligros. El Espíritu por el que hombres y mujeres pueden caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, estuvo a su lado frente a los peligros. El desierto ya no es el desierto, de hecho, para él. Nos cuenta el más antiguo de los evangelios, el de Marcos, que el Espíritu encaminó a Jesús hacia el desierto enseguida. No le dio tiempo para nada: ni para pensar en lo que le haría falta en el desierto ni siquiera para desengañarse de este mundo y huír de él. No fue al desierto huyendo de este mundo como los desengañados. Fue el Espíritu quién lo llevó allí enseguida. No le dio tiempo a planear la huída.

Y nos cuenta también el más antiguo de los evangelios que allí, en el desierto, pasó Jesús cuarenta días viviendo entre las fieras. El evangelio de Marcos parece que fue escrito en los años sesenta del siglo primero, cuando Nerón echaba a los cristianos a las fieras en el circo. Los oyentes del evangelio suponemos que se estremecerían al oír a Marcos hablar de las fieras. Y quedarían asombrados, al mismo tiempo: Jesús no había sometido a las fieras sino que había convivido con ellas. En el fondo tenemos aquí el compendio y sustancia de las tentaciones a las que Jesús se vio expuesto y, en Él, también nosotros: echados a las fieras de este mundo -a los riesgos y peligros de los que nadie puede librarse-, ¿lucharemos contra ellas hasta someterlas o bien quedaremos nosotros mismos sometidos a ellas, esclavos del miedo a los peligros? En el relato de las tentaciones de Jesús tenemos la respuesta a nuestra pregunta: ni someter ni dejarse someter, vivir entre las fieras, convivir con ellas, es decir, amar y perdonar a nuestros enemigos.

En el fondo, la lucha en el corazón de quien no quiere someter a nadie ni dejarse someter por nadie es tan dura que nadie es capaz de sostenerla él solo. Por eso Jesús no está solo en el desierto. “Le servían los ángeles”, nos cuenta el evangelio. Los ángeles, ¿acaso no son aquellos que le dan un vaso de agua a cualquiera de los más pequeños de este mundo? Cuando lo estamos pasando mal de verdad, cuando huyen de nosotros los amigos con la excusa de hallarse muy atareados, ¿no son como ángeles para nosotros los pocos que siguen a nuestro lado? A huír de la quema, de los peligros, de las tentaciones, de los problemas: he aquí lo primero que aprendemos en la vida. Jesús, por el contrario, nos enseña a dejar de huír de nosotros mismos. Frente a cierta espiritualidad de la “fuga mundi”, del silencio y el desierto, hoy de actualidad, la de caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, encaminados por el Espíritu de Jesús que nos lleva a donde nadie quiere verse: entre fieras y peligros. La Cuaresma, ¿es de veras el tiempo del desierto? A mí me parece que es el tiempo para dejar de huír.

Texto escrito por V.M.P

CORESMA, TEMPO DE DESERTO?

Das tentacións ensináronnos a fuxir dende que temos a capacidade de facelo. As tentacións son perigos aos que non facemos fronte senón fuxindo deles. E, como o mundo está cheo de perigos, ao final fuxir deles énos o mesmo que fuxir do mundo. Fóra do mundo xa non teremos tentacións. Xa non as teremos por termos caído nelas. O que caeu na tentación xa non pode caer: só pode erguerse. E axiña. Se non o fai, se a tentación na que caeu remanece nel, xa non querera erguerse. O costume faráselle natureza. O que tiña por mao háselle trocar en bo. Fóra do mundo, no deserto, viven os demoños e os endemoñados, é dicir, os que saben que no mundo non poden facer nada. Alí onde os homes e as mulleres camiñan da man, traballan xuntos, axúdanse e danse apoio e consolo, o tentador non ten nada que facer.

Xesús sabíao ben e por iso nin fuxiu ao deserto nin fuxiu das tentacións. Nin se arredou do mundo nin das tentacións que no mundo se atopan. Pola contra fíxoas fronte. Non fuxiu ao deserto: o Espírito encamiñouno cara a el. Non quedou só fronte aos perigos. O Espírito polo que os homes e as mulleres poden camiñar da man, traballar xuntos, darse apoio e consolo, estivo a caron del fronte aos perigos. O deserto xa non é deserto, de feito, para él. Dinos o máis antigo dos Evanxeos, o de Marcos, que o Espírito encamiñou a Xesús cara ao deserto axiña. Non lle deu tempo para cousa ningunha: nin para pensar no que lle faría falla no deserto nin sequera para se desenganar deste mundo e fuxir del. Non foi ao deserto fuxindo deste mundo coma os desenganados. Foi o Espírito quen o levou axiña. Non lle deu tempo para matinar a fuxida.

E dinos tamén o máis antigo dos Evanxeos que alí, no deserto, pasou Xesus corenta dias vivindo entre as feras. O evanxeo de Marcos disque foi escrito nos anos sesenta do século primeiro, cando Nerón botaba aos cristiáns ás feras no circo. Os oíntes do Evanxeo supoñemos que tremerían ao oíren a Marcos falar das feras. E ficarían abraiados, ao mesmo tempo: Xesus non asoballara as feras, senón que convivira con elas. No fondo temos aquí o resumo e o miolo das tentacións ás que Xesús viuse exposto e nel tamen nosoutros: botados ás feras deste mundo -aos riscos e perigos dos que ninguén pode afastarse-, ¿loitaremos contra elas ata asoballalas ou ben seremos nós mesmos asoballados por elas e escravos do medo aos perigos? No relato das tentacións de Xesús temos a resposta a nosa pregunta: nin asoballar ni deixarse asoballar, vivir entre as feras, convivir con elas, é dicir, amar e perdoar aos nosos inimigos.

No fondo, a loita no corazón do que non quere asoballar a ninguén nin deixarse asoballar por ninguén é tan acerba que ninguén é quen de sostela só. Por iso Xesús non está só no deserto. «Servíano os anxos», dinos o Evanxeo. Os anxos ¿seica non son aqueles que lle dan un vaso de auga a calquera dos máis cativos neste mundo? Cando o estamos pasando mal de verdade, cando foxen de nós os amigos coa escusa de se atoparen moi atarefados, ¿non son coma anxos para nos os poucos que seguen ao noso caron? A fuxir do lume, dos perigos, das tentacións, dos problemas: velaquí o primeiro que aprendemos na vida. Xesús, pola contra, apréndenos a parar de fuxir de nós mesmos. Fronte a certa espiritualidade da “fuga mundi, do silencio e o deserto, hoxe de actualidade, a de camiñar da man, traballar xuntos, darse apoio e consolo, encamiñados polo Espirito de Xesús que nos leva onde ninguén quere verse: entre as feras e os perigos. A Coresma ¿é, de feito, o tempo do deserto? A mín paréceme que é o tempo para pararmos de fuxir.

Texto escrito por V.M.P

LA PIEL DE LOS ENAMORADOS

Cuando Jesús extendió su mano y tocó al leproso que se le había acercado rogándole de hinojos, nos dice el Evangelio que “se conmovió profundamente”. Le conmovió, sin duda, aquella súplica del leproso jamás oída: “si quieres, puedes limpiarme”. Entre los cinco sentidos que, según la canción que le oía cantar a mi madre siendo yo un niño, “perdemos cuando nos enamoramos”, el del tacto es el de la libertad. Veo y no soy visto. Oigo y no soy oído. Huelo y no soy olido. Si toco con mi mano, en cambio, soy tocado. No puedo tocar sin ser tocado. Lo que toco me toca a mí. Si Jesús toca con su mano al leproso, éste le puede contagiar su enfermedad. La libertad no es solo la capacidad de elegir. Es también la capacidad de asumir las consecuencias de lo que elegimos. El hecho de que veamos, oigamos u olamos cualquier cosa no siempre tiene consecuencias para nosotros. El hecho de que toquemos algo las tiene siempre.


Jesús y el leproso lo sabían y por ello brotó del corazón del leproso aquella súplica jamás oída: “si quieres…”. Es la misma súplica que brota silenciosa en nuestro corazón tan pronto como alguien se acerca a nosotros: “trátame bien, trátame con tacto como tú también querrías que yo te tratase”. Cada cual puede ser para el otro como un dios que castiga o un hombre o mujer que acoge, ayuda o trata con tiento. Con tacto o sin él en lo que hacemos o decimos: he aquí la opción de la libertad. Ser libre no consiste en poder hacer o decir lo que a cada uno le dé la gana. Si la libertad se ha convertido hoy en un valor absoluto, intocable, es porque ha perdido su verdadero sentido hace mucho tiempo. Ha perdido el sentido del tacto, que es el sentido de la libertad. La libertad no es nunca un valor absoluto sino relativo. Sin tacto en lo que se hace o dice, en la manera de tratar a los demás, se convierte en un valor absoluto y se echa a perder por entero. El que juega a ser como Dios deja de ser lo que es: persona humana, alguien que no sufre el trato sin tacto.

Ahora podemos entender mejor la súplica del leproso que conmovió a Jesús. Le conmovió el hecho de encontrarse ante un ser humano en su más profunda verdad. La humildad de la súplica habla por sí sola al corazón de cada uno: ¿no habla también el leproso en nuestro propio corazón? En él cada cual bien puede sentirse representado. En él el Salvador toca nuestra piel, sensible al buen o maltrato, y nosotros tocamos su cuerpo, lleno de vida y de luz. Y, al tocar su cuerpo, la vida y la luz del Resucitado llega a nosotros y nos convierte en criaturas nuevas.

De algún modo el milagro del encuentro entre Jesús y el leproso tiene lugar en cualquiera de nuestros encuentros, siempre que tratamos a los demás como quisiéramos que ellos nos tratasen. El tacto, en contra de lo que cantaba mi madre, no podemos perderlo ni siquiera “cuando nos enamoramos”.

Texto escrito por V.M.P.