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EL ESPECTÁCULO DEL DINERO

Dar y tener no son dos verbos correlativos. No da el que tiene sino el que quiere. El que quiere da lo que tiene cuando se da a sí mismo. El que no quiere no tiene nada que dar. No da de lo que tiene sino de lo que le sobra: excusas para dar o para no dar. Muchos ricos se acercaban al arca de las ofrendas, en presencia de Jesús, para dar de lo que les sobraba. El que da de lo que le sobra no tiene nada que dar porque no se tiene ni siquiera a sí mismo. Necesita, entonces, el espectáculo. Que todo el mundo sepa cuánto le sobra. Cuando hace un donativo, lo pregona. Cuando rehúsa hacerlo, también.

Pero el espectáculo del dinero que sobra y se blanquea cuando es necesario no despierta la atención de Jesús. El espectáculo lo busca el que se aburre: lo grande o mucho, lo que se pueda contar con palabras o con números. Lo que rompa la rutina cotidiana. Y ver a los ricos acercarse al arca de las ofrendas, en el templo de Jerusalén, debía de ser todo un acontecimiento. Sus monedas sonaban al caer y todo el mundo podía oírlas. La vista y el oído de todos quedarían, sin duda, impresionados.

Pero he aquí que al templo se acercó también una viuda. No era más que una, leemos en el evangelio, y esto es lo sorprendente: ¿eran tantos los ricos y tan pocos los necesitados – huérfanos o viudas- que se acercaban al templo para entregar su ofrenda? ¿No eran precisamente éstos los que tenían algo que dar y aquellos los que no tenían nada? A mí me parece que al templo debían de acudir también los que tenían mucho que dar, los que, como la viuda del evangelio, querían dar lo que tenían: a sí mismos.

Pero la mirada de Jesús debió de hacer de muchos uno. Es así la mirada del amor: de muchos hace uno. No se distrae con el espectáculo de muchos o de grandes hombres. No necesita distraerse porque no se aburre. En medio del espectáculo, encuentra lo que busca: la unidad pura, la sencillez conmovedora del que se da a sí mismo. No da de lo que le sobra sino de lo que tiene. Y la mirada del amor se posa sobre él y lo unifica. Lo salva para siempre.

Mirar con amor al otro es descubrir su soledad. Es apartar los ojos del espectáculo que buscan los que se aburren y ponerlos allí donde no sobra nada. La mirada del amor alcanza el corazón de cada uno y ve lo que hay: alguien que lo da todo porque se da a sí mismo. Uno que puede hacerlo porque se tiene a sí mismo. Tenerse uno a sí mismo y darse tal como es: he aquí la única y verdadera riqueza. Lo demás son excusas para dar o no dar. Lo demás es espectáculo para matar el tedio. El que no se tiene a sí mismo no tiene nada. Si da no es de lo que tiene sino de lo que le sobra.

Texto escrito por V.M.P

CONTRA LA HEREJÍA

La historia de la fe, ¿no es la de su lucha sin tregua contra la herejía? La historia contra la herejía: he aquí también la médula de nuestra propia historia. Porque en cada vida individual se revive el mismo conflicto: la fe que abre caminos -que hace historia- contra la herejía que los cierra todos y pretende poner término a la historia.

No brota la herejía -bueno es recordarlo- de un conflicto entre la fe y la razón. Si la fe es un don y la razón otro, ¿podremos agradecer el don de la razón de mejor manera que formulando preguntas -abriendo caminos- a quien nos da la fe? La razón no es herética. Como un don dispone a recibir con gratitud otro, así la razón dispone a recibir la fe y no a rechazarla. La herejía no es, pues, un conflicto entre dos bienes.

Entonces, ¿qué es? Una ruptura de la fe consigo misma. Cuando la fe en la razón se repliega sobre sí misma ya no reconoce nada fuera de ella. No atiende a razones porque ella misma tiene la razón de su parte. Se aleja del amor. El drama de una fe sin amor es el conflicto permanente de la historia contra todo aquello que cierra los caminos de la historia. En la frase del posmoderno «somos química» no deja de resonar, en versión secular, el «somos alma» del hombre premoderno. Si al primero le basta la química para ser feliz, al segundo le basta Dios para alcanzar el mismo objetivo.

Cuando el escriba le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante de todos, es obvio que le está preguntando por uno solo: por el que basta para que el buen creyente sea feliz cumpliendo la ley entera. Pero Jesús no le responde al escriba con uno solo y suficiente. Le responde -y esto es lo paradójico- con dos. No hay pues nada en este mundo -la química de la felicidad- ni más allá de él -la fe en la divinidad- que pueda bastar para que un hombre cumpla su destino. Ni la quimica ni Dios pueden hacernos felices.

¿Tampoco Dios? Tampoco Dios ¿No ha dicho la santa de Avila aquello de que «solo Dios basta»? Claro que sí. Pero bien entendido que Dios no basta para hacer feliz al que no hace feliz a su projimo como a sí mismo. Porque la fe abre caminos. El amor los transita, paso a paso. Sin caminos la razón no interroga ni el amor se entrega. Los caminos son tarea de ambos: de la fe que los abre y de la razón que los busca porque es razón sentida. Porque es amor en marcha.

Muy elocuentemente el verbo que preside los dos mandamientos esenciales para el creyente es el mismo: «amarás». No leemos «creerás en Dios» y «amarás a tu prójimo». A Dios lo hemos de amar con amor humano pues el primer mandamiento nos habla de capacidades propiamente humanas: «con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas…». Es lo humano en su complejidad y ambigüedad. Y, ¿cómo amaremos, pues, al prójimo?

Si a Dios lo hemos de amar con amor humano, al prójimo solo cabe que le amemos, pues, divinamente. El evangelista lo dice muy claro: «como a ti mismo». Y esto es lo mejor que podemos dar a los demás: la propia verdad, más allá de la complejidad y la ambigüedad propias de la condición humana. Claro que la verdad de uno mismo no se da del todo a otro sino poco a poco, caminando a su lado, viviendo juntos la historia de una fe. La verdad del todo y de golpe: ésta es la herejía de una fe que se ha alejado del amor.

Texto escrito por V.M.P.

LA AMBIGUEDAD DEL SILENCIO

El silencio ha alcanzado un prestigio inmerecido. Lo ha ensalzado un movimiento de reacción al ruido que nos persigue por todas partes: por lo que vemos sin mirar y por lo que oímos sin escuchar. Es tan ensordecedor el volumen de los mensajes recibidos que la vuelta a lo que ni se ve ni se oye, al silencio, se ha impuesto por pura necesidad. Pero volver no siempre significa ponerse en camino. A veces, volver es simplemente huir, evadirse. Y la vuelta al silencio necesario en nuestro tiempo, ¿no tiene algo de evasión?

Yo creo que sí. El hijo pródigo volvió a su casa por necesidad más que otra cosa. Por eso lo que verdaderamente importa en la parábola del hijo pródigo no es el retorno del hijo sino la acogida del padre, que nunca se había ido. El retorno contemporáneo a los desiertos y monasterios poco tiene que ver con las razones de quienes, confinados voluntariamente en ellos, siguen luchando hoy contra el maligno, que aprovecha la sequedad de la oración y el silencio de una vida privada de estímulos para atraer el corazón del monje. El turismo espiritual y la espiritualidad del silencio, ¿no son, a menudo, experiencias de evasión para quienes han soportado ya todos los ruidos y probado todos los estímulos?

Pero la necesidad no queda satisfecha con el silencio porque el silencio no es mudo. Alguien habla siempre en él y, si es preciso, a pesar suyo. Alguien grita y rompe el silencio. La figura evangélica de una voz que se levanta y rompe el silencio es la del ciego Bartimeo. Bartimeo se pone a gritar para que le oiga el Maestro. La gente le manda callar pero él no se calla. En el silencio impuesto por uno mismo o por otro -por Otro, tal vez, muy poderoso- sale a relucir la profunda ambigüedad del silencio mismo. Lo injustificado que resulta su prestigio. Nadie debería callar lo que necesita decir. Ni guardar silencio ante lo que debería ser dicho.

Es la voluntad de Dios revelada en su Hijo. Mientras la gente manda callar al ciego Bartimeo, Jesus le manda hablar. El silencio no es Palabra de Dios. Ni siquiera condición necesaria para escucharla. La sola condición necesaria para escuchar la Palabra divina es la fe, no el silencio. Y la fe es una sístole y una diástole. No podría ser de otro modo porque su órgano es el corazón. Hay momentos en la vida para el silencio, para caminar en paz de la mano de aquellos en los que confiamos. Y hay otros momentos en la vida para romper el silencio y sentarse al borde del camino como Bartimeo, el mendigo ciego. Hay momentos en los que vemos claro el camino. Hay otros en los que no vemos nada y lo necesitamos todo: una mano tendida y una voz que nos diga algo así como «ánimo, levántate, el Señor te llama.

Una fe que solo fuera sístole, camino en paz hacia la luz, no sería fe. Le faltaría la diástole del grito que, al borde del camino, rompe el silencio impuesto por necesidad o por deber. A los que huyen del ruido en busca del ensalzado silencio les conviene recordar la figura desfigurada del bronco y ciego Bartimeo.

Texto escrito por V.M.P.

EL LABERINTO DEL PODER

La sensación de poder es un laberinto. Uno siente que puede y se siente capaz. Es uno mismo -su propio cerebro- el que da órdenes a sus brazos y éstos se levantan. Si da órdenes a sus piernas, se ponen en marcha. Si las reciben sus ojos éstos miran. Si sus oídos, oyen y, además, escuchan. Uno se siente a sí mismo al sentir todo lo que puede hacer, hasta dónde alcanza su poder. Y aquí está el laberinto.

En un laberinto una es la entrada y otra la salida. El que entra en él tiene que encontrar la manera de salir de él. Si no la encuentra tiene que volver al punto de partida. Pues bien, esto es lo que pasa cuando uno siente que tiene poder sobre sí mismo y, tal vez, sobre los demás. No encuentra la salida y, por eso, vuelve siempre sobre sí mismo. El poder es siempre el poder de uno solo. Por eso aísla. Las personas capaces y valiosas, poderosas en su ámbito de influencia, no suelen tener amigos. Tienen seguidores pero no amigos.

Para que haya alguna forma de amor entre seres humanos éstos tienen que poder salir de sí mismos. Si no pueden salir de sí mismos -de su propio laberinto- no pueden amar. Podrán imaginar que aman o cómo es el amor. Podrán imaginar incluso que aman a Dios y que Dios les ama a ellos de una manera especial. Los poderosos siempre han buscado en la religión un aliado para permanecer en su laberinto como si pudieran salir de él. Y las personas religiosas son, a veces, personas incapaces de amar. Rezan mucho pero se relacionan poco o de una manera muy superficial con los demás.

Pero la sensación de poder es un laberinto no solo porque el que la tiene no puede dejar de tenerla: necesita sentirla para sentirse vivo. La sensación de poder es un laberinto porque el que la tiene no quiere dejar de sentirla. Ni puede ni quiere. Por eso el poderoso aspira a permanecer en el poder. El evangelio en el que vemos a Santiago y a Juan, hijos del Zebedeo, acudir a Jesús y pedirle los primeros puestos, a su derecha y a su izquierda, «en la gloria» es un testimonio absolutamente laberíntico. Santiago y Juan no le piden a Jesús un poder temporal. Le piden un poder eterno: reinar con Él para siempre. No quieren otra cosa. No se contentan con menos. El poder es una sensación que nadie quiere dejar de tener. Nadie quiere perder o ceder poder. Al menos sobre uno mismo -sobre su propio cuerpo y su propia mente- nadie hay que no aspire a seguir mandando hasta el final y más allá. El debate contemporáneo sobre la calidad de vida y la muerte digna no es, en el fondo, otra cosa que esto: una lucha por el poder. La lucha por morir dentro del laberinto.

Hay una pregunta de Jesús a Santiago y a Juan que todos recordamos: «¿podéis beber el caliz que yo bebo y ser bautizados con el bautismo con el que yo soy bautizado?». Yo creo que lo que Jesús nos viene a preguntar a nosotros, en ellos, es algo muy concreto: ¿para qué queréis el poder? De otra manera: ¿por qué permaneceis en el laberinto? La respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús aparece cargada de ironía: «¡podemos!» La ironía no está propiamente en la respuesta unánime, inmediata y rotunda de Santiago y de Juan. La ironía aparece a la luz de la réplica posterior de Jesús: «ciertamente el caliz que yo bebo lo bebereis…».

La ironía en la respuesta de los discípulos y en la réplica de Jesús es nada menos que la salida del laberinto. Los que pretendían permanecer en él para siempre, sentados uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús en su gloria, saldrán un día de él ¿Cómo? Dando la vida por sus hermanos. El amor, siempre amante del juego y de la ironía, es la salida del laberinto. Los que entraron en él por el ansia natural de poder y de gloria acabarán saliendo de él por el deseo de amar y el sacrificio que este deseo conlleva siempre.

Texto escrito por V.M.P.

MAS ALLÁ DE LA FELICIDAD



«¿Qué hay que hacer para ser feliz?»

He aquí la pregunta a la que responden tantos autores como es dado encontrar hoy sobre los anaqueles de las librerías que han hecho sitio a la espiritualidad o a la psicología, especialmente bajo el epígrafe de «libros de autoayuda». La felicidad es algo que está a nuestro alcance si hacemos lo que nos enseñan los autores de estos libros. En realidad, la pregunta sobre lo que hay que hacer para conseguir la felicidad no es de hoy. Hace dos mil años encontramos ya esta misma pregunta en labios de aquel hombre que se acercó a Jesús corriendo y, cayendo de rodillas ante él, le interrogó diciendo:

«¿Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?»

El hombre aquel venía haciendo ya todo lo que estaba en sus manos para conseguir la felicidad. Desde su juventud había puesto en práctica todos y cada uno de los mandamientos: no mataba, no robaba, no engañaba ni hacía daño a nadie, cuidaba de su padre y de su madre… Hacía todo esto y, sin embargo, no era feliz. No había conseguido la vida eterna.

Por eso decidió acudir a Jesús. Se preguntaba él seguramente cómo era posible que quien había hecho todo lo preciso para ser feliz no lo fuera. Su pregunta «¿qué tengo que hacer?» debía de sonar a sus propios oídos como «¿qué más puedo hacer?». Pero, cuando aquel hombre escuchó la respuesta de Jesús, fruncio el ceño y se marchó disgustado. Los traductores suelen repetir aquello de que «se entristeció» pero yo no veo relación alguna entre la respuesta de Jesús y la tristeza de su interlocutor. No había nada que pudiera entristecer a nadie en la respuesta de Jesús.

Lo que sí había, en las palabras de Jesús, era un efecto inesperado. El hombre aquel no esperaba oír esas palabras. Por eso debió de quedarse con una cara muy característica: la que ponemos todos cuando nos vemos comprometidos y no queremos comprometernos. Cuando huimos del compromiso ponemos cara de apuro y tierra de por medio echando mano de la primera excusa que nos viene a la cabeza.

Eso fue lo que le debió de pasar a aquel hombre bueno y piadoso que había hecho todo lo posible para ser feliz y no lo era. Los filósofos de la antigüedad -los primeros que empezaron a escribir libros sobre la felicidad y cómo conseguirla- le habrían aconsejado que no estuviera apegado a sus bienes porque, en cualquier momento, los podemos perder. Al que pierde la salud, por ejemplo, ¿de qué le sirve el dinero? Pero Jesús no le dio un consejo. Le dio una orden: vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sigueme..

Nadie soporta una orden espontáneamente. Un consejo todo el mundo está dispuesto a recibirlo, aunque solo sea por educación. Pero una orden no es un consejo. Una orden no pertenece a esa clase de cosas que uno está dispuesto a recibir. Y, sin embargo, el evangelio, la Buena noticia de Jesús, ¿es una noticia o no será, más bien, una orden? Con el que tiene hambre, está desnudo o enfermo o en la cárcel, ¿cabe preguntarse qué hacer?

La felicidad -o la manera de conseguirla- es algo sobre lo que podemos hacernos muchas preguntas y darnos algunas respuestas. Sobre el evangelio de Jesús, en cambio, no cabe hacerse pregunta alguna. Él mismo es la pregunta que nos compromete. No espera, requiere respuesta. Es como una orden. O la cumplimos o no. El que la cumple conoce una dicha que nadie es capaz de alcanzar en este mundo. Ni siquiera el que escribe libros enseñando a los demás cómo ser felices.

Texto escrito por V.M.P.

LO DURO DURA

¿Hay un amor para siempre? Nuestra sociedad ha tomado conciencia de que nada es para siempre. El amor, tampoco. También el amor se acaba. Pero, cuando pensamos en un amor para siempre, ¿en qué estamos pensando? ¿En un amor que dura sin altibajos a través del tiempo? Nada vivo es capaz de tal cosa. Lo vivo necesita cambiar. Por eso el amor cambia para seguir vivo. El amor de ayer no puede seguir siendo el de hoy ni será tampoco el de mañana. La cuestión es entonces cómo unir el ayer al hoy, el hoy con el mañana. Cómo el amor puede ser el mismo sin ser lo mismo.

La cuestión no es la duración sino la unidad del amor, la unión de los que se quieren a través del tiempo y de la diferencia que los tiempos van marcando a través del tiempo. Somos los mismos pero no somos lo mismo con el paso de los años. Por eso el amor no dura, no permanece idéntico mientras el tiempo pasa. Lo que dura es lo duro. Jesús reprochaba a los fariseos su dureza de corazón. El corazón duro no cambia nunca. Permanece endureciendose cada vez más. El egoísta es cada vez más egoísta. El que tiene retiene y acumula. El que se ama solo a sí mismo acaba repudiando a todos los demás.

Ahora bien, ¿cómo distinguir las dos ciudades que, según San Agustín, fundan dos amores: el amor a uno mismo hasta el olvido de Dios -de todo otro- y el amor a Dios -al otro- hasta el olvido de uno mismo? Me parece que el de la permanencia es un buen criterio para distinguir el uno del otro. Lo duro dura. Lo vivo -lo necesitado de cambio, como supo ver Aristóteles- no dura. Hay que cuidarlo cada día, uniendo el amor de ayer al de hoy y el de hoy al de mañana. Lo vivo no se endurece. Necesita sentirse vivo, joven y actual, cada mañana. Lo vivo aspira a la belleza y hondura del momento, del gesto, de la palabra o el detalle. Lo vivo busca el amor como la cierva sedienta las corrientes de agua, en palabras del salmista.

«Ya no son dos sino una sola carne», sentencia Jesús acerca del hombre y la mujer que, dejando a su padre y a su madre, se unen en matrimonio. Ya no son dos egoísmos que se unen, porque los egoísmos no se pueden unir. Se pueden juntar pero no unir. Solo el amor, que viene de Dios según San Juan y que es el fruto de la fe según San Pablo, es capaz de unir. Así cabe entender aquellas palabras de Cristo: «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Lo separa el hombre que no cuida su amor cada día, el que, creyendo creer y amar, vive sin fe y sin amor. Aquellos fariseos cuya dureza de corazón condenaba Jesús abiertamente, ¿no continúan su obra entre las personas religiosas de nuestros días? Lo duro, por desgracia, dura.

Texto escrito por V.M.P.

SERVIDORES DE TODOS

Tener que elegir -apunta el historiador americano James M. Redfield en su estudio sobre la obra y el mundo de Homero- es la carga que nos impone a todos la sociedad. Es una carga porque elegir implica rechazar o renunciar. Si yo elijo un camino renuncio a otros posibles. Si elijo a una persona -si le doy mi voto en una elección democrática- rechazo otros candidatos alternativos. Para acallar nuestra conciencia, siempre abierta a otras posibilidades, solemos decirnos cosas como que «no hay mucho donde elegir». Creyendo elegir «entre lo malo y lo peor» -el mal menor- uno acalla su conciencia y pasa a otra cosa.

El problema de la conciencia es que habla siempre y que nunca se la puede acallar del todo. La conciencia es responsable de las posibilidades que se le abren a cada paso. Podrá cerrarse a ellas pero ellas siguen abiertas a la conciencia. Cuando Jesús preguntó a sus discípulos de qué venían discutiendo por el camino, ellos enmudecieron ¿Por qué? Porque su Maestro, al interrogarles, estaba llamando a la puerta de una conciencia cerrada. Venían discutiendo acerca de quién era más grande entre ellos. Tener que comparar y elegir conlleva tener que rechazar y descartar, cerrarse a posibilidades abiertas a la conciencia. Por eso enmudecieron al escuchar la pregunta de de Jesús. Era la más natural y espontánea, la más inocente de todas las preguntas posibles que un ser humano puede hacerle a otro: «¿de qué hablas?, ¿de qué venías hablando por el camino?».

Recordada por todos es la respuesta de Jesús al mutismo de sus discípulos. No les había preguntado sobre su opinión acerca de algún asunto: opinar es elegir opinión, tomar partido. Les había preguntado simplemente por el asunto mismo. Cualquier asunto es interpretable: algo sobre lo que podemos hablar y discutir. Y, más que ninguno, el asunto que somos los propios seres humanos, la vida que vivimos y los problemas que la vida nos plantea. No hay respuestas cerradas, definitivas, a los problemas de la vida humana. Con ellos la conciencia se abre a posibilidades diversas. Con ellos la conciencia misma se manifiesta como lo que es: apertura, acogida.

Y de apertura o acogida es de lo que nos habla la respuesta de Jesús a sus discípulos. No habla con palabras sino con un gesto simbólico. Levanta con sus brazos a un niño -un ser insignificante como cualquiera de nosotros en el fondo- y sentencia:

«el que acoge a un niño como éste en mi nombre es a mí a quien acoge».

Un momento antes -importa recordarlo- había salido al encuentro de nuestra conciencia enfrentada por la sociedad a la necesidad de elegir y rechazar tomando la libertad de cada uno como quien coge el toro por los cuernos: «si alguien quiere ser el primero…».

No dice Jesús: «si alguien quiere elegir al primero, al más grande…». Esto es lo decisivo en el mensaje de Jesús. La libertad más honda, más íntima, no consiste en elegir -no es una carga, la de tener que elegir- sino en ser uno mismo. Y ser uno mismo, ser aquello que uno quiere ser, consiste en acoger al niño que cada uno de nosotros es, en el fondo. Y acoger al niño que es cada uno de nosotros es, en la práctica, acogerme a mí mismo como ser insignificante. Insignificante, no porque sea poca cosa -casi nada en tiempos de Jesús- o el candidato menos malo en una elección democrática, sino porque no conozco de antemano el significado de mi propia existencia. No tengo la respuesta a los problemas de la vida. Pero tengo una conciencia abierta a posibilidades. Tengo la posibilidad de las posibilidades, la capacidad de abrirme a todas. Soy esa misma apertura, esa misma capacidad de acogida. Soy el «primero y el último» – el «eschatos», en palabras de Jesús-, el servidor de todos.

Si alguien piensa en quién o que camino elegir en la vida, que piense primero en acogerse a sí mismo tal como es y en acoger a los demás tal como pueden llegar a ser si los acogemos «en el nombre de Jesús». Nada ni nadie es rechazable por el mero hecho de existir. De todos somos servidores.

Los que siguen pensando que la libertad consiste en poder elegir o renunciar -o, más bien, en tener que hacerlo, como apuntaba Redfield- acaban siendo esclavos de las decisiones que un día tomaron creyendo tomar, por supuesto, la menos mala posible. Nadie que sea servidor de todos será nunca, en efecto, esclavo de nadie.

Texto escrito por V.M.P.

POR DONDE TE LLEVE LA VIDA

Dios es luz sin sombra alguna. El mundo, a su vez, luz que deja sombras. Luz que asombra.

La luz de la fe es claridad que envuelve y baña todas las cosas. La claridad no brilla, aclara. El mundo, en cambio, brilla tanto que deslumbra a quien pone en él sus ojos. No aclara nada. No hace falta: hay lo que hay, lo que no se puede no ver porque está a la vista. El mundo presta -o resta- su brillo a cuanto lo necesita.

¿Qué pasa, entonces, con lo que no necesita brillar? Lo que no necesita destacar, ser importante, queda en la sombra. La sombra es su lugar propio: allí donde no llega la luz de este mundo. Dice el Papa Francisco:

«no importa saber que Jesús fue grande en la historia: importa el lugar que yo le doy en mi vida».

No importa, pues, lo importante. Lo que brilla -la grandeza de Jesús en la historia- no es lo que importa. Lo que importa no es importante: ¡paradoja cabal! El lugar «que yo le doy a Jesús en mi vida» no es importante. No necesita serlo. No necesita destacar o brillar con la luz de este mundo. Su lugar es la sombra: allí donde no llega la luz de este mundo.

Pero, ¿por qué hablar de un lugar y de mí o de ti? ¿Por qué el Santo Padre piensa en aquel lugar que tú o yo podemos dar a Jesús? ¿Es siquiera posible dar un lugar a quien no cabe en ninguno pues su propia grandeza llena, si cabe, la historia entera? ¿Necesita un lugar el que todo lo llena?

Lo necesita, en efecto. Jesús le dice a Pedro, que le ha reconocido como el Cristo, aquellas palabras inauditas para el propio Pedro, para todos sus discípulos de ayer y de hoy, para ti y para mí:

«es necesario que el Hijo del hombre pase por muchas cosas…».

Pedro no puede creer que el Cristo, el último y definitivo enviado de Dios a Israel, tenga que pasar por cosas como el rechazo de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas así como la misma muerte violenta ¿Quién de nosotros se imagina por lo que puede llegar a pasar en la vida o por lo que pueden llegar a pasar sus seres queridos? Todos tenemos una idea acerca de a dónde queremos ir en la vida pero ¿sabemos por dónde nos puede llevar? Necesitamos un lugar para ella, para que, nos lleve por donde nos lleve, nos encuentre alerta. Más que saber lo grande que fue Jesús en la historia, lo que importa es «el lugar que yo le doy en mi vida…».

La luz de este mundo llega donde llega, asombrosa y espléndida. Más allá de ilusiones y proyectos, que brillan como lo más importante en nuestras vidas, se encuentra ese lugar sombrío por donde ni Pedro ni sus discípulos de ayer y de hoy se imaginan tener que pasar siguiendo a Cristo.

«Para ir a donde no sabes has de ir por donde no sabes…», enseña San Juan de la Cruz.

Dar lugar en la vida a Jesús, en palabras de Francisco, ¿no es cuidar del que encuentro a mi lado cada vez que paso en la vida por donde nunca hubiera creído tener que pasar? La luz de la fe no brilla, aclara solo ese lugar donde el brillo no llega – no necesita llegar- y la sombra queda…

Texto escrito por V.M.P.

LA PRIMERA PALABRA

Creo que soy feliz, que lo he sido desde que tengo conciencia de lo que significa serlo. Pero creo también que mi felicidad no ha sido nunca un estado: ni de bienestar ni de beatitud. No vivo en la dicha. Vivo dichoso en algún lugar de este mundo. Nada me ha hecho feliz. La felicidad se me ha dado. Cada vez que he escuchado la palabra «gracias» he sido feliz. Y, esperando volver a escucharla, he vivido agradecido. Mi felicidad es mi gratitud.

No puedo imaginar otra palabra en labios del sordomudo que Jesús curó una vez acercándose a su cuerpo, levantando sus ojos al cielo con un gemido y diciéndole: «ábrete». La primera palabra que pronunció el sordomudo en respuesta a la palabra de Jesús no pudo ser sino de gratitud. Sencillamente «gracias». En el evangelio no la encontramos, ciertamente, pero sí el eco de esta gratitud entre los circunstantes: «¡todo lo ha hecho perfecto…!». En estas palabras de asombro ante Jesús, ¿no resuenan aquellas otras que leemos en el relato de la creación, una vez concluida: «y vio Dios todo lo que había hecho y todo era muy bueno…»?

Pero ¿como va a ser bueno un mundo lleno de sordos, ciegos, seres dependientes, dolientes, desgraciados…? Si entendemos la felicidad como bienestar y no como gratitud, entonces las palabras del creador son un insulto a la inteligencia. Ahora bien, ¿qué es mejor? ¿Un mundo feliz? ¿O una sola persona agradecida?


La respuesta a esta pregunta es el evangelio de la curación del sordomudo. Ahí no vemos más que una persona abriéndose a otra. Un ser embotado, obtuso, insensible, incapaz de articular palabra -todo esto sugieren las palabras empleadas en el texto original- que, de pronto, se abre al otro. Cada vez que una persona se abre a otra el milagro se recuerda y la gratitud se proclama.

No es posible, acaso, en este mundo, la felicidad sin gratitud. Sí lo es, por supuesto, el bienestar, necesario siempre para todo menos para una cosa: para ser agradecido. La palabra de gratitud es la única palabra verdaderamente libre. La gratitud es libertad plena. El sordomudo llegó a ser él mismo abriéndose a la presencia de Jesús: empezó a escuchar con sus oídos y a hablar con sus propias palabras. Y la primera de todas las palabras es «gracias». Por eso cada vez que escucho esta palabra soy feliz. Mi felicidad no es un estado de bienestar. Es mi gratitud.

Texto escrito por V.M.P.

ELOGIO DE LAS MANOS

De las manos no se ha hecho elogio suficiente, que yo sepa. Soy de los que las juntan a menudo, recogen y entrelazan para darse calor y compañía. Las manos (se) unen. Son afables por naturaleza. Solo una mente alicorta ha podido reducirlas a instrumento de trabajo: a cosa, al fin y al cabo.

Los fariseos y escribas se reunieron una vez -nos cuenta el evangelio- y, viendo a algunos discípulos de Jesús que comían sin haberse lavado las manos según la tradición de sus mayores, le preguntaron al Maestro: «¿por qué tus discípulos comen con las manos comunes?». Manos comunes, manos que unen a las personas con las cosas y a las personas entre sí, no eran puras para los fariseos y escribas. No eran dignas de unir al ser humano con la divinidad, al siervo con su Señor.

Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo no va a unirnos a Dios lo que nos une a las cosas que cogemos para hacer con ellas algo humano y a las personas que tocamos para darles nuestra fuerza o nuestro amor, si es necesario? La respuesta, a la letra. Aquellos fariseos y escribas, que se aferraban a la tradición de sus mayores lavándose las manos antes de comer, «habían soltado el mandamiento de Dios», según el evangelio. No sabían tocar. Para tocar hay que soltar. Ellos habían reducido las manos a instrumento -a mera cosa- y con ellas se aferraban a la tradición de sus mayores.

De hecho, el evangelio nos recuerda que no solo se lavaban las manos antes de comer. También lavaban vasos, jarros y bandejas. En todo ello aferrados a la tradición de sus antepasados. Vivir aferrados a algo, lo que sea, cosifica aquello a lo que nos aferramos. Las cosas no tienen vida propia. Las cosas no se pueden tocar. Tocarlas es soltarlas, humanizarlas, amarlas de algún modo.

Los fariseos habían soltado el mandamiento de Dios porque todo el que se aferra a algo suelta lo demás sin darse cuenta. Aquellos hombres «adoraban a Dios con los labios pero su corazón estaba lejos de Él». La hipocresía de los fariseos era, como pueda serlo la de todo hombre en cualquier época, inconsciente, insensible como el tacto que se ha perdido para el trato con lo otro. Piedad vacía, sin tacto, incapaz de reconocer ni la profundidad de la piel ni la vida propia de las cosas.

Texto escrito por V.M.P