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EL ARDUO CAMINO HACIA LA PAZ

La liturgia pascual proclama estas palabras de Juan: «el sábado al atardecer, durante el encuentro semanal de la comunidad, encerrados aun los discípulos por miedo a los judíos, experimentaron una presencia que les llenó de una paz profunda. Cuando esta paz dio, a su vez, origen a la fe en aquel que había sido crucificado y muerto, los discípulos sintieron un gozo inefable. Fue entonces cuando recibieron la misión de salir de su estupor y guiar a los demás a la misma fe, a la misma paz, al mismo gozo, liberándose, así, de este mundo, lleno de perdición y de muerte, y descubriendo la vida verdadera. El camino de la fe no es evidente, como lo manifiesta Tomás, porque se trata de la fe en un crucificado, esto es, del descubrimiento de la paz y del gozo a través de los sufrimientos y de la muerte»

Amigos lectores, este relato representa, para mí, un desafío considerable, tanto por su comprensión como por su llamada a la fe. Hay que prescindir, ante todo, de una lectura superficial y de primer nivel, como si el evangelista se hubiera propuesto informarme sobre los poderes extraordinarios del Resucitado -capaz de atravesar las paredes y oír las conversaciones de todo el mundo, incluido Tomás- o recordarme que, a los once discípulos más cercanos, les ha concedido el poder de confesar y perdonar los pecados. Este relato, como su final pone de manifiesto, se dirige, en realidad, a todos nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos, para que tengamos vida. En la medida que es como el trampolín para una experiencia de fe, el relato en cuestión no se refiere simplemente a una realidad del pasado sino a contenidos actuales que están a mi alcance y  puedo descubrir. He aquí el desafío.

Sabemos distinguir la vida física de la vida plena para una persona auténtica: algunos están vivos, pero su corazón está muerto; otros, en cambio, a pesar de su salud precaria, respiran felicidad a pleno pulmón. Cuando Jesús habla de vida, no se refiere simplemente a la vida física porque él mismo murió a la vida física.

Hay que distinguir también entre la paz de la que hablan cuantos no quieren que nadie les moleste, como si la paz fuera falta de preocupaciones, y la paz profunda, manifestada por aquellos seres humanos que se encuentran en el corazón de la adversidad, entre preocupaciones y circunstancias nunca antes vividas, como en el momento de la muerte. Jesús dijo a sus discípulos: «yo os dejo mi paz». Y poco después tuvo que enfrentarse, él mismo, a la incomprensión, los tormentos y la muerte.

Hay, en fin, otra distinción que notar entre el gozo anunciado en televisión por cualquiera con una botella de Coca-cola en su mano y el gozo profundo de alguien que ha encontrado el amor de su vida. Yo imagino que Juan se hace eco fiel de la vida de Jesús cuando pone en sus labios estas palabras: «os digo estas cosas para que mi gozo esté en vosotros y vuestra alegría sea completa».

Y ahora, la gran cuestión: «¿dónde tener la experiencia de esta paz y de este gozo y encontrar, así, la vida que las preocupaciones, el sufrimiento y la muerte física no pueden alcanzar? Indagando en mi propia experiencia saco a la luz un recuerdo de infancia: cada noche, mientras me iba quedando dormido, mi padre tenía la costumbre de entrar muy despacio en mi habitación a oscuras para cerciorarse de que estaba bien arropado en mi cama. Aun recuerdo aquella sensación que me llenaba de paz: alguien velaba sobre mí y yo me sentía protegido. Es evidente que este sentimiento ha dejado huella en mi personalidad y en los caminos de mi vida. Con el tiempo, sin embargo, ya no basta este sentimiento para hacer frente a ciertas situaciones en la vida. No puedo explicar ahora con detalle cómo ha tenido lugar el tránsito desde aquel sentimiento infantil hasta mi fe actual en Alguien que vela sobre mí y me protege en todas las circunstancias de la vida. O, más bien, cómo tiene lugar cada día este tránsito. Queda claro, de todos modos, que, sin esta vivencia de seguridad y amor, un ser humano no puede alcanzar su plenitud. Sin esta vivencia, es difícil sentirse liberado de toda forma de esclavitud, división, amargura o pecado.


El evangelista me asegura: «es Jesús de Nazareth quien me ha hecho descubrir esta dimensión de un mundo habitado por un Padre amoroso». Sé que alguien como el Dalai Lama, cuya paz y cuyo gozo admiro profundamente, encuentra de otra manera el poder de la serenidad que nos abre al futuro. Lo que me parece esencial, en todo caso, es que esta vivencia llegue a integrar todos nuestros sufrimientos, miedos, guerras y muertes, porque nuestra fe es en la Resurrección de los muertos, no en una vida sin muerte. La fe en el futuro es fe en algo que escapa a nuestro control: el Espíritu es como el viento, oyes su voz pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. He aquí la dificultad con la que tropieza Tomás y también nosotros, tal vez. 

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

EL DISCÍPULO AL QUE JESÚS AMA

Tras la muerte de un ser humano, cuando el recuerdo de los acontecimientos que marcaron su vida es evocado en sus funerales y su cuerpo sepultado o incinerado, es el momento de la interiorización. En el relato del sepulcro vacío que leemos el Domingo de Pascua ¿no sucede algo semejante? Es verdad que el tiempo del relato es reducido: lo que dura la acción de bajar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lienzos. Nos traslada enseguida al momento en que las exequias ya han terminado: el cuerpo ya no está a la vista y empieza la interiorización.

Quiero abrir aquí un paréntesis: ¿qué habría sucedido si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y hubiera pasado el tiempo sobre ese cuerpo cubierto de lienzos? Que nadie me diga: “esa situación nunca se habría dado porque Jesús ha resucitado”. Podríamos seguir creyendo en la Resurrección de Jesús sin dejar de ver su cuerpo yacente en el sepulcro: el estado de Resurrección no requiere la presencia -ni la ausencia- de un cuerpo mortal. Entre los expertos hay acuerdo en que la tradición de la Resurrección y la del sepulcro vacío son totalmente independientes entre sí. Basta leer las cartas paulinas para comprobar que no hay, en ellas, la menor alusión al sepulcro vacío. Cuando Pablo habla del «cuerpo resucitado» se refiere a un «cuerpo espiritual» distinto del cuerpo de carne (1 Cor 15, 44). Vuelvo, pues, a mi reflexión inicial. En realidad, si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y no se hubiera corrompido, se habría operado, en mi opinión, una especie de fijación castradora sobre el pasado: sería la nuestra una religión del recuerdo.

Tenemos que habérnoslas, sin embargo, con la ausencia del cuerpo. Con el cuerpo ausente podemos poner en relación muchas cosas de nuestra propia vida: la carencia de tantas que podrían llenar de estímulo y pálpito nuestra vida, la ausencia de seres queridos que a uno le gustaría tener siempre a su lado, la falta de seguridad íntima que todos necesitamos, la pérdida del cuerpo joven y alerta que uno ha tenido. Se podrían añadir a todo ello los deseos insatisfechos de comprender una historia personal, de dar sentido a todos los azares e imprevistos de la vida, de entender unas circunstancias que pueden parecer insignificantes y sin la menor transcendencia. María la Magdalena llora: «necesito su cuerpo, dime dónde puedo encontrarlo».

Fijémonos, ahora, en la disposición de Pedro y del otro discípulo. Pedro entra en el sepulcro vacío. Parece el primero en abrirse a esta experiencia de ausencia. Con él nos salen al encuentro todos aquellos para quienes esta experiencia sigue despertando un sinfín de interrogantes dolorosos. El discípulo al que Jesús amaba entra después. A diferencia de Pedro -viéndose, como él, en el corazón de esta experiencia de ausencia-, ve y cree. Será, pues, el primero en la experiencia de la fe ¿Qué es lo que ha visto? ¿Qué es lo que ha creído?

El evangelista repara en que el sudario que había cubierto el rostro de Jesús no se halla entre los lienzos sino enrollado en un sitio aparte. Queda claro, entonces, que la ausencia del cuerpo no se debe a que alguien se lo haya llevado, como creyó María Magdalena, porque no se habría tomado la molestia de coger el sudario y enrollarlo cuidadosamente en un sitio aparte. Estos detalles, por cierto, no han escapado a la atención de Pedro ¿Qué es lo que el otro discípulo ha visto además? ¿Cómo es posible que el sudario se haya convertido en un signo?

Amigo lector, el biblista que soy se siente, ahora, un poco desconcertado. Me resisto a caer en la trampa de los fundamentalistas, para quienes la casualidad no existe porque Dios decide hasta la más insignificante de las cosas que pasan. Sin embargo, estoy convencido de que es el sentimiento de haber sido amado con locura el que ha permitido al otro discípulo ser el primero en presentir los signos o indicios de algo que no era puramente accidental, en buscar febrilmente un sentido para ello, en recordar las palabras de Jesús y en percibir su relación con el conjunto de las Escrituras ¿Cuál es su descubrimiento? El de un significado que emerge de este duelo y hace posible sentir una presencia. Este sentimiento le mueve a decir: «ya no soy ya el discípulo al que Jesús AMABA. En adelante voy a ser el discípulo al que Jesús AMA». Aquel a quien el amor ha hecho correr más rápido que Pedro contempla ahora su relación con Jesús eternamente viva.

Entre los relatos pascuales éste es el que más me interpela. Como la mayoría de las personas, yo no he tenido nunca experiencias privilegiadas del Jesús Viviente, similares a las que los relatos de encuentro con Jesús resucitado parecen sugerir. Lo cierto, sin embargo, es que el evangelista describe, a mi entender, la experiencia de fe por excelencia: la que tiene lugar sin ver a Jesús. Juan me invita a abrirme a todo aquello que representan los vacíos de mi vida, las ausencias que duelen, los adioses más o menos forzados…Y me dice: «mira un poco mejor al corazón de lo que parece un vacío: ¿no hay ahí una presencia amorosa que te espera? Si lo haces, sentirás una paz que te arrancará palabras como éstas: ¡el Viviente está aquí!»

Mientras escribo estas líneas los periódicos cuentan la historia de unos jóvenes esquimales que se drogan con el vapor del combustible. Sabemos que no tuvieron nunca unos padres que miraran por ellos, les prestaran atención, les quisieran. Su abandono se ha convertido en un pozo sin fondo. Con el discípulo que fue el primero en descubrir lo que significa ser amado con locura, me atrevo a formular esta plegaria: que la Pascua venga para todos, para que, en medio de nuestros duelos, pueda germinar la vida.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

UN DIOS EN LA TIERRA

Una vez me dijo un compañero de trabajo: «tú eres un intelectual». Yo me quedé perplejo al oír estas palabras y solo pude entenderlas cuando agregó: «a ti no te gustan los coches, son para ti simplemente un medio de transporte entre dos puntos. A mí, en cambio, los coches me interesan: ¡soy muy materialista!» ¿Eran sus palabras un cumplido?: en absoluto. En el fondo venía a decirme: «¡no eres de este mundo!». Lo cierto, sin embargo, es que mi trayectoria personal no ha sido sino una largo empeño por desentrañar el misterio de este mundo, único lugar donde Dios se deja descubrir. El evangelio de la Pasion así lo proclama: con vigor e incluso con violencia.

Cuando uno vuelve a leer los capítulos trece y catorce del evangelio marcano, no puede por menos de llamarle poderosamente la atención su manera de presentar a Jesús: ni sombra ya de aquel taumaturgo que curaba a la gente con una mano y, con la otra, expulsaba sus demonios, predicaba a las multitudes que le aclamaban y venía a ser, en buena medida, un hombre singular. Por primera vez Jesús es presentado como un ser humano cualquiera. Y nada es fácil para él.

Lo que más llama la atención, con todo, es su impotencia. Precisamente Él, que conoce tan bien a su gente, ¿cómo puede equivocarse eligiendo a Judas como discípulo? Ante lo que le espera está asustado y angustiado. No quiere morirse porque está apegado a la vida como cualquier ser humano: «¡Quisiera tanto que esto no me estuviera pasando!». Una vez esposado ya no será más que un juguete en manos de las autoridades ¿Qué ha sido del que expulsaba demonios y sanaba enfermos? Le abofetean, le escupen en la cara, le azotan y escarnecen. La figura de Jesús no se parece nada a la de un héroe: no solo será incapaz de cargar él solo con su cruz, antes bien, acabará muriendo antes que sus compañeros de suplicio, los malhechores crucificados con él. El propio Pilato quedará sorprendido. Es realmente un ser humano como cualquiera de nosotros.

Pero, si hay algo que me impresiona sobre todo en el relato de la Pasión, es la violencia que desprende de principio a fin. La violencia empieza ya con el asunto del perfume derramado y el dinero que se habría obtenido con su venta ¿Cómo describir la violencia de un discípulo que abraza a su maestro diciéndole respetuosamente «mi maestro» después de darle el beso de la muerte? Violencia en las expresiones de Pedro, que ya no sabe sobre qué cabeza jurar que no conoce a Jesús y que acabará rompiendo en sollozos sin consuelo ante lo que acaba de hacer. Violencia de un proceso en el que todo está ya decidido de antemano, y eso sin hacer mención de las torturas que puede llegar a infligir el ejército de Roma. Violencia en la escena de la gente que observa la escena con un cierto desdén: ¿cómo se puede ser tan duro ante un ser frágil y vulnerable, máxime cuando se ha pasado la vida sirviendo y amando a los demás? Hay una escena, en fin, que, a mi modo de ver, viene a coronar toda esta violencia: tras haber gemido «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (salmo 22), Jesús muere dando un gran grito.

Sin saber por qué, no puedo reprimir las lágrimas cada vez que leo el relato de la Pasión. «Será por la edad, sin duda» me he dicho tantas veces hasta que alguien me ha abierto los ojos con estas palabras: «no será, más bien, porque, en el relato de la Pasión, te ves reflejado un poco a ti mismo, a otras personas que conoces, tu mundo propio, en suma?». Es cierto. Me duelen mis propias negaciones. Me duele la insensibilidad de la gente. Me duele su dolor. Cierto padre, enterado de que su hijo había abatido a sangre fría en su chalet a una pareja de jubilados, solo supo decir: «es cierto, es una estupidez lo que ha hecho». Después se fue a comprar una caja de cervezas para emborracharse. Cuando leo en la prensa algún reportaje sobre África y regiones enteras de este continente devastadas por el hambre, que describe con detalle la desesperación de sus gentes y la falta de soluciones, no lo puedo soportar. Cierro el periódico enseguida.

Semejante pasión doliente no existiría si el deseo apasionado no estuviera muy vivo, ese deseo que brota de nuestras entrañas. Se ve claro en Jesús: deseo de una comunidad fraterna y ardiente en su última cena, deseo de un grupo capaz de sostener a muchos cuando invita a sus discípulos a acompañarle en la oración, deseo de un mundo renovado en su testimonio sobre el Mesías durante el proceso y, sobre todo, en el final del salmo veintidós (Los pobres comerán y quedarán saciados. Alabaran a Dios los que le buscan). Deseo apasionado y pasión doliente van de la mano y no pueden brotar si no me abro por entero a todas las dimensiones que componen la trama de mi vida. A uno le gustaría huir de este mundo y encontrarse con Dios en el cielo. Pero es en el corazón de este mundo, a través del grito que nos remueve las entrañas, como Dios se nos da a conocer. Por eso, después de haber oído el grito de Jesús, que expresa un deseo tan grande y doloroso, un deseo que invoca la Resurrección, exclama el centurión: «verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”, es decir, no hay que mirar en otro lugar para descubrir el rostro de aquel ser misterioso que llamamos Dios.

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

CONSENTIR EN MORIR PARA VIVIR

Cuando uno se para a leer o a escuchar con atención el evangelio descubre enseguida su significado. Unos griegos, medio judíos en su práctica religiosa, se sienten atraídos por la figura de Jesús y tratan de entrar en relación con él a través de sus discípulos más genuinamente helenos, Andrés y Felipe, originarios de Betsaida, región helenizada. Curiosamente, la respuesta inicial de Jesús a estos dos discípulos es una plática sobre el sentido de su propia muerte, ya próxima. Después dará comienzo a una breve plegaria marcada por la angustia y coronada por su decisión de consentir el sufrimiento que le espera. Finalmente volverá sus ojos a la multitud para anunciar el fracaso de los poderes que le atacan y su propia victoria a través de todos los creyentes que se verán atraídos por Él. En resumidas cuentas: la entrada en la comunidad creyente de un grupo de fieles ajenos al pueblo de Israel viene a ser fruto de la gesta incomparable de Jesús, que ha llegado al extremo de consentir una muerte trágica antes de extender su influjo sobre el mundo entero más allá de su muerte.

A mí me parece, de todos modos, que esclarecer las intenciones del evangelista, lejos de poner punto final a nuestra reflexión, deja abiertas ante nosotros muchas preguntas. La primera de todas puede ser la siguiente: ¿por qué es necesario morir para dar fruto? La imagen, en labios de Jesús, es elocuente: «os lo aseguro: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto». Esta imagen parece el reflejo de la propia vida de Jesús. Pero, en la trama de nuestras vidas, ¿de que verdad es reflejo, a su vez?

Es, por cierto, en el propio evangelio de Juan donde creo encontrar un esbozo de respuesta a esta pregunta: es el gesto de devolver la vida a Lázaro el que mueve abiertamente a las autoridades judías a sentenciar a muerte a Jesús ¿No es paradójico? Su poder para devolver la vida le llevará a la muerte. Todo lector asiduo del evangelio joánico sabe hasta qué punto el tema de la vida, de la misteriosa «vida sin fin» en concreto, es un hilo conductor del relato evangélico ¿Por qué, entonces, elegir la vida en toda su plenitud supone la muerte?

Creo que la vida me ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. En el fondo, yo mismo no he dejado nunca de morir. Al abandonar el vientre materno lo que hice fue poner fin a mi vida dependiente dentro de una cálida crisálida. Cuando me llegó el día de ir, por primera vez, a la escuela, tuve que despedirme de muchas horas jugando feliz y ponerme a aprender a leer y escribir. Ya adolescente, me fui a vivir a un piso compartido, renunciando así a una parte de mis lazos familiares y entregándome a la ardua tarea de adquirir una preparación. Más tarde, a los dieciocho, dejé mi pueblecito de Rouyn-Noranda para matricularme en las instituciones académicas de Montreal. Tomé la decisión de cursar primero estudios universitarios en Ottawa y, después, bíblicos en Europa y en el Oriente Próximo, ávido siempre de conocer culturas y realidades nuevas. Hasta que llegó para mí el día de tomar una decisión crucial: dejar atrás, en buena medida, todo aquello que había estado construyendo durante veinte años, así como la seguridad que me venía deparando, con el fin de empezar un nuevo proyecto de vida, lo que supondría morir a muchas cosas hermosas para poder nacer a otras ¿Qué continuidad puede haber entre todas estas muertes sino el anhelo de ser fiel a la vida, a la llamada de la vida en plenitud y verdad? ¿Qué sentido pueden tener nuestros desiertos sino el de esperar en ellos la tierra prometida?

Yo estoy personalmente convencido de que ningún ser humano puede crecer y seguir adelante, abierto sin cesar a la verdad y a la vida que le salen al encuentro en su camino, sin aceptar la necesidad de morir cada día a una parte de sí mismo, como la crisálida que viene a morir para convertirse en mariposa. No tenemos acceso al diario íntimo de Jesús pero yo imagino en Él esta misma necesidad cuando declara: «allí donde yo vaya irá también mi servidor».

He hablado, líneas atrás, de una respuesta parcial, en absoluto completa, pues queda en pie un profundo interrogante: ¿por qué hay muertes que, al menos en apariencia, lejos de ayudar a crecer, matan el alma y el corazón de la persona? He vuelto a leer recientemente el relato de los hermanos, padres y amigos de las catorce mujeres asesinadas en la masacre que tuvo lugar en la escuela politécnica de Montreal. Son personas rotas que confiesan haber perdido las ganas de vivir desde aquel seis de diciembre de 1989, si es que no han puesto ya fin a su vida ¿Cómo seguir hablando, entonces, de una muerte que ayuda a crecer? Sin haber dado con la respuesta definitiva a esta pregunta, reconozco que solo puedo hacerme eco de semejante misterio contemplando, en la fe y en el amor, la historia íntima de Jesús que dice: «Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora….»

En esta fe y en este amor me gustaría celebrar la esperanza de que estas muertes sin sentido den a luz una vida absolutamente inesperada.

Texto original de Andréé Gilbert traducido por V.M.P.

ACOLLELO CAMBIO

A coresma é o tempo do cambio. Conversión quere dicir isto: cambio. Hai duas maneiras, porén, de entendelo cambio: cambiar eu certas cousas na vida –na miña ou na dos outros- ou ben acollelo cambio. O primeiro e máis doado ca o segundo. Cambiar cousas, mesmo importantes na vida, e máis doado que acollelo cambio. A vida pódenos cambiar nun intre. O que non pode a vida é facer o que só nosoutros podemos: acollelo cambio. A conversion da que nos fala Xesús non é troco dunhas cousas por outras: do que está mal polo que está ben. Non nos convida a trocar cousas na vida. Isto xa sabemos facelo se queremos. Convídanos a acollelo cambio, a vida que nos cambia nun intre ás veces. Isto é a conversion que agarda de nós.

A vida é certo que pode nos cambiar nun intre. Para ben ou para mal. A vida vén como vén. As cousas pasan, ás veces, sen que poidamos facer nada por evitalas. Sen que poidamos nin sequera entendelas. Ós malos tócalles a lotaría. Alomenos parécenos que nunca lles pasa nada. Todo me pasa a mín «Por qué a mín?», pregúntase calquera, «se eu sempre me portéi ben e fun una boa persoa…». No entanto, para ós que lles vai ben ou non lles pasa nada, non é certo que foron ditas aquelas palabras: «vindo a luz ó mundo os homes escolleron a tebra en vez da luz?»

O difícil non é trocar unhas cousas por outras, as malas polas boas. Se che toca a lotaría podes facelo axiña. E se non che toca pero es unha boa persoa sempre poderás mellorar. O difícil é acollela luz que vén cara a nós cando a vida nos cambia. O difícil é crer na luz no medio da tebra deste mundo onde ós malos nunca lles pasa nada é, por riba de todo, lles vai moi ben.

Texto escrito por V.M.P.

¿CUAL ES NUESTRA PRÓXIMA ETAPA?



Ésta es la historia de Babai Sathe.


Sucedió en Jawalke, una minúscula población del estado de Maharashtra, en el centro de la India. Se la veía siempre con el manguito neumático de la tensión, el estetoscopio y una báscula para pesar a los bebés ¿Quién era ella? No era médico ni enfermera. Era una mujer analfabeta de la casta de los intocables, nacida en la miseria más absoluta. Sólo comía cuando las castas superiores le tiraban comida y ésta caía al borde de su sari. Caminaba descalza por el pueblo porque las mujeres intocables no tienen derecho a usar calzado. Hasta que se habilitó para trabajar como sanitaria en el pueblo, asistir partos, curar enfermedades y  salvar vidas ¿Qué había pasado, pues?


Sathe se acordaba de cuando debía permanecer durante horas cerca del pozo local, que no tenía derecho a tocar, esperando a que alguna mujer de otra casta superior se compadeciera, al fin, de ella y llenara su cubo de agua. Era tan pobre que lavaba su cabello con barro y no tenía más que un sari: cuando lo lavaba se quedaba esperando en la orilla del río hasta que estuviera seco. Casada a los diez años, nunca pudo ir a la escuela.


Por aquellos días cierto médico, graduado en una de las facultades más prestigiosas de la India, tomó la decisión de consagrarse, junto con su esposa, a los más pobres de los pobres. Para promover la medicina preventiva puso en marcha un programa en el que los propios habitantes del lugar debían implicarse, sobre todo las mujeres de las castas inferiores, tras recibir una formación específica. Así fue como Sathe empezó a formarse. Y lo primero iba a ser la transformación de sí misma. Hasta entonces, cuando alguien le preguntaba su nombre, ella respondía con el nombre de su pueblo natal y de su casta, pues no creía tener identidad propia como ser humano. Fue mirándose en un espejo cómo se acostumbró a decir su propio nombre. Poco a poco fue aprendiendo a habitar su propia persona y a apropiarse de su identidad. Tras varias semanas y meses de formación en cuidados de la salud, llegó a ser una autoridad en el lugar: asistía los partos, prodigaba consejos a las madres más jóvenes, desmitificaba la salud y desmontaba sus mitos. «Yo era como una piedra sin alma -solía recordar-; cuando vine aquí recibí un ser, la vida. Aprendí a ser valiente y audaz. Me convertí en un ser humano». Sathe acababa de nacer.


La historia de Sathe nos puede ayudar a comprender el evangelio. Jesús, en cierta ocasión, se refirió a una curiosa iniciativa de Moisés, al fabricar y levantar éste en el desierto una serpiente de cobre y bronce para contener la plaga de serpientes venenosas que venía diezmando a su pueblo ¿Por qué fabricar una serpiente? La serpiente es un símbolo de vida, de renovación y eterna juventud al mudar su piel una y otra vez. A Esculapio, dios griego de la salud, se le representaba en forma de serpiente. No en vano, hoy en día, la serpiente enroscada en torno a una vara es el símbolo del árbol de la vida y el emblema de las sociedades médicas. Pues bien, Jesús hará suyo este símbolo para anunciar su propio destino. No olvidemos aquellas palabras que el propio Jesús le dirige a Nicodemo: «sin nacer de nuevo nadie podrá ver el Reino de Dios». Si estamos hablando nada menos que de un nuevo nacimiento, ¿qué significa, entonces, nacer de nuevo?


No es fácil explicar lo que significa nacer de nuevo. Cuando habla con Nicodemo, Jesús evoca la imagen del viento: uno sabe que hay viento cuando lo oye sonar pero lo que no sabe es en qué dirección va a soplar un momento más tarde. Uno puede trazar un plan pero no puede trazar de antemano la ruta que lo hará prosperar. Prosperar conlleva actuar siempre con transparencia, buscar la luz y secundar una inspiración interior que viene de Dios: «El que realiza la verdad busca la luz para dejar de manifiesto que sus acciones son acordes con la inspiración de Dios». Tendrá, además, el valor de abandonar su vieja piel, como la serpiente. Eso fue lo que hizo Sathe. Ya no dirá en lo sucesivo «he llegado a la meta» sino «¿cuál es la próxima etapa?»


Pero aun nos queda un paso más. El evangelio enseña que Jesús es la serpiente de vida, la luz que abre el camino hacia una vida sin fin. La serpiente levantada en el desierto es claramente una alusión a la cruz: siguiendo el camino del amor fue en ella donde Jesús abandonó su propia piel, con la que tanto bien hizo, para nacer a la vida universal que hoy en día nos sigue transformando más allá del tiempo, por medio de seres humanos como aquel médico que hizo nacer una persona nueva en Sathe.

En el año 2005 Babai Sathe, la intocable, fue elegida Sarpanch, esto es, líder en la población de Jawalke ¡Qué triunfo de la vida! Nosotros sabemos que esta victoria no ha sido fruto del azar pues tiene rostro: el que Dios ha querido revelarnos por medio de Jesús ¿Estamos dispuestos a que esta misma fuerza de renovación nos siga transformando y conduciendo hacia una vida sin fin?

Texto de André Gilbert y traducido por V.M.P

LA VIOLENCIA DE LA VIDA

El once de septiembre del año 2001 quedará grabado para siempre en nuestra memoria colectiva como el día de la violencia religiosa. Aquellas bombas humanas ¿no buscaron su justificación en una santa cruzada contra el imperio del mal, la civilización occidental, que ataca abiertamente los preceptos milenarios de la ley islámica? Es en esta clave como propongo volver a leer el relato evangélico en que vemos a Jesús expulsando a los mercaderes del templo.


Es curioso que un mismo relato aparezca recogido en los cuatro evangelios.  Excepción hecha naturalmente de los relatos que nos cuentan la muerte y la Resurrección de Jesús. Llama poderosamente la atención que los primeros cristianos hayan querido que llegara hasta nosotros el recuerdo de un hombre Jesús que parece «fundir los plomos». Juan, por cierto, describe el gesto de Jesús con más crudeza que los demás evangelistas. Nos cuenta, por ejemplo, que «hizo un látigo de cuerdas», «tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas».  Y, sin embargo, el evangelista no dice en ningún momento de ellos que fueran unos ladrones o embaucadores.  Se limita a recordar que eran unos simples mercaderes y cambistas ¿Cuál es, pues, el problema?


Conviene recordar el papel tan importante que juegan en el templo estos mercaderes. Cuando Lucas, el evangelista, nos cuenta que María y José ofrecieron en sacrificio por la circuncisión de Jesús lo estipulado según la ley, un par de tórtolas, ¿dónde pudieron adquirir esas aves sino en el puesto de uno de estos mercaderes? Al hacer frente a los vendedores de bueyes, de ovejas y de tórtolas, lo que hace Jesús es poner en cuestión todo el sistema de las ofrendas sacrificiales, es decir, el mismísimo culto del templo. Es un gesto radical, no exento, sin duda, de cierta violencia.


¿Qué puede mover a Juan, el evangelista, a presentarnos una escena en la que Jesús parece hacer blanco en el corazón mismo de la religión judía, tal como podría hacerlo un integrista islámico que rechaza la sociedad occidental? Tenemos un esbozo de respuesta a nuestra pregunta en otra escena anterior, de profundo simbolismo, “las bodas de Cana”: el agua se convierte en vino, el agua de las abluciones rituales en la religión de Israel queda reemplazada por algo mejor, el vino de la fiesta y de la alegría en comunidad que trae Jesús. En la escena de los vendedores expulsados a latigazos se proclama, a su vez, que el templo y todo el ritual de los sacrificios han dejado de servir para vivir en relación con Dios y han sido superados por el nuevo templo que es la persona misma de Jesús, vivo para siempre después de una vida entregada hasta la muerte.


Y, no obstante, ¿por qué toda esta violencia? Es la violencia propia de la vida. Como el que va a nacer oprime desde dentro el vientre de su madre para salir de él y sale, al fin, gritando a la luz, así Jesús quiere tirar abajo todos esos muros que impiden una relación amorosa con aquel a quien Él mismo llama «Padre». Los discípulos encuentran la clave de la actitud de Jesús en el salmo 69: «el celo de tu casa me devora». Este versículo lo podemos traducir, por cierto, como sigue: «el amor que se entrega me llena del todo» y también «el amor que se entrega acabará por causarme la muerte». El culto del templo no solo no permite alcanzar una comunión vital con Dios, antes bien, la obstaculiza. Tú y yo, ¿no reaccionaríamos, tal vez, como Jesús en nuestro anhelo de vida auténtica ante todo lo que pudiera representar un obstáculo para el amor verdadero? La intensidad de la violencia es del mismo orden que la intensidad del amor.


¿Qué diferencia hay, pues, entre la actitud de Jesús  y la de los integristas de toda laya, musulmanes o cristianos? El integrismo es una postura de rechazo ante cualquier novedad que pueda brindar el presente, con sus experiencias y conocimientos nuevos. Es el acantonamiento en el statu quo y en la creencia de que la salvación consiste en volver al pasado y a las soluciones de otros tiempos. Hay, en el integrismo, una falta radical de fe y una oposición al dinamismo de la vida. La actitud integrista es una fuente de amargura y de odio ante la situación actual, que se convierten en ideología y en violencia destructora. En el polo opuesto, la necesidad de contraer una relación amorosa con un Dios que es Padre y el ansia de vida que despierta esta misma necesidad moverá a Jesús a tirar por tierra los ritos fosilizados del templo y a presentarse a sí mismo, en la ofrenda de su propio cuerpo, como nuevo ámbito para la relación con Dios. La única violencia que aquí tiene lugar es la del amor que construye, manifestado en la Pascua.

Ojala pudiéramos encontrar la misma violencia amorosa y constructiva entre los cristianos de nuestros días, tal vez demasiado entregados a sus actos rituales. 

André Gilbert

EL HECHIZO

Nos cautiva y nos fascina. Cuando lo tenemos delante, su hechizo amenaza nuestra libertad. Ya no somos capaces de pensar con sosiego. Ya no tenemos descanso. Ya no somos nosotros. Cuando vemos con nuestros ojos las imágenes de violencia en las calles que hemos visto estos días por los medios ya no somos capaces de pensar. El mal nos cautiva y fascina. Entra por los ojos y se nos queda en el cuerpo. Lo consumimos y nos consume. Las imágenes del mal son producto de consumo. La violencia es un buen negocio.

Por eso es urgente afrontar el hechizo del mal y cuidar de nuestra libertad más honda: no la de decir o hacer lo que nos apetezca sino la de pensar en lo que decimos o hacemos. Es urgente entender la diferencia entre comprender y justificar. El hechizo del mal en las imágenes de violencia que entran por nuestros ojos consigue enseguida lo que busca: que no seamos capaces de entender esta diferencia. Es su manera de fascinarnos. Y, una vez fascinados, el mal se hace dueño de nuestra inteligencia. Ya no somos nosotros. Ya no es la razón la que habla. Habla, o grita, aquello que llamamos “sentido común” sólo para justificarnos. El sentido común, como decía Descartes, es aquello que todo el mundo cree tener…

Texto escrito por V.M.P.

O FEITIZO

Catívanos e ameíganos. Cando o temos diante, o seu feitizo ameaza a nosa liberdade. Xa non somos quen de pensar con sosego. Xa non temos acougo. Xa non somos nosoutros. Cando vemos cos nosos ollos as imaxes de violencia nas rúas que vimos estes días polos medios xa non somos quen de pensar. O mal catívanos e ameíganos. O mal entra polos ollos e quédasenos no corpo. Consumímolo e consómenos. As imaxes do mal son produto de consumo. A violencia e un bo negocio.

Por iso é urxente afrontalo feitizo do mal e termar da nosa liberdade máis fonda: non a de dicir ou facer o que nos pete senón a de pensar no que dicimos ou facemos. É urxente entendela diferenza entre comprender e xustificar. O feitizo do mal nas imaxes de violencia que entran polos nosos ollos consegue axiña o que procura: que non sexamos quen de entender esta diferenza. É a súa maneira de ameigarnos. E, ameigados, o mal faise o dono da nosa intelixencia. Xa non somos nosoutros. Xa non é a razón a que fala. Fala, ou berra, aquilo que chamamos «sentidiño» so para xustificármonos. O sentidiño, como dicía Descartes, e aquilo que todo o mundo cre ter….

Texto escrito por V.M.P

CUARESMA, ¿TIEMPO DE DESIERTO?

De las tentaciones nos han enseñado a huír desde que tenemos la capacidad de hacerlo. Las tentaciones son peligros a los que no hacemos frente sino huyendo de ellos. Y, como el mundo está lleno de peligros, al final huír de ellos viene a ser lo mismo que huír del mundo. Fuera del mundo ya no tendremos tentaciones. Ya no las tendremos por haber caído en ellas. El que ha caído en la tentación ya no puede caer: solo puede levantarse. Y enseguida. Si no lo hace, si la tentación en que ha caído sigue viva en él, ya no estará dispuesto a levantarse. La costumbre se le hará naturaleza. Lo que tenía por malo se le convertirá en bueno. Fuera del mundo, en el desierto, viven los demonios y los endemoniados, es decir, los que saben que en el mundo no pueden hacer nada. Allí donde hombres y mujeres caminan de la mano, trabajan juntos, se ayudan y se dan apoyo y consuelo, el tentador no tiene nada que hacer.

Jesús lo sabía bien y por eso ni huyó al desierto ni huyó de las tentaciones. Ni se apartó del mundo ni de las tentaciones que en el mundo se encuentran. Por el contrario, les hizo frente. No huyó al desierto: el Espíritu le encaminó hacia él. No se quedó solo frente a los peligros. El Espíritu por el que hombres y mujeres pueden caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, estuvo a su lado frente a los peligros. El desierto ya no es el desierto, de hecho, para él. Nos cuenta el más antiguo de los evangelios, el de Marcos, que el Espíritu encaminó a Jesús hacia el desierto enseguida. No le dio tiempo para nada: ni para pensar en lo que le haría falta en el desierto ni siquiera para desengañarse de este mundo y huír de él. No fue al desierto huyendo de este mundo como los desengañados. Fue el Espíritu quién lo llevó allí enseguida. No le dio tiempo a planear la huída.

Y nos cuenta también el más antiguo de los evangelios que allí, en el desierto, pasó Jesús cuarenta días viviendo entre las fieras. El evangelio de Marcos parece que fue escrito en los años sesenta del siglo primero, cuando Nerón echaba a los cristianos a las fieras en el circo. Los oyentes del evangelio suponemos que se estremecerían al oír a Marcos hablar de las fieras. Y quedarían asombrados, al mismo tiempo: Jesús no había sometido a las fieras sino que había convivido con ellas. En el fondo tenemos aquí el compendio y sustancia de las tentaciones a las que Jesús se vio expuesto y, en Él, también nosotros: echados a las fieras de este mundo -a los riesgos y peligros de los que nadie puede librarse-, ¿lucharemos contra ellas hasta someterlas o bien quedaremos nosotros mismos sometidos a ellas, esclavos del miedo a los peligros? En el relato de las tentaciones de Jesús tenemos la respuesta a nuestra pregunta: ni someter ni dejarse someter, vivir entre las fieras, convivir con ellas, es decir, amar y perdonar a nuestros enemigos.

En el fondo, la lucha en el corazón de quien no quiere someter a nadie ni dejarse someter por nadie es tan dura que nadie es capaz de sostenerla él solo. Por eso Jesús no está solo en el desierto. “Le servían los ángeles”, nos cuenta el evangelio. Los ángeles, ¿acaso no son aquellos que le dan un vaso de agua a cualquiera de los más pequeños de este mundo? Cuando lo estamos pasando mal de verdad, cuando huyen de nosotros los amigos con la excusa de hallarse muy atareados, ¿no son como ángeles para nosotros los pocos que siguen a nuestro lado? A huír de la quema, de los peligros, de las tentaciones, de los problemas: he aquí lo primero que aprendemos en la vida. Jesús, por el contrario, nos enseña a dejar de huír de nosotros mismos. Frente a cierta espiritualidad de la “fuga mundi”, del silencio y el desierto, hoy de actualidad, la de caminar de la mano, trabajar juntos, darse apoyo y consuelo, encaminados por el Espíritu de Jesús que nos lleva a donde nadie quiere verse: entre fieras y peligros. La Cuaresma, ¿es de veras el tiempo del desierto? A mí me parece que es el tiempo para dejar de huír.

Texto escrito por V.M.P