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UNA ENERGÍA INCREÍBLE CONTRA EL DESTINO

Quedé impresionado recientemente al leer el testimonio de unos profesores en un liceo de las afueras de París. Me recordó al de los educadores en ciertos colegios públicos de ambientes desfavorecidos. Se tienen que hacer violencia. Durante una hora de clase a duras penas consiguen enseñar quince minutos. Acudir al aula es, para ellos, como entrar en una jaula de leones. No me sorprende, pues, la cantidad de enseñantes que acaban causando baja por depresión. Lo que me sorprende es que sigan queriendo dar clase ¿Por qué? Necesitan su salario, por supuesto. Pero, ¿no habrá nada más? ¿no habrá, en ellos, algo que puede asomarnos al evangelio?



El evangelio nos ofrece dos relatos entramados. El de la mujer que sufre hemorragias es el más importante y explica el resto. Lleva doce años luchando por su salud. Ha gastado en ello todos sus recursos. Sus ganas de vivir, propias de quien no se resigna a una vida menguada en sus posibilidades, son tan fuertes que le ayudan a superar el miedo y salir al encuentro de Jesús, logrando romper el muro que la multitud ha levantado en torno a Él. Según el evangelista, Jesús sintió que salía de él una energía increíble. El texto griego emplea la palabra «dynamis», étimo de palabras como «dinamismo» o «dinamita». Las biblias suelen traducirla por «fuerza», «poder» o «milagro», tal vez. Yo prefiero esta traducción: «energía increíble». Para esta mujer será su segundo nacimiento, el que ella misma tendrá la oportunidad de elegir y preparar. Hablar de energía es una manera de hablar de la fe. No es sino a esta luz cómo podemos acercarnos al segundo relato, el de la curación de la hija de Jairo.



La manera que tiene Marcos de contárnoslo y los símbolos que emplea ponen de manifiesto que está describiendo la situación del creyente. La casa en la que Jesús entra es la Iglesia. Y entran con él, acompañándole, los pilares de la fe, que son Pedro, Santiago y Juan, así como los familiares más íntimos de la niña. Es la fe lo que nos acerca a esta niña. Los incrédulos, los que se burlan de Jesús, no son invitados a entrar. Para describir, según el texto griego, el gesto de Jesús al tomar la mano de la niña y ayudarla a levantarse, se utilizan las mismas palabras que aparecen en el relato de la Resurrección. Y, cuando Jesús manda dar de comer a la niña, no sucede otra cosa que lo que celebramos en la Eucaristía después del Bautismo. Por el bautismo pasamos de la muerte a la vida, resucitamos con Cristo y nos sentamos a la mesa de los creyentes con Él. La clave tanto de este relato como del anterior es la misma: es la increíble energía desplegada por la fe de cada uno lo que hace posible el paso de un universo de muerte hacia una vida plena.



Si hay algo que tuerce el rumbo de los seres humanos es esa percepción de la realidad que la gente llama «destino». Todavía oigo decir a los que se acercaban al féretro de mi cuñada, víctima de un cáncer con apenas treinta y tres años: «era su destino». De ninguna manera. Creer que un destino cualquiera marca el rumbo de nuestra vida o que una situación marcada por la privación o el deterioro es normal no puede ser otra cosa que un camino de muerte. Hace falta, pues, la energía increíble de la fe para luchar contra esta idea de un destino fijado de antemano. Tanto la realidad cotidiana como la que viven los profesores a los que me empecé refiriendo es tan compleja y difícil en ciertos momentos y tan inquietante, a veces, que solo la fe puede liberar la energía vital que nos habita, solo ella puede sacar a la luz los anhelos profundos que llevamos dentro, solo ella ayuda a esperar la salida del sol al otro lado de la montaña. La fe rompe la lógica del destino. En la película sobre la vida de Tina Turner, cantante americana de color, golpeada y maltratada durante años por su marido, podemos ver aquella escena en la que ella, con una serenidad desconcertante, hace frente a las amenazas de su exmarido, pistola en mano: gracias a los consejos y la ayuda de una amiga, entró, de alguna manera, en el mundo…de la fe, nació a sí misma.



Para Tina Turner el budismo fue el camino hacia la fe. A los educadores en ambientes desfavorecidos diversos caminos les han ayudado a descubrir esta energía asombrosa. Para la mujer que padecía hemorragias frecuentes, para Jairo, para mí y para ti, sin duda, es el contacto con Jesús, que ha pasado de la muerte a la vida, el gran descubrimiento ¿Qué nos impedirá llegar hasta el final de esta formidable energía?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.

¿QUÉ SIGNIFICA CREER?

Hace algún tiempo una corriente de pánico se apoderó de los mercados bursátiles. La confianza se esfumó. Aparecieron en escena imprudentes expertos en finanzas. Algunos de ellos acabaron siendo verdaderos estafadores. El resultado fue un montón de dramas humanos. Muchos vieron su economía reducida a cenizas. Personas que se acercaban a su edad de jubilación se vieron forzadas a seguir trabajando. Algunos perdieron su empleo o tuvieron miedo a perderlo. Los dramas no son fáciles de vivir.



Este contexto puede ayudarnos a entender el evangelio de Marcos. Después de hablar a los judíos sobre el Reino de Dios por medio de parábolas, Jesús se embarcó de noche con sus discípulos y cruzó el mar de Galilea hasta alcanzar la orilla donde vivían gentes de origen griego. Fue entonces cuando estalló una violenta borrasca con lluvia y viento que a punto estuvo de hundir la barca. Los discípulos  sintieron lo mismo que cualquiera de nosotros cuando llega la tempestad: miedo. Pero en el relato de Marcos hay algo más. Los discípulos no solo tienen miedo: les escandaliza la indiferencia de Jesús, dormido en un rincón de la barca: «¿no te das cuenta del peligro que corremos?». Lo que viene después ya lo sabemos: Jesús reacciona, aplaca la tempestad y acaba reprochando a los suyos: «pero, ¿dónde está vuestra fe?».



Para entender mejor nuestro relato debemos situarnos en las circunstancias por las que Marcos pasó cuando lo escribió, seguramente en Roma. Los cristianos habían dejado atrás su tierra de Palestina y cruzado el Mediterráneo para adentrarse en un ambiente pagano donde conocerían la hostilidad. Nerón perseguirá a la joven comunidad cristiana, atará vivos a los creyentes a postes y les prenderá fuego para que ardan toda la noche como antorchas e iluminen la ciudad ¿Qué interrogantes no surgirán entre aquellos jóvenes bautizados que, después de proclamar la Resurrección de Cristo y cantar Aleluyas, han visto la barca de su comunidad casi por entero destruida? Gritarán, sin duda: «¿eres indiferente a lo que nos está pasando?, ¿por qué dejas que tu comunidad acabe destruida?».

Dos mil años más tarde, se oyen en la noche los mismos gritos. Basta con pensar un momento en los interrogantes que pudieron surgir entre los cristianos de Japón, cuando cayó la bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, en Agosto de 1945. No olvidemos que en esa ciudad vivía la comunidad cristiana más numerosa de Japón ¿No dirían algo así como: «¡Señor, te has vuelto completamente loco, acabas de terminar con tu hijo, a quien le esperaba tan brillante porvenir!». Cada cual puede pensar en una situación o un acontecimiento en el que Dios parece ausente y es vana la espera de que intervenga. En ciertos momentos tenemos la impresión de que, si Dios no existiera, no cambiaría absolutamente nada.



Pero, ¿cómo encajar, entonces, la interpelación o reproche de Jesús?: «¿dónde está vuestra fe?   ¿O es la vuestra una fe ciega: «sin ver cambio alguno, ¿seguiréis creyendo igual?». Cuando uno escucha con atención las palabras de Jesús cae en la cuenta de que, para Él, la fe es lo que hace posible encontrar la vida. La fe es lo que le ha dado a Él la vida. El relato de la tempestad calmada debe ser interpretado a la luz de otro anterior, en el que Jesús proclama su fe al decir que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. Con el tiempo este grano se convierte en un árbol y a él acuden los pájaros del mundo entero buscando cobijo entre sus ramas. En otras palabras, Jesús viene a decir lo siguiente: «os parece que mi predicación no va a ninguna parte pero debéis saber que mi semilla acabará teniendo un impacto universal a través de los tiempos». Sin esta fe, Jesús habría vuelto enseguida a su taller y a su oficio de carpintero, a seguir reparando herramientas de madera.

Nuestro error es pensar que, con Dios de nuestro lado, ya no hay tempestades. Pero sucede justo lo contrario ¿Para qué sirve, entonces, la fe? ¿Qué significado tiene la imagen del mar en calma y del viento que cesa en nuestro relato? Cierto periodista informaba recientemente sobre movimientos xenófobos y violentos en Rusia y relataba el testimonio de un juez moscovita que, después de sufrir una herida de gravedad por no ser eslavo, decidió mantener su blog en internet. Un neonazi le escribió entonces: «acabaremos nuestro trabajo y te mataremos». Él reaccionó asegurándole al periodista: «hay que plantarles cara, no hay otra solución». La calma no es otra cosa que la capacidad de creer que nuestras acciones darán sus frutos, por más que parezca lo contrario, y seguir adelante.


Jesús pasó por muchas tempestades. La última de todas tuvo lugar para Él en el huerto de Getsemaní. Según nos cuentan, sintió allí verdadera angustia. La angustia es una forma de miedo. Pero la angustia no llegó a paralizarle. Pudo expresarse en una oración a Dios, su Padre, y en una petición a sus discípulos: «quedaos conmigo». Creer fue, para Él, sentir que no estaba solo, aunque ciertamente la presencia de sus discípulos hubiera podido ser mejor. También se calmó la tempestad cuando los discípulos empezaron a sentir la presencia de Jesús «despierto» ¿Seremos capaces de estar cerca de los que sienten angustia en medio de la tempestad para que ellos, a su vez, sean capaces de creer?

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

COMER TODO LO QUE HAY EN EL PLATO

Una vez, hace algún tiempo, me hallaba almorzando en una casa parroquial alemana cuando, después de comer, alargué mi plato a la religiosa que recogía la mesa. Debí, entonces, de enfadarla mucho: había dejado migas y restos de salsa en el plato. Tenía que haberlo rebañado con miga de pan hasta dejarlo limpio. Me enteré, más tarde, de que aquella religiosa había conocido la guerra y el hambre. Por eso no podía soportar que alguien dejara el plato como lo dejé yo. Este recuerdo se me ha quedado grabado y me sugiere, aun hoy, una dimensión de la fiesta del Corpus Christi.

Cada vez que recordamos la última cena de Jesús con sus discípulos: «Jesús tomó pan y dijo: tomad y comed, esto es mi cuerpo, y tomó después el caliz diciendo: esto es mi sangre», despertamos, entre los cristianos de hoy, toda una gama de sentimientos y percepciones. Para unos, éste es, ante todo, el momento casi mágico de la Transubstanciación, cuando Cristo se hace presente en cuerpo y divinidad atrayendo nuestra veneración plena. Para otros, estas palabras evocan la institución de la Eucaristía y el instante mismo que hace de la misa una misa propiamente dicha. Para otros, en fin, semejantes palabras son evocadoras de un rito sabido y gastado a más no poder que sigue resonando como una música que calma y hace posible la comunión más honda.

Para mí la última Cena de Jesús es otra cosa. Es, ante todo, el momento conmovedor de la cena de despedida, que resume lo que ha sido el sentido de su vida, todo lo que ha intentado hacer y expresar con ella. Lo ha entregado todo, su vida entera: así lo manifiestan los signos de su cuerpo y de su sangre. Todo, en él, se ha convertido en alimento. Con Él ha alcanzado su cima la donación de sí. Así lo sugiere la figura del pelícano, que traspasa sus propias entrañas para dar de comer con ellas a sus crías. Cada vez que revivo este momento, me digo a mí mismo en silencio: «no, yo no olvido; nunca olvidaré lo que ha sido tu vida, nunca; me acordaré siempre».

No se trata, en realidad, de un mero recuerdo o evocación del pasado, como cuando alguien hojea un álbum de fotos. Los judíos, cada vez que celebran la salida de Egipto y la Pascua, tienen presente que no fueron solo sus antepasados los que se salvaron y comieron la Pascua: con ellos, el pueblo entero, también los judíos de hoy. Cuando quiero recordar la última Cena de Jesús, me imagino en la misma sala, en el mismo momento y en torno a la misma mesa que compartieron los discípulos. Es a mí a quien se dirige Jesús, a nosotros en la actualidad con toda certeza. Por más indigno que sea, yo me siento enviado en misión como Pedro, Juan o Andrés. Es también la actualidad lo que sugiere la escena de los discípulos de Emaús, cuando Jesús camina misterioso con ellos y preside la mesa. Llamemos a esto, si se quiere, una presencia real. Conocí a un sacerdote dominico en París que no quería sentarse en la sede reservada al que preside la Eucaristía cada vez que la celebraba: era a Cristo a quien le estaba reservada con toda verdad, pues era Él el único  con derecho a presidir verdaderamente la Eucaristía.

Hay, además, otra dimensión que, tal vez, solo consigue despertar toda nuestra atención cuando comemos el pan de comunión ¿Por qué pan y vino? ¿Por qué comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús? A mi entender, este gesto resume, en pocas palabras, el misterio de la Encarnación. El pan es el centro de nuestra dieta. El vino es el alma de nuestras celebraciones. El cuerpo somos nosotros, es todo nuestro ser con cada una de sus cualidades. La sangre es la vida que circula por nosotros y nos mantiene vivos. Comer el pan, beber el vino es comprender que Jesús, el Viviente, sale a nuestro encuentro en el centro y alma de nuestras vidas y celebraciones: actúa en nosotros a través de aquello que hace posible nuestro ser, nuestra vida personal, nuestro espíritu.


Pero hay más. Cuando como el pan eucarístico y digo Amén digo «sí» a lo que hace posible mi vida. Manifiesto, pues, mi disposición a comer todo lo que hay en el plato, ya sean manjares o ni mucho menos: lo mismo que hizo Jesús con su plato al decir «sí» a lo que había en él y al beber su cáliz hasta el final. A veces, encontraré en mi plato bocados amargos: ¿me los comeré? ¿enteros? Es una verdadera encrucijada para cualquiera. Pienso, por un momento, en esos padres que han dicho «sí» al amor de la vida hasta aceptar y sacar adelante a un niño con trisomía, por ejemplo. Han hecho una opción sin fisuras por la vida.

Por eso termino con una oración: «Señor, ayúdame a hacer lo mismo que tú, a poner las manos en la masa y a beber el caliz de mi vida hasta el fondo, con sus momentos buenos y sus momentos malos».

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

COMPLEJIDAD DEL MUNDO, ¿COMPLEJIDAD DE DIOS?

El 26 de Diciembre del año 2004 quedará grabado para siempre en nuestra memoria: mientras celebrábamos las fiestas navideñas, un tsunami devastador arrasó las costas del océano índico, dejando casi 230000 muertos.

Todo había empezado en los fondos marinos, concretamente en una falla que se conoce como zona de subducción, cuando una placa tectónica comenzó a presionar sobre otra con tanta fuerza que acabó levantando el océano. Sí, nuestro querido planeta Tierra está siempre en movimiento, para bien y para mal.

Un fenómeno similar se produjo, años después, en la región de Sendai, en Japón, el 11 de Marzo de 2012, dejando, en esta ocasión, más de 16000 muertos. Mientras exista la Tierra, seguirá habiendo tsunamis, alguno tal vez, muy cerca de nosotros. Un buscador de Dios no puede por menos de preguntarse: ¿por qué ha creado Dios un planeta tan inestable y cambiante, que expone nuestra vida a situaciones trágicas? Si yo tuviera la capacidad de crear un planeta, ¿lo haría así?

Si los fenómenos naturales nos desconciertan, ¿qué pensar, además, de los fenómenos humanos? Un reportaje periodístico reciente nos contaba la historia descorazonadora de unos niños cuyos padres eran toxicómanos: se pasaban el día solos, frente al televisor o en su cuna, comiendo de pie y sin la oportunidad de llamar a su madre «mamá». Muchos de ellos, con dos años de vida, no sabían caminar ni hablar todavía.

Estamos lejos, pues, de los cuentos de las mil y una noches. Todo esto se limita, por supuesto, a una parte de la realidad y uno podría pasarse tardes enteras contando historias maravillosas sobre la vida y los milagros del amor. Pero lo cierto es que la realidad humana es compleja, pues abarca zonas de luz y de sombra a la vez. Y, a un buscador de Dios, para quien la realidad visible es reflejo de la realidad invisible, le persigue un interrogante: «¿quién es Dios?». Porque se siente lejos del mundo griego, tal como lo entendía Aristóteles, para quien la divinidad tenía su morada en las esferas perfectas del cielo: si existe la perfección, no es la que nos imaginamos nosotros.

El evangelio que se proclama en la Iglesia el domingo de la Santísima Trinidad complica aun más las cosas porque, en él, escuchamos a Jesús resucitado decir a los once: «id a hacer discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». No se habla propiamente de Dios sino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos alejamos, pues, de la visión simple de la transcendencia de Alá en el Islam o de Yahveh en el judaísmo. Todavía recuerdo a un dominico de Jerusalén que contaba cómo le había escupido en los pies un soldado israelí como si fuera un idólatra. Fijémonos, por cierto, en que se habla de «bautizar en el Nombre de…». Entre los griegos, el bautismo se podía referir a un barco que, sumergido en el agua, se terminaba hundiendo. Para un cristiano, el bautismo expresa la muerte a su antigua vida y la adquisición de una identidad nueva. Ahora bien, esa identidad que adquirimos con el bautismo es una identidad trinitaria.

¿Hemos reflexionado, alguna vez, sobre nuestra propia actividad como seres inteligentes? Somos una conciencia que busca la luz e intenta dar respuesta a infinidad de preguntas, mientras saborea, de vez en cuando, el placer de comprender y comprobar que su comprensión es exacta. Pero no bastan estos momentos de iluminación personal porque es preciso encontrar las palabras justas para expresar lo que uno ha comprendido y comunicárselo a los demás. Me acuerdo, en este momento, de Helen Keller, aquella niña ciega y muda de nacimiento que dio un salto prodigioso en la vida al descubrir que los movimientos de la mano de su tutora tenían un significado -eran palabras- y se referían a ideas: acababa de descubrir la palabra. Pero comprender y expresar lo que hemos comprendido por medio de palabras no es suficiente: somos seres capaces de actuar y necesitamos saber qué es lo que vale la pena hacer. Y nuestra manera de averiguar lo que vale la pena está condicionada, en buena medida, por nuestra idea de lo que está bien o mal, y también por lo que nos atrae, lo que nos gusta y satisface: una mezcla, pues, de inteligencia práctica y de sentimientos. Al describir quiénes somos, estamos describiendo, a la vez, quién es Dios Padre, fuente de toda luz, Dios Hijo, Palabra de esta luz, y Dios Espíritu Santo, Amor derramado por el mundo para transformarlo con la acción. Somos seres esencialmente trinitarios pues hemos sido creados a imagen de Dios.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

APRENDIENDO A RESPIRAR

Voy a contar la historia verídica de Salomón y Dahiru, grandes amigos entre sí desde que iban a la escuela. El primero era cristiano, un hombre de aspecto rechoncho y descendiente de una familia de granjeros desde hacía varias generaciones. El otro era musulmán, un hombre alto y delgado, descendiente de una tribu que se dedicaba a la cría de astados. Los hechos tuvieron lugar en Nigeria, país donde tales diferencias entre individuos pueden ocasionar la muerte. Pero las comunidades que rodeaban a nuestros dos protagonistas lograban siempre convivir en paz: si algún rebaño pisoteaba un campo o un criador se encontraba con algún obstáculo en su camino hacia fuentes de agua, las diferencias se terminaban solventando amigablemente.



Con el tiempo, sin embargo, las familias de granjeros fueron creciendo, el calentamiento climático acabó secando las tierras, la tierra buena escaseaba cada vez más, los granjeros encontraban sus cosechas arruinadas por los rebaños a su paso y los criadores se veían agobiados por nuevos cercados y plantaciones. Acabo estallando el conflicto, las comunidades entraron en guerra y los ataques entre una y otra fueron sucediéndose: cosechas destruidas, animales masacrados, aldeas incendiadas, personas asesinadas. Salomón y Dahiru tuvieron que abandonar sus comunidades respectivas y se convirtieron en refugiados.

Es en este contexto donde a mí me gustaría volver a leer el evangelio de  Pentecostés. Para empezar, Juan pone en labios de Jesús este evangelio con ocasión de su cena de despedida, en el mismo momento en que su misión empieza a parecer un fracaso y a precipitar el odio de las autoridades judías. Queda claro, entonces, que no podrá escapar a una muerte inminente. Cuando Juan escribe este pasaje, hacia el año 90 d. c., él y su comunidad tienen que hacer frente a la hostilidad creciente de la sociedad y, en particular, de la comunidad judía, que acaba de expulsar a los cristianos de la sinagoga. Son horas sombrías en las que uno se siente solo y vulnerable.



¿Qué dice Jesús a sus discípulos cuando se despide de ellos y qué nos está diciendo también a nosotros? Que no serán abandonados a su suerte porque recibirán ayuda, es más, podrán invocar al Ayudante, pues será como un amigo que se acerca y se pone a su lado en los momentos difíciles. Este Ayudante será en ellos como una fuerza inspiradora, para que puedan actuar como Él en las mismas circunstancias. Como Él ya no estará físicamente a su lado, será el Ayudante quien tome el relevo a través de sus palabras y sus gestos. De hecho, debería decir: «podréis actuar como Dios mismo lo haría porque este Ayudante es el aliento mismo de Dios».


Pero ¡atención! Todo esto no tendrá lugar de la noche a la mañana. Ser adulto en la fe requiere tiempo, mucho tiempo. Es un largo camino, pues aprender a seguir los pasos del Maestro, responder a la incomprensión con la entrega paciente de sí mismo, reaccionar ante el mal, el odio y la violencia con un amor dispuesto al sacrificio voluntario, todo esto queda fuera de nuestro alcance a menos que aceptemos la guía del Ayudante y nos abramos por entero a su aliento interior, apenas perceptible. Cuando lo hagamos Él será glorificado, es decir, la vida extraordinaria que ha venido a traernos saldrá a la luz y podremos comprenderle en plenitud, a Él y a Dios mismo. No hay diferencia alguna entre Él, su camino, y Dios mismo.


¿Cómo reaccionar ante semejantes palabras? Uno puede pensar: ¡qué hermoso! Pero no es suficiente. También hoy el aliento imperceptible de Dios hace su obra dentro de nosotros: como dice San Pablo, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones  por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5), es decir, todo ser humano tiene, en su interior, algo divino que es la capacidad de amar sin límites, sin condiciones, sin restricciones ni reservas. Como sucede con una ventana, uno puede abrirla para que entre el aire o cerrarla a cal y canto. Es aquí donde se vive el drama humano. No se nota, por lo común, una gran diferencia entre una ventana abierta y otra cerrada hasta que uno pasa por un mal momento.


Pensemos en alguien que está pasando por un mal momento. Todo el mundo le dirá, entonces: «respira con calma, inspira, espira…». Solo cuando abra bien sus pulmones, deje entrar en ellos el aire fresco y expulse el viciado, volverá a encontrar su centro, su ser propio. Lo mismo sucede en muchos de nuestros momentos difíciles: o bien dejamos entrar con calma el dolor y lo vamos haciendo propio y, a lo más profundo y mejor que hay en nosotros, le dejamos dar una respuesta, o bien nos crispamos, rechazamos con dureza lo que vemos y damos rienda suelta al rencor, al odio y a la violencia. Juan da nombre a esta respuesta de lo mejor de nosotros: el Espíritu Santo o Ayudante gracias al cual podemos continuar el camino iniciado por Jesús.



Pero volvamos a Nigeria. Tres años tardó en reanudarse el diálogo entre las dos comunidades a través de encuentros que empezaban siempre con una oración -cristiana una, musulmana la otra-. Catalizador de esta reconciliación vino a ser una ONG que ofrecía no solo un apoyo material a la reconstrucción -la perforación de nuevos pozos- sino también la formación necesaria para negociar y arreglar los conflictos y acabar así con el miedo y el odio. Salomón y Dahiru, refugiados durante estos tres años para no ceder al odio, dejaron atrás su aislamiento y volvieron a ser amigos delante de todo el mundo ¿Cómo no ver aquí la mano del Ayudante?

El evangelio de Juan es proclamado el día de Pentecostés. Es una fiesta extraordinaria que celebra la capacidad que ha recibido el mundo de seguir el camino de Jesús. He aquí, pues, nuestra esperanza y nuestro porvenir.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

APRENDIENDO A CAMINAR COMO CARLOTA

Una anécdota reciente me ha sorprendido gratamente. Mi pequeña Carlota se encontraba con nosotros en cierto evento al que habían acudido también otros niños con sus padres. Mientras que la mayoría de aquellos niños seguían pegados a sus padres, intimidados por cuanto estaba sucediendo a su alrededor, nuestra pequeña Carlota correteaba de aquí para allá alegre y feliz, buscando compañeros de juego ¿Dónde había encontrado ella la confianza que le permitía enfrentarse con desconocidos? ¿Y por qué los demás niños estaban intimidados? Carlota era una niña tímida pero adoraba a su abuela, que la cuidaba durante el día, le preparaba la comida, la entretenía y mimaba mientras su madre estaba trabajando. Fue seguramente esta convivencia amorosa con su abuela la que le inspiró una confianza esencial en la vida. Los demás niños, en cambio, criados en las guarderías, al verse entre desconocidos, revivieron el miedo a la separación que la guardería había dejado en ellos.       

Presencia, confianza, separación y miedo forman parte de nuestra vida y son esenciales para comprender el evangelio de Marcos.

Empecemos despejando ciertos obstáculos que nos impiden entender el evangelio. Los biblistas coinciden unánimes en que la conclusión del evangelio marcano no es obra de Marcos, esto es, del mismo autor que da su nombre al evangelio. El vocabulario y el estilo de esta parte conclusiva son diferentes del resto. Además, los versículos 10-20 tejen un texto que toma prestados muchos elementos a Lucas, a su evangelio -alusión a los discípulos de Emaús- y a los Hechos de los apóstoles -los apóstoles imponen las manos a la gente para curarla, Pablo se deja morder por una víbora sin sufrir daño alguno- . Debió de parecer, tal vez, inaceptable que el evangelio terminase con unas mujeres llenas de miedo ante la tumba vacía. Había que buscar otro final mejor. Ahora bien, ¿por qué recordar ahora todo esto? Para no caer en la tentación de contemplar la escena evangélica como un relato cinematográfico de hechos que fueron sucediendo uno tras otro. Si caemos en esta tentación el evangelio pierde, ante nosotros, todo su sentido.

Vayamos a lo esencial. Se nos comunica un mensaje de Jesús que nos invita a difundir por todo el mundo la Buena Nueva que Él mismo se ha pasado la vida proclamando, con la seguridad de que acogerla en la fe será liberador, es decir, permitirá acabar con el mal y con las barreras sociales, hasta el punto de que la enfermedad y la muerte ya no tendrán poder alguno sobre el creyente. Luego se nos dirá simplemente que Jesús va a estar ausente en adelante porque ha pasado al mundo de Dios para compartir sus prerrogativas. Por su parte, los discípulos han respondido a la llamada misional y han visto realizada la consoladora promesa de Jesús.

¿Cuál es la llave que permite descubrir el sentido profundo de este relato?: la fe. De hecho, las escenas precedentes insisten en la incredulidad de los discípulos que se niegan a creer el anuncio de María Magdalena o el de los dos discípulos por el camino, hasta que Jesús les sale al encuentro y les reprocha su incredulidad, antes de enviarlos a la misión. Ahora bien, cuando hablamos de fe, ¿de qué estamos hablando, en realidad?

Conservo en mi memoria el recuerdo de un santo varón, sacerdote en la Sociedad misionera de los santos apóstoles, que, sin ser en absoluto un intelectual, cursó estudios teológicos a edad avanzada. Los exámenes eran una tortura para él. Una tarde, víspera de examen al día siguiente, se puso a rezar preguntándose cómo podría aprobar una materia que le resultaba tan difícil: «Señor, yo sé que tú me amas y me has llamado a ser sacerdote. Mira mis dificultades. Ven en mi ayuda. Necesito un 60 % para aprobar. Si lo consigo, ni más ni menos, sabré que ha sido tu aprobado, no el mío». El sacerdote aprobó el examen con su 60 %. Lo que quiero destacar de esta historia es el sentimiento de aquel hombre, que se sabía amado y sostenido. Gracias a él se puso a rezar con la confianza de que le iba a ir bien en el examen. La fe brota en la experiencia de un amor incondicional. Empieza normalmente en casa y  alcanza dimensiones insospechadas cuando se abre al amor infinito que está en el origen del universo. Lo vemos en los evangelios, que asocian el bautismo de Jesús a su experiencia de sentirse amado por Dios: «Tú eres mi Hijo, el predilecto». Es lo que viene a decir, en definitiva, el creyente: «yo soy alguien valioso y querido, no estoy solo y sí embarcado en una aventura que me supera. Poco importan las dificultades y sufrimientos: esta aventura tendrá un desenlace venturoso, aunque pase por la muerte». Esta confianza esencial cambia por completo el horizonte: aunque haya crisis dolorosas, rupturas que desgarren las entrañas, clamorosos fracasos que nos dejen perdidos, nunca llegará a desaparecer del todo la sensación de que nada de esto podrá acabar con nosotros y, al final, resucitaremos.

    
Es un mensaje como éste lo que se pone en boca de Jesús: los creyentes podrán expulsar las pulsiones malignas (demonios) y y frenar el avance del mal en cualquiera de sus formas; los creyentes saldrán de la prisión de su pequeño mundo y se abrirán confiados al universo mundo (hablarán lenguas nuevas); los creyentes sabrán cómo hacer para que sus experiencias de daño y aparente destrucción (serpientes, venenos mortales) no puedan destruirles; los creyentes ejercerán un influjo saludable sobre los demás (los enfermos sanarán). Es la misma fe gracias a la cual la ausencia de Jesús se transforma en una presencia nueva, la Ascensión: Jesús comparte a partir de ahora las prerrogativas de Dios y nosotros podemos así percibir su presencia de una manera nueva.

Este relato forma parte de la liturgia de la Ascensión, que se celebra cuarenta días después de Pascua ¿Necesita Jesús cuarenta días para alcanzar el mundo de Dios? Desde luego que no. Su muerte y su tránsito hacia la dimensión divina son probablemente una sola y misma cosa ¿Por qué hablar, entonces, de cuarenta días? Con este número simbólico se sugiere el tiempo que necesitamos para abrirnos a la fe, como los cuarenta años en el desierto que necesitaron los israelitas para alcanzar la tierra prometida. Cuando dejamos que la fe guíe nuestra vida renacemos a una vida nueva, ya no hablamos de la Ascensión de Jesús sino de la nuestra y caminamos confiados como Carlota ¿Estamos dispuestos a embarcarnos en esta aventura?

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

LA PUERTA DE ENTRADA EN EL MISTERIO DE DIOS

La vida está hecha de contrastes. Basta, como ejemplo, el conflicto palestino-israelí: empezó hace más de tres mil años y se ha reavivado hace sesenta, sin que nadie sea capaz, por ahora, de predecir su fin. A una escala mucho más reducida y próxima a nosotros, podemos fijarnos en los niños que han sufrido maltrato severo o abandono: viven traumatizados y angustiados por el miedo a ser rechazados.

Es el caso del pequeño Simón, que ha sido noticia en algunos medios: su madre soltera, incapaz de hacerse cargo de él, lo llevó a un centro de menores donde se pasaba las horas bajo la mesa de la cocina, enrabietado, chillando y escupiendo. Una educadora, con paciencia de ángel, consiguió iniciar con él una cierta relación de confianza. Después vino algo no menos difícil: encontrar una familia de acogida. Cuando uno piensa con lucidez en todas las dimensiones de la vida, ¿cómo interpretar aquel pasaje de Juan que suena a canción de amor de otro mundo?

Para acercarnos a las palabras de Jesús cuando habla de su Padre y de su relación con nosotros, he imaginado la escena siguiente: un padre o una madre, consciente de que su fin está ya próximo, siente la necesidad de reunir a los suyos para dejarles, de alguna manera, su testamento. «Como me han querido mis padres, así también os he querido yo. Mantened vivo el amor que os he dado. Si os comportáis en la vida tal como yo os he enseñado, podréis mantener vivo el amor que os he transmitido. Yo también me comporté en la vida tal como me enseñaron mis padres y pude mantener vivo su amor. Os digo estas cosas para que también vosotros podáis sentir el gozo que a mí me llena: así será completo. Esto es lo que os pido: que aprendáis a quereros unos a otros, como os he querido yo. Nadie da pruebas de un amor más grande como el que se entrega por entero a los suyos. Vosotros seréis mis amigos si hacéis lo que os pido. Fijaos bien en que ya no os llamo hijos, pues un hijo no comparte la vida más íntima de sus padres. Os llamo amigos, porque he podido compartir con vosotros la intimidad vivida con mis propios padres. No sois vosotros los que habéis decidido traerme al mundo, antes bien, soy yo quien he decidido traeros al mundo a vosotros y os he educado para que dejarais un día en los demás un recuerdo duradero, permaneciendo siempre a vuestro lado para echaros una mano en caso de necesidad. Esto es, pues, lo que os pido: aprended a quereros unos a otros».

Este testamento viene a ser, como es fácil de advertir, una paráfrasis del testamento de Jesús. Es precisamente el lenguaje de la relación entre padres e hijos el que emplea Jesús para acercarnos al misterio de Dios. Pero no nos equivoquemos: que la sencillez de las palabras no nos impida enfrentarnos a una realidad difícil de comprender, en la medida que el evangelio de Juan -lo sabemos- no habla solo de Jesús sino también de nosotros mismos y de nuestro mundo ¿Dónde encontrar, pues, este amor que nosotros mismos y nuestro mundo habríamos recibido como un regalo y que seríamos invitados a transmitir como pasa de una mano a otra la antorcha olímpica? ¿Cómo explicar esto al pequeño Simón, huérfano de padre, o a los palestinos en conflicto con los israelíes?

Una vez dijo un padre a su hija: «el día que tengas hijos entenderás todo lo que hemos hecho por ti». En otras palabras: no se llega a comprender de verdad el amor recibido sino hasta que uno mismo lo vive. Así, las personas que han recibido de sus padres todo su amor no comprenden de verdad el amor que han recibido hasta que empiezan a querer a criaturas como el pequeño Simón. Y Simón, a su vez, no conseguirá descubrir el amor que le ha ayudado a ser un hombre hasta que sepa corresponder a ese amor. Por algo necesitamos unos de otros: para descubrir quiénes somos.

Pero hay más. Al proceder así, dice Jesús, nos hacemos amigos suyos, es decir, entramos en el misterio mismo de Dios: «Ya no os llamo siervos o hijos sino amigos…porque ahora compartís mi vida íntima».

Estamos lejos, pues, del amor romántico. Madre Teresa de Calcuta dijo ya: «el amor empieza cuando empieza a doler». El amor que podrá restañar las heridas de palestinos e israelíes dolerá. Es curioso, sin embargo, que este mundo nuestro, donde la Madre Teresa ha trabajado con los más pobres de los pobres, ha sido llamado «ciudad de la alegría». «Os he dicho estas cosas -dijo Jesús- para que sintáis también vosotros el gozo que me llena y este gozo sea así completo». Nuestra es, ahora, la oportunidad.  

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

DAR FRUTO DESPOJÁNDOSE

Érase una vez un corredor de bolsa con mucho talento que tenía éxito en sus operaciones financieras. Trabajaba duro para alcanzar sus objetivos. Siempre que viajaba en tren o en avión, se le veía con su portátil o su móvil haciendo consultas o transmitiendo órdenes. Su trabajo le apasionaba y le ocupaba por entero los siete días de la semana. Para la agencia que le había contratado y para sus clientes era el hombre más productivo del mundo. La única nota divergente la ponían su mujer y sus hijos, que no le veían nunca. Al fin acabó pasando lo que tenía que pasar: su mujer le pidió el divorcio y sus hijos dejaron de llamarle «papá». Empezaron a llamarle «señor». El corredor de éxito no había sido un marido ni un padre de éxito.

¿Cómo ser productivo o dar fruto?: he aquí la cuestión planteada en el evangelio de Juan. Hay que tener cuidado y no dejarse «embriagar» por la imagen de la viña y los sarmientos, así como por la de Cristo en nosotros y nosotros en Cristo, que nos fascina por su belleza y la dulce intimidad sugerida en ella, mientras olvidamos la verdadera cuestión: ¿qué significa estar unido a Jesús?

A Jesús yo no lo he visto en la vida. Nadie lo ha visto, en realidad, a no ser un iluminado. Si puedo acercarme a Él es a través de los relatos evangélicos, en la medida que medito sobre ellos asiduamente. También puedo acercarme a Él gracias a aquellos que intentan impregnarse de su pensamiento y de su vida. Me acerca a El todo un esfuerzo intergeneracional para comprender su visión de las cosas y ponerla en práctica. Y me acerca también una fuerza misteriosa que siento dentro de mí: unas veces se llama «sed de amar»; otras, «sed de verdad». Ocurre, en efecto, como en una relación de pareja que aspira a perdurar: tiempos de conflicto y tiempos de silencio se suceden en ella, tiempos de acción y tiempos de intimidad…
Algo así le pasa también a todo el que aspira a una relación duradera con Jesús ¿Es suficiente  esto, sin embargo, para dar fruto? Parece que no.


«Todo sarmiento que dé fruto mi Padre lo podara para que dé más fruto» ¿Qué significa «podar»? A mí en particular reconozco que la poda no me gusta nada. En el patio de atrás de mi casa tengo unos rosales y una docena de plantas cruzadas de té. Cuando llega el otoño hay que cubrir las plantas de turba de forma que solo queden a la luz unos treinta centímetros en cada una para protegerlas de los fríos invernales. Yo me resisto a cortar sus hermosas ramas, llenas de flores y brotes nuevos. La mayoría de las veces es a mi mujer a quien le toca hacerlo. Es imprescindible para volver a disfrutar de un rosal lozano cuando llegue la primavera ¿Ha visto alguien un tocón de viña en invierno? El noventa por ciento de sus sarmientos han sido cortados. Ahora bien, ¿qué es exactamente una vida que se deja podar?

Desde hace algunos años mi libertad e intimidad se han visto sometidas a una cierta poda. Mi hija y su esposo viven con nosotros: ella sigue estudiando y, dados sus escasos recursos, hemos decidido ayudarles a ambos de este modo. También nosotros, cuando aceptamos vivir en pareja, aceptamos la poda de una parte de nuestra libertad, muy conscientes de que era ésta una condición necesaria para dar fruto abundante. Cuando alguien comparte sus recursos, ¿no está sometiéndose a una cierta poda? Al dejar atrás su vida tranquila en Nazareth, al aceptar que las autoridades religiosas acabaran destruyendo su reputación y al amar hasta pagar el precio de su propia vida, Jesús se ha visto sometido a una poda incesante. Se suele hablar acerca del fruto de su Resurrección sin tener presente que éste ha sido el fruto de una larga poda.

Aceptar la poda, aceptar la pérdida de todo aquello que es, en sí, algo bello, es tan difícil que necesitamos de los demás. Saber que, al final, nos aguarda un fruto abundante no basta. Necesitamos la fuerza del amor, un entorno que nos ayude. «Sin mí no podéis hacer nada», dice Jesús. La tragedia que conmocionó a los habitantes de Toronto cuando una bala perdida, en un intercambio de disparos entre bandas callejeras, mató a una niña inocente, ¿no refleja las consecuencias trágicas de un entorno viciado?  Nuestras comunidades cristianas ¿son auténticas y capaces de ayudarnos a hacer este trabajo de poda?

Uno de los frutos más extraordinarios de este trabajo de poda es que nuestro corazón se pone a vibrar al mismo ritmo que el de Jesús, a anhelar lo que Él anhela. Tal como sucede en la vida de una pareja, de forma que Dios nos concede todo lo que le pedimos.

Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P

¿PASTOR O DEPREDADOR?

La historia de Shayma me ha inquietado no poco. A sus dieciocho, tenía toda una vida por delante. Había completado sus estudios secundarios en un programa ampliado. Era un modelo de alumna. Había conseguido la beca de la comisión escolar en favor del compromiso social y la constancia en los estudios. Además, destacaba en el deporte. Hasta que una tarde, que supuestamente iba a pasar con sus amigos, abandonó el hogar paterno para no volver jamás a él: emprendió viaje a Siria como yihadista.

Sus padres no entendieron nada. Olvidaban el papel de Adil, el imán controvertido que había abierto una escuela dominical para jóvenes. Shayma la frecuentaba. Años atrás, este hombre había copado titulares en la prensa como presunto agente oculto de Al Quaeda, según los servicios secretos que le venían investigando. Sea de ello lo que fuere, está claro que supo sembrar, en el corazón sensible e idealista de Shayma, una inquietud que le acabaría conduciendo hacia las filas del Estado islamista sirio. A ella, sí, preocupada desde siempre por la suerte de los palestinos y  contraria a las actitudes islamófobas ¿Fue Adil un buen pastor o un depredador?

Ésta es la cuestión que plantea el evangelio del Buen Pastor. El evangelio de Juan sostiene, en efecto, que Jesús es el buen pastor ¿Cuál es el criterio que permite distinguirlo del malo? Está dispuesto a entregar su propia vida por aquellos de los que cuida. Detengámonos ahora un momento a considerar este criterio y preguntémonos: ¿por quiénes y por qué estamos dispuestos a entregar nuestra propia vida? Sin llegar, tal vez, al extremo de la muerte física, ¿por qué o por quién estamos dispuestos a entregarlo todo: tiempo, dinero, energías? Leía recientemente la historia de unos padres entregados hasta el heroísmo por su hijo discapacitado…He aquí, pues, el primer criterio para distinguir al buen pastor. Para los primeros cristianos, que debían hacer frente a los sarcasmos de tantos acerca de la muerte ignominiosa de Jesús entre bandidos y malditos, tuvo que ser muy importante proclamar el sentido profundo de esta muerte como entrega por los demás.

Para el evangelio de Juan hay, además, un segundo criterio, tan importante como el primero porque confirma que Jesús es el buen pastor. Se trata del conocimiento mutuo que se da entre Jesús y los suyos. Este conocimiento reviste un doble sentido. Por un lado, conocer significa saber quién es el otro, qué es lo que le puede ayudar a ser él mismo por entero, a realizarse y alcanzar su plenitud. Por otro lado, conocer significa también reconocer en el otro algo que nos es connatural, valores comunes, una voz que nos es familiar y resuena en lo más profundo de nosotros mismos. Todo esto requiere paciencia, tiempo para conocerse y mucha perspicacia. Uno imagina fácilmente que fue esto lo que hubo entre Jesús y sus discípulos.

Para mí, dos mil años después de haber pisado los caminos de Palestina, Jesús sigue siendo el buen pastor. Es lo que fue para sus discípulos, lo que es para mí  y lo que puede ser para nuestro mundo. Su Palabra refleja un conocimiento profundo de lo que somos los seres humanos, una visión clara de lo que hace posible nuestra plenitud como personas en este mundo. Claro que el camino que nos propone no es fácil. Cuando leemos el contexto de la parábola del buen pastor, nos enteramos de que, por siete veces, intentaron las autoridades apoderarse de él para darle muerte. Jesús, sin embargo, se mantuvo firme en su postura de rechazo a la violencia. En Getsemaní, cuando fueron a buscarlo para prenderlo, le dijo a Pedro: «mete la espada en la vaina». Eligió el camino del amor que acepta la entrega de la propia vida para abrazar otra vida más plena ¿Quién puede escuchar, por cierto, palabras como éstas? Es preciso que resuenen en el fondo de nuestro corazón, que aviven el rescoldo del amor que arde en lo más profundo de nuestro ser, que despierten lo que ya es parte de nosotros, que encuentren un corazón abierto.

Yo pienso que Adil es un depredador, no un buen pastor. Porque el buen pastor no se pone al servicio de una ideología sino al servicio de las personas. Adil se sirvió de Shayma, de su sincera indignación frente a las injusticias cometidas contra los palestinos y algunos musulmanes, de su sed de un mundo mejor, para sembrar el odio y la violencia. De ella no se preocupó para nada ni perdió el tiempo en conocerla a fondo. Estoy seguro, por cierto, de que nunca dará su vida por ella. Se limitó a mostrarle a Shayma un  camino que la llevará a la alienación. Es un falso dios lo que le ha presentado.

Todo esto pone de manifiesto la importancia de los buenos pastores para guiar a los seres humanos. Hay un vínculo íntimo entre el buen pastor y su Dios. Cuando Jesús declara «el Padre me ama porque yo doy mi vida para recuperarla», está afirmando que, en su propia persona, es Dios mismo quien rechaza la opción de la omnipotencia y elige la del amor que se entrega, la única que puede abrir el camino hacia una vida plena. Cuando alguien dice «Dios», «Alá» o «Jehová», está imponiendo a los demás toda clase de exigencias, sin relación alguna con el amor que se entrega. Está siguiendo a un falso pastor y a un falso dios que acabarán por alienarle. Si alguien escucha una palabra que despierta, ante todo, sentimientos de odio, no buscará lo que hay en mí de mejor sino que me alienara seguramente. Es, pues, vital responder a la pregunta «¿quién es mi pastor?».

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

LA EVOLUCIÓN DE LA FE


Con la edad, como es mi caso, nos sucede, como a Tomás, el mellizo: nos cuesta más creer y sentimos menos que antes la presencia de Dios ¿Qué nos pasa, pues?

El paralelo más lúcido que he podido encontrar  para comprender la evolución de la fe es el de la relación entre padres e hijos. Mientras somos pequeños nuestros padres están siempre ahí, protegiéndonos y mimándonos, porque dependemos para todo de ellos. En el plano espiritual, nos sentimos bendecidos por Dios y su presencia a cada instante nos es manifiesta. En el evangelio, esta etapa infantil corresponde a los relatos de milagros, en los que se proclama las maravillas de Dios. Teresa de Lisieux disfruta como una niña al contemplar aquella nieve inusual que ha pedido y ve caer el día de su profesión religiosa. Un Ayton Sena, campeón de fórmula uno, presume de la protección divina.


Después viene la adolescencia y uno empieza a descubrir otro mundo diferente del que le enseñaron sus padres. Aquel pone a éste en cuestión. En el mundo de la fe, uno empieza a constatar que puede vivir muy a gusto y de una manera auténtica sin Dios. Comprueba, además, que las injusticias y el mal están presentes de tal modo en el mundo que este planeta parece seguir su curso sin que Dios haga nada por él. En el evangelio, esta crisis aparece, sobre todo, con los acontecimientos de la Pasión y condena de Jesús: ya no hay milagro alguno, lo único que hay es la dura realidad de la vida. Teresa de Lisieux sufre también la tortura de de esta crisis. Ayton Sena muere en un accidente de fórmula uno.


¿En qué se convierten los padres para sus hijos cuando éstos se hacen mayores? A menos de haber quedado bajo su tutela, los hijos ya no tienen con sus padres una relación utilitaria. La única posibilidad, pues: un nuevo tipo de relación, mucho más de igual a igual, centrada, más bien, en alguna forma de amistad ¿No sucede algo parecido también en nuestra relación con Dios? Alguien podría bramar de indignación ante la sola posibilidad, recordando que ningún ser humano es Dios: ¡es evidente! Con todo, ¿no ha dicho Jesús aquello de que «ya no os llamo siervos sino amigos…»?


El evangelio que nos cuenta lo que sucedió después de la muerte de Jesús apunta claramente en esta dirección ¿Por qué se alegran los discípulos de ver a Jesús? La fuente de su alegría no es otra que el mero hecho de verle presente, vivo. Se diría, entonces, que semejante actitud no fue posible sino tras una experiencia de duelo, como la que vivieron los propios discípulos. Tuvo que morir antes el rostro omnipresente y omnipotente del padre…



¿Qué es lo que mueve a Tomás a exclamar: «Señor mío y Dios mío»? ¿Es que ha recibido, acaso, un favor especial,  como pudiera ser, por ejemplo, el de haber sido curado? En absoluto. Su exclamación creyente brota de quien se ha sentido conocido por Jesús. En realidad, Jesús no hace otra cosa que repetir las palabras que había dicho ocho días antes en presencia de los demás discípulos, como si Tomas hubiera estado también entre ellos. Se trata de una clase de conocimiento que solo es posible cuando existe un amor profundo. Algo similar se puede decir de lo que le pasó a María Magdalena cuando se encontró con el hortelano junto al sepulcro vacío y éste le dijo: «¡María!». Ella, entonces, exclamó: «¡Rabuni!». Como enseña el evangelio de Juan: «el pastor conoce a las ovejas por su nombre».

Cuando Jesús dice «Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo» a lo que somos enviados nosotros es a una situación en la que los padres se hacen a un lado para que sus hijos puedan tomar el relevo. Para proseguir una misión hace falta un mínimo de igualdad en la relación. Éste es el sentido que reviste la donación del Espíritu: nos hace capaces de tomar distancia de nuestra propia vida  para dar vida a otros. Teresa de Lisieux dijo, antes de morir: «después de mi muerte quiero seguir siendo misionera».



Digo todo esto porque estoy convencido de que este paradigma nos puede ayudar a dar pasos hacia una fe adulta, la fe que brota de la Pascua. Aun siendo, como somos, criaturas marcadas por la finitud, la limitación y el pecado, nos sentimos llamados a un amor de intimidad, como si fuéramos iguales que nuestro Creador. No nos seguirán faltando, con todo, momentos de suplica, pero como le sucede a un amigo cuando se abre con su amigo.



Mi dificultad para creer guarda relación seguramente con lo difícil que es, en sí, el nacimiento de la fe después de Pascua: es necesaria, ante todo, la experiencia de alguna forma de duelo en la manera de concebir al que siempre hemos llamado «Dios». En la celebración de cada domingo, ¿por qué no exclamar: «¡Qué grande es el misterio de la fe!»?

Texto escrito por André Gilbert y traducido por V.M.P.