¿Sabemos escuchar? Estoy oyendo a mi alrededor cada vez más el verbo «escuchar» con el significado de «oír». Y escuchar no es lo mismo que oír. Oír es enterarse de algo. Lo que uno oye llega a sus oídos. Lo oye porque llega. Lo oye sin querer. Se entera uno porque estaba allí donde otro dijo lo que dijo.
Escuchar, en cambio, no es lo mismo que enterarse de algo. Lo que uno ha escuchado no ha llegado a sus oídos. No lo ha escuchado solo por haber llegado a sus oídos. Lo ha escuchado porque él mismo se ha acercado a escuchar, ha acercado el oído. Y, ¿por qué se ha acercado? Porque ha recibido una especie de llamada: por curiosidad o por necesidad. O por una mezcla de las dos. Algo atrae, llama, invita a ser escuchado.
Es lo que dice Jesús acerca de sí mismo: «nadie puede acercarse a mí si el Padre no se lo concede». Nadie puede escuchar a Jesús -nadie puede escuchar a nadie- sin haber recibido el don de una llamada especial. Es la gracia de esta llamada la que nos hace únicos a los seres humanos, únicos en el Hijo único de Dios. Las personas que se escuchan se sienten acogidas tal como son: únicas. Los que no se escuchan se juzgan y pueden acabar haciéndose daño. Nos dice Juan acerca de Jesús que él sabía muy bien quiénes eran los que no creían en él y le acabarían abandonando.
Los que no se escuchan simplemente se oyen. Los que no se acercan se alejan. Pero se alejan no para no hacerse daño sino para juzgarse. Muchos de los que oían a Jesús «murmuraban de él», nos dice el evangelio. Para poder murmurar, criticar o juzgar nos mantenemos a distancia. Para conocer a las personas, en cambio, tenemos que acercarnos a ellas. De lejos o de oídas juzgamos por apariencias. Pero las apariencias -«la carne»‘- «no sirven para nada», sentencia el Nazareno. Criticar es perder el tiempo. De cerca es desde donde conocemos al otro tal como es. No es posible conocer sin escuchar, creer en alguien -en Dios a fortiori- sin acercarse a él hasta descubrir su verdad, la Verdad que brilla en todo lo verdadero y que habla por boca del Hijo de Dios: «las palabras que yo os digo son espíritu y vida».
¿Hay algo más temible que la muerte? Sí. Más que la muerte tememos tener que depender de otro, acaso para todo. Y, sin embargo, en la necesidad se apoya y alza la virtud ¿Dónde podremos contemplar su figura? En ese sentimiento tan elemental que es el cariño. Allí contemplamos unidas la necesidad y la virtud, el dolor y la belleza, el vacío y la plenitud que la mente humana acaba separando y oponiendo entre sí inexplicablemente.
El cariño sostiene al necesitado y necesitados, en un momento u otro, lo somos todos. Las ideas y las creencias, por más hondas que sean sus raíces en nosotros, no pueden sostenernos. Somos nosotros, más bien, los que las sostenemos y defendemos. Sin amor la fe es ciega y la razón, fría.
Inexplicablemente se han separado. Intuyo la razón: reconocerse necesitado y no un mendigo que se viste de príncipe es de pocos. En la historia sagrada hay una figura cuya exaltación ha encubierto su verdadero rostro. Me refiero a la Virgen María. El evangelio de Lucas nos permite entrever aun su rostro y unidas en él la necesidad y la virtud, el dolor y la belleza, el vacío y la plenitud. Pero los traductores han venido hablando del saludo del Ángel a María y del saludo de María a Isabel. La palabra «saludo» ya no habla a nuestros oídos de aquel cariño que expresaba la voz original. María no salió al encuentro de Isabel -una madre al encuentro de la otra- simplemente para saludarla. Sonaría ridículo el relato de una mujer que se pone en camino «con ardor» -leemos en el original- y que sube montañas hasta llegar a la casa de su prima solo para eso.
Una madre salió al encuentro de la otra para sostener su fe. Hace falta mucha fe para ser madre, para ser hombre o mujer, para ser alguien en el mundo… Pero también hace falta cariño para sostener esa fe. La fe es don divino. El cariño que sostiene a las personas en su fe, en el sentir profundo de su propia identidad, es, en cambio, humano. Lo divino se ha manifestado en el mundo bajo la forma de la necesidad, el Principe bajo los harapos de un mendigo. Isabel recibe el abrazo de María y se llena del Espíritu Santo, según San Lucas. Sin ese gesto entrañablemente humano el Espíritu divino no habría descendido. Y ni la Virgen habria sido glorificada ni Isabel sido la voz de todo un pueblo…
Un periódico local destacaba recientemente el valor nutritivo de ciertos alimentos: la proporción de lípidos, colesterol, sodio, azúcares, fibras, proteínas etc que contenían. Hoy no podemos dejar de leer las etiquetas de los envases si queremos evitar todo aquello que sería nefasto para nuestra salud y consumir únicamente lo que es beneficioso, especialmente por su valor en proteínas, pues son éstas las que nos aportan energía y fuerza. Pero yo me hago la siguiente pregunta: ¿qué es lo que nos alimenta de verdad y nos da el vigor necesario para la vida? No hay etiquetas donde podamos encontrar la respuesta a esta pregunta. Lo que tengo claro es que hay vidas cuyo vigor me interpela.
Los medios de comunicación nos hicieron llegar noticias desalentadoras de Pakistán en la primavera del 2018, en particular acerca de las persecuciones sufridas por las pequeñas comunidades cristianas que fueron víctimas del movimiento islamista. Por ejemplo, el veintidós de Abril de aquel año, Yasma Yaqoob, de veinticuatro años, murió en el hospital de Lahore a consecuencia de las heridas recibidas por haberse negado a convertirse al Islam y a casarse con un musulmán. Pero semejante vigor no se encuentra solo entre los cristianos. Basta con pensar en Asma Jahangir, una musulmana paquistaní y defensora de los derechos humanos. Tomó parte en la fundación de la comisión encargada de velar por los derechos humanos en Pakistán desde 1987. Ha sido representante de la libertad religiosa ante las Naciones Unidas durante seis años y se ha enfrentado a las conocidas leyes «antiblasfemia» defendiendo a sus víctimas. No llegó a morir asesinada, es cierto, sino a consecuencia de una hemorragia cerebral a la edad de sesenta y seis años. Pero su vigor y su extraordinario coraje han quedado en el recuerdo para siempre ¿Qué es lo que ha podido alimentar a estos seres humanos y les ha dado un vigor tal que han llegado a ser lo que son?
He aquí el contexto desde el que me gustaría volver a leer aquel evangelio en el que Jesús proclama: «Yo soy el pan de vida», es decir, el que pone en nuestras manos un alimento único, fuente de la vida en plenitud que no se acaba nunca. La liturgia dominical selecciona un texto breve -once versículos-, procedente de un extenso pasaje joánico que presenta similitudes con las homilías propias del culto sinagogal y que arranca con una cita de Éxodo 16, 4: «los padres que comieron en el desierto un pan que bajó del cielo…», cita que volverá a aparecer al final del pasaje en cuestión. Esta especie de homilía da respuesta a la pregunta: ¿cómo es posible que Jesús haya bajado del cielo, tal como él mismo declara? La respuesta, en dos momentos. Ante todo, en la medida que alguien se abre a esta palabra, ya presente en lo más hondo de su corazón -que, según San Juan, viene de Dios-, se abre a la palabra misma de Jesús: ambas palabras proclaman los mismos valores, apuntan en la misma dirección. Y el Jesús humano e histórico, que ha trabajado y recorrido los caminos de Palestina, es el rostro mismo de Dios. Este tipo, «¿no es Jesús, el hijo de José cuyo padre y cuya madre conocemos ya?» -se preguntan los judíos-. Y es que Jesús no está en el cielo sino entre nosotros.
Pero hay también una segunda respuesta. Cuando alguien trata de vivir lo mismo que Jesús proclamó y vivió, descubre una vida increíble que no se acaba nunca: tiene el sabor de Dios. Puede resultar paradójico el que uno haya de estar dispuesto a entregar su propia vida para que otros puedan vivir. Es así como termina nuestra perícopa: «el pan que yo le daré es mi carne para que el mundo viva». Dar la propia vida es hacer posible la vida.
¿Qué significa todo esto? Uno se pasa la vida aprendiendo a resucitar, esto es, dando cuerpo a aquello que alguien ha dejado en lo más profundo de nosotros mismos y sigue ahí desde el día de nuestro nacimiento: nuestro verdadero ser. Para llegar a ser lo que somos de verdad, tenemos que aprender a escuchar esta palabra del corazón, en medio del ruido y la presión de todo lo que nos rodea así como de nuestras múltiples heridas: «serán todos discípulos de Dios», nos recuerda el Jesús de Juan. También nosotros necesitamos ayuda para liberarnos de todo aquello que nos despersonaliza. Es así como Juan nos presenta a Jesús bajo el nombre de «pan de vida». Es el pan de una palabra que se hace eco de lo que ya estaba en nuestro corazón y nosotros éramos incapaces de escuchar y creíamos sin vida. Esta palabra vuelve a dar vida a aquello que somos de verdad y esta vida, según el Jesús de Juan, está llamada a no tener ya fin.
Pero hay más. Esta palabra, que nos permite ser nosotros mismos, no es fácil. Juan nos dice: «antes de la Pascua…habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, Jesús les amó hasta el extremo». Y es que Jesús ha venido a liberar el amor en el corazón humano, el amor que es la única fuerza capaz de conducirnos hasta nosotros mismos. Él la encarnó para que nosotros pudiéramos verla en acción con nuestros propios ojos y convencernos así de que el sufrimiento y la muerte no pueden ser la última palabra, no pueden poner fin al amor. El apóstol Pedro es un hermoso ejemplo de esto que decimos. Cedió a la presión y acabó renegando de su Maestro. Juan cuenta, al final de su evangelio, que, tras la muerte de Jesús, Pedro tiene la experiencia de que Jesús vive y, por tres veces, responde a su pregunta diciendo: «yo te amo». Es entonces cuando se siente capaz de morir mártir. El amor liberado es ahora su fuerza.
Desconozco cuáles hayan podido ser las motivaciones de Yasma Yaqoob o de Asma Jahangir. Pero estoy convencido de que han sabido escuchar la palabra más profunda de su corazón, una palabra marcada por la fuerza del amor, una palabra asumida por Jesús cuando dice: «el pan que yo daré es mi carne para que el mundo viva». Nadie puede amar sin darse nacimiento a sí mismo y dárselo también a los demás. Y, cuando alguien da nacimiento, la muerte no tiene ya poder alguno sobre él.
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.
Con la comida tenemos los seres humanos una relación mucho más profunda de lo que parece. Necesitamos comer para alimentarnos. Es evidente. Pero allí donde hay necesidad no hay tiempo ni sosiego para la relación. Cuando el hambre aprieta sobran las palabras. La relación nace allí donde se come no solo por mera necesidad sino también por placer.
Los israelitas comieron el maná de pie en el desierto. Jesús, en cambio, hizo sentar sobre la hierba verde a más de cinco mil. Aquellos se alimentaron. Éstos, a su vez, comieron sin prisa. La relación entre personas requiere tiempo. La comida es la ocasión. Lo que más alimenta, la relación. Hoy los nutricionistas nos enseñan a comer sin llegar a saciarnos. Mejor quedar con un poco de hambre. Jesús criticaba abiertamente a muchos de los que le seguían solo «porque habían comido hasta saciarse».
Él es el Pan de vida. Todo el que venga a Él ya «no tendrá hambre». Quiere decir que a Él no nos acerca, no puede acercarnos, la mera necesidad de sustento, de salud o de sentido para la vida. Lo que nos acerca a Él -al otro en Él- es la libertad de los que se sientan a comer tranquilamente sobre la hierba verde. La comida es casi lo de menos: es, en palabras de Jesús, «el alimento que perece». Lo mejor es la persona con la que comemos, la relación que vamos contrayendo con nuestro comensal mientras comemos y que después puede continuar. La comida es comunicación. La vida del otro pasa a formar parte de la propia. Y, acaso, para siempre: es, también en palabras de Jesús, «el alimento que perdura».
Cuando Jesús le preguntó a Felipe de dónde iban a sacar pan para dar de comer a tanta gente, ¿qué fue lo que éste le respondió? Que hacía falta mucho pan para alimentar a tantos. Felipe no vio personas. Vio su número. El número o el tamaño: he aquí dos atractivos esenciales que el mundo puede alcanzar. Cuanto más mejor. Lo bueno no es lo valioso sino lo mucho. Lo poco o lo pequeño carecen de valor. Cuando Andrés, hermano de Simón, se encontró con aquel pequeño que tenía entre sus manos cinco panes y dos peces, ¿cuál fue su reacción?: de escepticismo – «¿qué es esto para tantos?»-. Cinco panes y dos peces eran muy poca cosa, claro está. Pero lo cierto es que no fueron necesarios los doscientos denarios de pan -según los cálculos de Felipe- para dar de comer a tanta gente. Bastaron, para ello, aquellos pocos panes y peces que un niño pequeño apareció de pronto sosteniendo entre sus manos. Cuando no confundimos lo bueno con lo mucho o lo grande ni reducimos las personas a medios o a números, entonces se nos abren los ojos y alcanzamos la visión plena de las cosas. Cada uno de nosotros vive en ese niño pequeño que aparece de pronto. Para el mundo, que es tarea infinita, es muy poca cosa. Pero, con sus cinco panes y sus dos peces, Cristo va a instituir su Eucaristía, Sacramento para la salvación del mundo.
Hace algunos años un grupo de cristianos, movidos por su fervor católico, se congregaron en la región de Nueva York para rezar ante una figura de María y esperar signos del cielo. Estos signos podrían aparecer en formas diversas: un repentino olor a rosas o el propio sol, que brillaba de pronto con extraña luz. Cosas como éstas me mueven a reflexionar sobre la fe y a plantearme la cuestión: ¿cómo distinguir la fe verdadera de la fe mágica? ¿Cómo se distancia la fe genuina de esa fe ingenua cuyo eco llega hasta nosotros desde los recientes conflictos que han tenido como escenario el Oriente Próximo, donde cada una de las partes enfrentadas invocaba la protección del mismo Dios? Es desde este contexto cómo me gustaría volver a leer el evangelio de Marcos.
Todos recordamos la escena en la que vemos a Jesús alimentando a cinco mil personas con tan solo cinco panes y dos peces. Si estamos familiarizados con el mundo del Antiguo Testamento, sabremos ya que esta escena se inspira en el relato del profeta Eliseo -libro de los Reyes-, según el cual éste da de comer a cien personas con veinte panes. Pero el evangelista concluye su relato hablando de un «signo» ¿Signo de qué?
Un signo es como un dedo que apunta a la luna: es la luna lo que hay que mirar, no el dedo ¿En qué sentido apunta nuestro relato? Fijémonos en los símbolos.
Jesús toma asiento en lo alto de una montaña, exactamente igual que un maestro cuando se dispone a impartir su enseñanza. Después, toma un pan entre sus manos, pronuncia la acción de gracias y lo reparte entre la gente. Este gesto nos evoca claramente la Eucaristía y el pan bendecido y repartido. Nos remite también a sus enseñanzas: no solo a lo que ha enseñado de palabra sino con su vida entera. Así lo han entendido cuantos han comido con Él, pues tienen a Jesús por un profeta, más en concreto, por el nuevo Moisés anunciado por Dios en una nueva revelación.
Todo apunta a una escena enteramente cristiana: tras el paso por el agua del bautismo (el paso a la otra orilla del mar de Galilea), el creyente que soy yo, curado de su enfermedad, se alimenta con la palabra de Jesús Resucitado, que es de hecho toda su persona, y puede comer cuanto quiera, en la medida que sea capaz de asimilarla. He aquí la Eucaristía. Pero este relato nos enseña mucho más aun.
Recordemos cómo alimenta Dios a su pueblo al salir de Egipto. La gente tuvo que comer de pie y aprisa. En el desierto el alimento cayó del cielo, en forma de maná. En el relato de Juan sucede todo lo contrario: el alimento no viene del cielo, como para darnos a entender que Dios ya no habla a través de quienes creen tener contacto directo con la divinidad. Dios habla ahora a través de las cosas más sencillas de la vida: un niño con un pan en sus manos, por ejemplo. Ya no hay que comer de pie. La gente toma asiento sobre la hierba tranquilamente y se pone a comer sin prisa, como en una fiesta o en una jira campestre. Esto es lo que Dios quiere.
¿Qué quiere decir todo esto? No es en el cielo o en los fenómenos extraordinarios donde podemos encontrar un signo de Cristo. Los panes y los peces que un niño tiene entre sus manos, es decir, mi vida misma, sencilla y cotidiana, basta para alimentar a muchos. Pero ¿cómo puede ser mi vida alimento para los demás? Es la pregunta de Felipe en el evangelio. Nuestra pregunta podría ser: ahora que soy mayor o estoy enfermo, o aislado en un lugar remoto, o sin formación ni títulos, ¿cómo puedo aportar algo a los demás? Cada uno tiene su propia manera de hacerse esta pregunta. El evangelista responde: mira el mundo con los ojos de la fe, porque la fe es una manera de ver lo invisible y decir: «te doy gracias, Señor, por mi vida en el día de hoy, pues, aunque soy mayor y me fallan las fuerzas, sé que por ella haces maravillas aunque yo no pueda verlas.
Una última pregunta ¿Cómo distinguir una fe inmadura de otra que no lo es? La madurez es la capacidad de evolucionar constantemente, de estar aprendiendo siempre. Fijémonos en Jesús. Un día tiene delante a los enfermos, otro, a los hambrientos. Por eso la gente no se pone de acuerdo cuando se pregunta quién es Jesús: ¿un sanador?, ¿un profeta?, ¿un rey? No consiguen identificarle. Por eso pretender saber quién es Dios y qué es lo quiere de una vez por todas revela inmadurez, la propia de quien se queda estancado en el pasado y no quiere seguir evolucionando. Creer es decir: «Señor, yo acepto mi vida tal como es hoy, sin nostalgia del pasado y doy sin esperar nada a cambio. A ti te toca trazar mi camino, pues yo estoy dispuesto a seguirlo hasta mi último suspiro”.
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.
El mundo, a los ojos de cualquier ser humano, es tarea y mucha. Por algo nos acaba moviendo a hacer lo que no podemos, a decir lo que no queremos y a dar lo que no tenemos. En torno a Jesús y a sus discípulos «eran tantos los que iban y venían que ni para comer tenían tiempo» (Mc 6, 31). Jesús les invitó a embarcarse con él rumbo a un lugar apartado. Pero la gente les fue siguiendo y, cuando desembarcaron, se encontraron con una gran muchedumbre. Fue entonces cuando Jesús dio lo que tenía, cuando puso cerco al mundo como quien fija un límite a la mano que se alarga hasta alcanzar lo vedado: no debemos dar lo que no tenemos ni hacer lo que no podemos ni decir lo que no sentimos. El evangelista, para subrayar que no era el mundo lo que movía a Jesús, nos dice que «se conmovió». Se conmovió por dentro ante la muchedumbre «porque eran como ovejas sin pastor». He aquí al buen pastor: el que da lo que tiene. No le mueve el mundo a dar lo que no tiene. El mundo es tarea y mucha. Se conmueve él por dentro. Antes de empezar la tarea, ya se ha dado a sí mismo por entero. Sin hacer ni decir nada. Basta una mirada al otro para salvarle. El resto es, a veces, estorbo.
Hace poco nos enteramos de que una mujer musulmana, elegida como diputada en las elecciones legislativas celebradas en Palestina, salía en defensa de la poligamia. El amor, según ella, estaba hecho de sacrificios y ella era la primera en sacrificarse al compartir su marido con otra mujer mucho más joven, tanto que bien hubiera podido ser su madre.
A muchos nos deja perplejos semejante idea del amor, así como su puesta en práctica. Entre cuantos estamos en el extremo opuesto del espectro, si pensamos en esta mujer, podemos encontrar, sin embargo, cosas como los clubes de intercambio. Son sitios donde ciertas personas, sin compromiso ni obligación alguna, buscan dar un poco de chispa a su relación de pareja ¿Cómo darle a la vida una orientación realmente liberadora? Es desde este contexto como escucho yo el evangelio: «Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos porque andaban como ovejas sin pastor; se puso, entonces, a enseñarles muchas cosas»
Cabe situar este pasaje evangélico en el contexto del envío misional por parte de Jesús a sus discípulos. Les envía a predicar y a curar a los enfermos. Ser enviado en misión significa ser llamado a dar, tanto en el sentido espiritual como en el físico. Ahora bien, ¿qué significa, en concreto, «dar»? ¿Cómo puede uno dar? ¿Cómo puede uno enseñar algo a personas desconcertadas, en búsqueda, sedientas de amor y de luz? Acerquémonos un poco más a este pasaje.
Los apóstoles enviados en misión se agrupan en torno a Jesús ¿Qué hace Él entonces? Les dice:“Venid vosotros y retiraos conmigo en un lugar apartado para descansar un poco”Se apartan, pues, de la gente para volver a encontrarse entre ellos ¿Por qué? La respuesta es sencilla: nadie puede darse a los demás si primero no se ha dado tiempo para encontrarse consigo mismo.
El simbolismo de la barca y el lugar apartado nos remite a nuestro propio caminar por la vida, a ese largo viaje que hemos aceptado emprender para entrar en nosotros mismos y descubrir, así, quiénes somos realmente. No podemos emprender ese viaje sin «descansar», es decir, sin tomar distancia de este mundo que nos asalta diciéndonos: «¡vete a la derecha, vete a la izquierda!». El mundo que nos asalta es tanto el de las prohibiciones religiosas como el de las ideas de moda. Este largo viaje hacia uno mismo es esencial porque nadie puede dar lo que no tiene ni señalar el norte si no lo ha encontrado primero por sí mismo. Si no aceptamos este viaje, no haremos otra cosa que reeditar nuestro superyo individual, familiar o colectivo. Lo único que sabremos transmitir a los demás, una y otra vez, serán principios rígidos o ideas de moda. Adoctrinaremos o culpabilizaremos: nunca llegaremos a liberar realmente a nadie.
Nuestro evangelio no habla de este viaje como de un viaje en solitario sino con otros, en torno a Jesús, que se presenta a sí mismo como el buen pastor. La fraternidad, el calor y apoyo de los demás son esenciales para este viaje. Yo necesito sus ojos, necesito su eco, necesito su paciencia y necesito también su ternura. Como cristiano, necesito saberme además precedido por Uno que ha caminado durante más de treinta años por su lugar de Galilea antes de tomar la palabra en público: Jesús de Nazaret, el mismo que me sigue acompañando hoy.
¿Qué sucede, pues, en ese lugar apartado al que Jesús se retira con sus discípulos? Es allí donde se vuelven a encontrar con la gente. Cuando he acertado a tomar el rumbo hacia mí mismo y he decidido llegar hasta el final, soy capaz, entonces, de encontrarme con los otros y de verles entendiendo a fondo lo que viven:»Jesús vio una muchedumbre inmensa y sintió compasión de todos ellos…»
Cuando he llegado a afianzar mi identidad y a saber decir dónde está el norte para mí, estoy en condiciones de guiar a los demás:»Jesús se puso a enseñarles con calma a todas esas gentes que andaban como ovejas sin pastor»
Cuando he llegado a encontrarme conmigo mismo, puedo dar: es así como a nuestro pasaje evangélico le sigue otro en el que vemos a Jesús y a sus discípulos dando de comer a cinco mil personas.
En mi ambiente de trabajo convivo con musulmanes y con budistas, con cristianos que asisten al culto y con otros que no. Y me siento llamado a ayudarles a todos a encontrar su propio norte, según el lugar donde se encuentren. Pero lo primero para mí es encontrar un lugar donde pueda sumergirme en mis raíces, bien sea la vida de pareja o la comunidad ¿Seré capaz de encontrar un lugar así?
Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P
Aun recuerdo cuándo se puso en marcha el año de pastoral en mi parroquia, hace ya algunos años. La comisión de pastoral había preparado una gran pancarta en la que se podía leer: «nuestra misión es anunciar a Jesucristo al mundo de hoy» ¡Misión inmensa! Una definición como ésta se mantiene a un nivel tan estratosférico que puede valer para todo y para nada al mismo tiempo. Personalmente me sentiría un poco incómodo si tuviera que proyectar en ella mi propia vida.
Y, sin embargo, lo cierto es que las misiones son algo a lo que estoy acostumbrado. En mis ámbitos de trabajo administrativo, cada ministerio, cada departamento, cada sección, tiene su misión, que gira, más o menos, en torno al servicio a los ciudadanos y a la aplicación equitativa de la ley. Los centros de enseñanza tienen su misión. Los medios de comunicación como la radio, la televisión, los periódicos, las revistas, presumen de tener también una misión. La tradición cristiana no tiene ya el monopolio del lenguaje sobre la misión. Pero ¿cómo entender su misión en contraste con las demás?
Me gustaría sumergirme ahora de nuevo en aquel relato de Marcos que presenta a Jesús enviando a sus discípulos en misión ¿En qué consiste esta misión? A primera vista, no hay modo de saberlo. Jesús da sencillamente a los suyos la capacidad de apaciguar a los «espíritus perturbadores» (como podríamos traducir el sentido de la voz hebrea «impuro», esto es, que se sustrae a la normalidad y a un cierto orden), sin añadir nada más. Cuando uno conoce el evangelio de Marcos, adivina enseguida que se trata, en él, de continuar la tarea de Jesús: su muerte se perfila en el horizonte cuando leemos el relato que sigue, el de la muerte de Juan el Bautista. El rostro de Jesús que nos presenta Marcos es el de un hombre de acción, que ha invitado a la gente a cambiar de vida porque el mundo de Dios está más cerca que antes y que no ha cejado en su empeño por transformar a sus semejantes en todos los sentidos: físico, psíquico y espiritual. Ahora bien, ¿qué hacen los doce para responder a la misión que Jesús les ha confiado? Instan a la gente a cambiar de vida, liberándola de sus pulsiones dañinas (enfermedades psíquicas o mentales) y curando a los enfermos (enfermedades físicas) con el aceite de la unción.
A la vista de este relato, ¿cómo definir la misión cristiana en general y la de cada uno de nosotros, en particular? A mí me parece que no podemos «inventarnos» una misión, por más noble que pueda parecernos, tal como «anunciar a Jesucristo». Lo único que debemos hacer, en realidad, es «descubrir» nuestra misión. De hecho, el evangelio nos dice: Jesús convocó a los doce y empezó a enviarlos en misión…No se trata, entonces, de una iniciativa por parte de los discípulos. He aquí, pues, el origen de mis interrogantes y de una cierta tensión, a veces: «¿a qué me siento llamado…qué es lo que Dios espera de mí?
El relato me da una pista acerca de mi propia misión: Jesús les dio lo necesario para apaciguar a los espíritus perturbadores…, esto es, la capacidad de encauzar todas aquellas energías que pervierten o desvían al ser humano. Soy llamado solo allí donde tengo la capacidad de actuar: mi misión está en función de lo que yo soy y puedo ofrecer. Y aquí se plantea la pregunta: «¿quién soy yo y qué es lo que puedo ofrecer?».
Cuando alguien me dice: «¡es increíble, pareces tan apasionado por lo que haces que se te ve radiante!» yo sé muy bien que estoy allí donde me siento llamado. Todo lo que hago con naturalidad es también mi propia misión: me toca, pues, a mí descubrir su sentido espiritual. Y esto me recuerda, por cierto, las imágenes de Pablo de Tarso: ¡qué fuerza, qué ardor, qué amor, qué pasión en todo lo que emprende! Hay que contar, desde luego, con horas sombrías, con momentos difíciles…Cuando mi madre andaba preocupada por uno de mis hermanos, que estaba enfermo, y no podía dormir por la noche, ¿le impedía esto a ella sentir hasta qué punto su vida seguía teniendo un sentido y no la cambiaría por nada? Algunas veces me pesa el trabajo y me aplasta la masa de mis planes y responsabilidades. Y, no obstante, saber que mi presencia y mi quehacer ponen en camino a personas como Mario, John, Gino, Kassen, Paul, me hace olvidar mi cansancio y me trae una paz profunda.
Como todos los que han rebasado ya la cincuentena, sé que llegará un día en que los múltiples compromisos sociales y el trabajo remunerado serán cosas del pasado. Y, sin embargo, vivo convencido de que mi misión no está en función de mi lista de actividades.
Cuando ya no pueda ayudar a los demás con mis conocimientos o competencias y sea, en cambio, yo quien necesite ayuda, entonces recordaré a mis hermanos y hermanas que la vida es, ante todo, pura gratuidad, como un recién nacido, que solo sabe agitar sus manos y sus pies.
¿Misión del cristiano? ¿Misión del musulmán? ¿Misión del agnóstico? Mi respuesta a todas estas preguntas es «sí». Pero yo sé que lo mío es continuar la tarea comenzada por Jesús cada vez que alimento e intento curar y es esto lo que le da a mi vida todo su sentido. Sé también que, a través de mis acciones más sencillas, se perfila un misterio más grande que yo ¡Y esto me da vida!¿Concierne la misión únicamente al mundo que llamamos «profano»?
Ayer mismo por la tarde me telefoneaba un cura de parroquia para contarme lo angustiado que estaba ante un grupo de sacerdotes que no quería saber nada del proyecto previsto para reorganizar la misión. Cuando uno siente, por ejemplo, el vacío de la palabra en tantas celebraciones, ¿no percibe una llamada misional a los cristianos para que tomen, ellos mismos, la palabra?
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P
Recuerdo que, en una ocasión, recibí en mi despacho a una persona dispuesta a hacerme algunas preguntas. Sabía que yo era biblista y deseaba ardientemente que le diera a conocer los escritos secretos de Jesús, que la Iglesia mantenía ocultos. Era un rosacruz, miembro de esa orden cristiana hermética cuyos orígenes se remontan al siglo XVII. Se quedó decepcionado al enterarse, por mí, de que semejantes escritos nunca habían existido. Años después, en Alemania, mi profesor de alemán en la universidad de Munich me invitó a pasar una tarde en su casa tras enterarse de que yo era biblista. También él pretendía que le hablase acerca de ciertos escritos secretos, ajenos al Nuevo Testamento, que vendrían a desvelar la clave oculta de la vida. Era un asiduo de la meditación que regresaba de California y frecuentaba grupos esotéricos. Yo le hablé un poco sobre los escritos apócrifos, insistiendo, eso sí, en que eran textos de carácter fantasioso, sin el menor valor de realidad. Lo que me sorprendió, en estas dos ocasiones, fue constatar, entre algunos, la convicción de que, en algún lugar, existía un saber capaz de trasladarnos a una vida diferente y reservada a iniciados. Y aquí se plantean dos cuestiones: para dar con la clave de la vida, ¿hace falta un saber especial?, y también ¿es cierto que este saber no está al alcance sino de un reducido grupo de personas?
Me parece que el evangelio da respuesta a ambas preguntas. Recordemos la escena. Jesús regresa al lugar donde se ha criado y trabajado de carpintero, seguramente como su padre. Un carpintero de aquella época no hacía lo mismo que uno de hoy. El oficio de entonces se desempeñaba en muchas tareas: levantar vigas para sostener el techo de las casas de piedra, fabricar puertas y marcos de puertas, travesaños de ventanas, muebles tales como camas, mesas o bancos así como alacenas, baúles o cajas. Justino mártir aseguraba que Jesús había fabricado también arados y yugos para los animales de trabajo. La práctica de este oficio requería una cierta destreza y fuerza física, lo que nos aleja de aquella imagen de niño inocente y enclenque que la piedad nos ha dejado de Jesús. Este carpintero toma la palabra en la sinagoga y su enseñanza llama la atención ¿No parece normal que se diga de él: por quién se tiene? Tiene también fama de sanador ¿No es normal que se diga de él otra vez: cómo es esto posible? Si es nuestro vecino, si la suya es una familia sin historia y son conocidos de toda la vida su madre, sus hermanos y hermanas todos…
Pero hagamos un alto aquí. Es importante superar un esquema vigente entre muchas personas piadosas que suelen decir: al fin y al cabo Jesús era Hijo de Dios; es normal, pues, que enseñe y haga milagros. Una opinión como ésta contradice hasta el fondo el misterio de la Encarnación. Como dice claramente el himno a los filipenses: «Jesús se hizo semejante a los hombres, presentándose como un ser humano cualquiera»(Flp 2, 7). Y lo natural para un ser humano es aprender, aprender de sus propias experiencias y errores, aprender escuchando a los demás y abriéndose a los acontecimientos ¿Cómo podría ser de otra manera en el caso de Jesús? Así, el Jesús que vuelve a Nazareth es el mismo que ha venido creciendo como ser humano gracias a su oficio de carpintero artesano. El que ha escuchado los consejos de su padre y su madre, atento siempre a los pequeños acontecimientos de la vida ordinaria (por ejemplo, Lc, 8: «¿cuál es la mujer que, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lámpara, barre su casa y se pone a buscar hasta dar con ella?». El que ha convivido con sus hermanos y hermanas (los mejores biblistas coinciden hoy en señalar que Jesús debió de tener, al menos, seis hermanos y hermanas), el observador atento de la naturaleza (buena parte de sus parábolas tiene su origen en la observación de la naturaleza: el sembrador, el grano de mostaza, los lirios del campo y las aves del cielo, la pesca y selección de los peces), el que ha estado al tanto de las noticias diarias (recordar, por ejemplo, su mención de las dieciocho personas que perdieron la vida al caer sobre ellas la torre de Siloé, Lc 13, 4). He aquí, pues, al hombre cuya sabiduría asombra a la gente de Nazareth. Su sabiduría es, en realidad, el mensaje mismo de los evangelios.
En el fondo, ¿por qué le asombra a la gente la persona de Jesús? Si hubiera venido de Roma o de Atenas o si hubiera sido un fariseo de prestigio en Jerusalén como Gamaliel, a la gente le asombraría menos ¿Por qué? Hay una manera de entender la vida según la cual el secreto de la existencia se halla fuera de uno mismo y es casi inalcanzable. Solo una élite formada por personas muy especiales y dispersas por el mundo puede revelárnoslo. Solo algunos, que se presentan como gurús, tienen oídos para él. Pues bien: esto es justamente lo que denuncia el evangelio. La gente de Nazareth buscaba un gurú y fue el carpintero de la esquina de la calle lo que se encontró.
A mi parecer, hay una cierta ceguera en querer buscar la luz en escritos secretos o esotéricos. Es querer buscar lejos lo que está cerca. Hay una frase del dominico Marie-Dominique Chenu, experto en el Concilio Vaticano II, que me acompaña sin cesar: «Jesús ha venido a santificar el mundo, no a sacralizarlo». En otras palabras, Jesús ha revelado que es, sobre todo, en el corazón de la vida ordinaria donde Dios sale a nuestro encuentro, antes que en los santuarios, los templos o las iglesias.
La vida ordinaria nos ofrece todo lo necesario para que podamos descubrir la clave de la existencia. Es ella misma el misterio profundo que se da a conocer a quien se toma su tiempo para acogerlo. Tiene el poder de transformarnos, como transformó a Jesús. Es el maestro que puede hacernos sabios y llenarnos de vida. Y es en ella donde descubrimos a Dios, no en el cielo. Con ella no hacen falta escritos secretos.
Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P