Recuerdo que, en una ocasión, recibí en mi despacho a una persona dispuesta a hacerme algunas preguntas. Sabía que yo era biblista y deseaba ardientemente que le diera a conocer los escritos secretos de Jesús, que la Iglesia mantenía ocultos. Era un rosacruz, miembro de esa orden cristiana hermética cuyos orígenes se remontan al siglo XVII. Se quedó decepcionado al enterarse, por mí, de que semejantes escritos nunca habían existido. Años después, en Alemania, mi profesor de alemán en la universidad de Munich me invitó a pasar una tarde en su casa tras enterarse de que yo era biblista. También él pretendía que le hablase acerca de ciertos escritos secretos, ajenos al Nuevo Testamento, que vendrían a desvelar la clave oculta de la vida. Era un asiduo de la meditación que regresaba de California y frecuentaba grupos esotéricos. Yo le hablé un poco sobre los escritos apócrifos, insistiendo, eso sí, en que eran textos de carácter fantasioso, sin el menor valor de realidad. Lo que me sorprendió, en estas dos ocasiones, fue constatar, entre algunos, la convicción de que, en algún lugar, existía un saber capaz de trasladarnos a una vida diferente y reservada a iniciados. Y aquí se plantean dos cuestiones: para dar con la clave de la vida, ¿hace falta un saber especial?, y también ¿es cierto que este saber no está al alcance sino de un reducido grupo de personas?
Me parece que el evangelio da respuesta a ambas preguntas. Recordemos la escena. Jesús regresa al lugar donde se ha criado y trabajado de carpintero, seguramente como su padre. Un carpintero de aquella época no hacía lo mismo que uno de hoy. El oficio de entonces se desempeñaba en muchas tareas: levantar vigas para sostener el techo de las casas de piedra, fabricar puertas y marcos de puertas, travesaños de ventanas, muebles tales como camas, mesas o bancos así como alacenas, baúles o cajas. Justino mártir aseguraba que Jesús había fabricado también arados y yugos para los animales de trabajo. La práctica de este oficio requería una cierta destreza y fuerza física, lo que nos aleja de aquella imagen de niño inocente y enclenque que la piedad nos ha dejado de Jesús. Este carpintero toma la palabra en la sinagoga y su enseñanza llama la atención ¿No parece normal que se diga de él: por quién se tiene? Tiene también fama de sanador ¿No es normal que se diga de él otra vez: cómo es esto posible? Si es nuestro vecino, si la suya es una familia sin historia y son conocidos de toda la vida su madre, sus hermanos y hermanas todos…
Pero hagamos un alto aquí. Es importante superar un esquema vigente entre muchas personas piadosas que suelen decir: al fin y al cabo Jesús era Hijo de Dios; es normal, pues, que enseñe y haga milagros. Una opinión como ésta contradice hasta el fondo el misterio de la Encarnación. Como dice claramente el himno a los filipenses: «Jesús se hizo semejante a los hombres, presentándose como un ser humano cualquiera»(Flp 2, 7). Y lo natural para un ser humano es aprender, aprender de sus propias experiencias y errores, aprender escuchando a los demás y abriéndose a los acontecimientos ¿Cómo podría ser de otra manera en el caso de Jesús? Así, el Jesús que vuelve a Nazareth es el mismo que ha venido creciendo como ser humano gracias a su oficio de carpintero artesano. El que ha escuchado los consejos de su padre y su madre, atento siempre a los pequeños acontecimientos de la vida ordinaria (por ejemplo, Lc, 8: «¿cuál es la mujer que, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lámpara, barre su casa y se pone a buscar hasta dar con ella?». El que ha convivido con sus hermanos y hermanas (los mejores biblistas coinciden hoy en señalar que Jesús debió de tener, al menos, seis hermanos y hermanas), el observador atento de la naturaleza (buena parte de sus parábolas tiene su origen en la observación de la naturaleza: el sembrador, el grano de mostaza, los lirios del campo y las aves del cielo, la pesca y selección de los peces), el que ha estado al tanto de las noticias diarias (recordar, por ejemplo, su mención de las dieciocho personas que perdieron la vida al caer sobre ellas la torre de Siloé, Lc 13, 4). He aquí, pues, al hombre cuya sabiduría asombra a la gente de Nazareth. Su sabiduría es, en realidad, el mensaje mismo de los evangelios.
En el fondo, ¿por qué le asombra a la gente la persona de Jesús? Si hubiera venido de Roma o de Atenas o si hubiera sido un fariseo de prestigio en Jerusalén como Gamaliel, a la gente le asombraría menos ¿Por qué? Hay una manera de entender la vida según la cual el secreto de la existencia se halla fuera de uno mismo y es casi inalcanzable. Solo una élite formada por personas muy especiales y dispersas por el mundo puede revelárnoslo. Solo algunos, que se presentan como gurús, tienen oídos para él. Pues bien: esto es justamente lo que denuncia el evangelio. La gente de Nazareth buscaba un gurú y fue el carpintero de la esquina de la calle lo que se encontró.
A mi parecer, hay una cierta ceguera en querer buscar la luz en escritos secretos o esotéricos. Es querer buscar lejos lo que está cerca. Hay una frase del dominico Marie-Dominique Chenu, experto en el Concilio Vaticano II, que me acompaña sin cesar: «Jesús ha venido a santificar el mundo, no a sacralizarlo». En otras palabras, Jesús ha revelado que es, sobre todo, en el corazón de la vida ordinaria donde Dios sale a nuestro encuentro, antes que en los santuarios, los templos o las iglesias.
La vida ordinaria nos ofrece todo lo necesario para que podamos descubrir la clave de la existencia. Es ella misma el misterio profundo que se da a conocer a quien se toma su tiempo para acogerlo. Tiene el poder de transformarnos, como transformó a Jesús. Es el maestro que puede hacernos sabios y llenarnos de vida. Y es en ella donde descubrimos a Dios, no en el cielo. Con ella no hacen falta escritos secretos.
Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P
Primeiramente facer unha aclaración sobre o último artigo de D. Enrique publicado, do ano 1977 sobre o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO. Segundo me comenta D. Xabier Martínez Prieto, párroco de Ortigueira e que exerceu tamén aquí nas Pontes, o mosteiro que D. Enrique cita, correspóndese con Pontedeume e débese a que nos documentos fálase de Ponte do Eume (que sería Pontedeume) e non Pontes do Eume (que sería As Pontes).
A D. Xabier Martínez, As Pontes débelle moito, pois mentres estivo exercendo neste concello, pescudou infinidade de datos sobre a Igrexa Parroquial, sobre as outras igrexas e capelas espalladas polo municipio; ademais de crear a Asociación de Estudos Históricos “Hume” (feito que algúns teñen esquecido) e de ser unha persoa defensora do nos Patrimonio. Moitas grazas Xabier!
O artigo de hoxe vai sobre “EL CAMBIO SOCIOLÓGICO EXPERIMENTADO EN AS PONTES EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS”, publicado tamén na Revista das Festas, no ano 1980.
Nel D. Enrique fálanos dos trocos experimentados por mor da industrialización coa chegada de ENDESA ANO 1980 CAMBIO SOCIOLÓGICO EXPERIMENTADO EN AS PONTES EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS.
Por D. Enrique Rivera Rouco.
Como en pasados años, a instancias de la Comisión Organizadora de los festejos patronales, vengo obligado a dedicar unas líneas acerca de nuestro Pueblo para insertar en la revista informativa de la fiesta. En esta ocasión intento describir -a mi manera, sin otras directrices- el cambio sociológico experimentado en esta Villa y Comarca en los últimos tiempos, con base en la observación y reflexión sobre las características que le configuran en la fecha actual y comparativamente sobre las que presentaba en la época de mi infancia.
Era entonces un Municipio de unos cinco mil habitantes, en que la Villa tomaba creciente auge con motivo de la factoría “Calvo Sotelo” pero donde sin embargo predominaban las formas de vida tradicionales:
– La Parroquia de As Pontes poseía el sentido de comunidad y de unión para los intereses comunes, todos nos conocíamos. Hoy en cambio, el sistema de vida es individual y, en porcentaje considerable, no nos conocemos unos a otros.
– Casi toda la población era entonces nativa, mientras que la inmigración de los últimos lustros la convirtió en una sociedad nueva o, mejor, en un conglomerado nuevo que se integra en comunidad.
– El ambiente general ofrecía un tono agrícola y, aunque había un pequeño número de “señoritos” y otros profesionales que no trabajaban en el campo, de hecho todo el Pueblo estaba mentalmente vinculado a la agricultura, en contraposición al aire ciudadano que hoy se respira.
– La manera de vivir era todo el año uniforme, sin vacaciones, sin fines de semana, con acusado sentido del ahorro, pues no se disponía de Seguridad Social y era preciso prever cualquier eventualidad. Los niños trabajábamos en medio de los mayores, lejos de divertirnos, compartiendo con ellos aquella vida esclava.Hoy la mayoría disfruta de vacaciones y fines de semana; no sienten necesidad de ahorrar, y los pequeños poseen todos los mimos.
– Las actuales diversiones (si es que así pueden llamarse) han emprendido el extraño derrotero de las discotecas y de la huida sistemática a lugares lejanos, mientras que los esparcimientos de antaño -más vividos, más satisfactorios y saludables- consistían en las fiestas y bailes del Pueblo y del alrededor, los animados paseos del domingo, los carnavales, celebraciones familiares, etc.-
Entre la juventud de antes no había, por falta de medios, tantos estudiantes como en la actualidad en que casi todos acometen los estudios de enseñanza media y muchos los superiores.
En la gran mayoría, al terminar la edad escolar, no había otra aspiración que la de seguir el sistema de los padres o la de emigrar al extranjero: primero a Venezuela, después a Europa. En cambio hoy frecuentemente piensan en emplearse en las industrias locales y en las vecina, aún a costa de truncar los estudios.
En los hogares va desapareciendo aquel tipo de organización en que el padre respondía de la educación y hasta de la profesión del hijo; es decir, ahora el padre ya no decide por y sobre el hijo, sino que éste se reivindica el derecho de decidir.
Aunque este hecho tenga su factor positivo, es de lamentar el elemento negativo que conlleva el nuevo tipo de relaciones entre padres e hijos: al no hacer caso a los mayores queda automáticamente truncada aquella trasmisión cultural de una generación a otra, con toda la riqueza de experiencia y de valores humanos y espirituales que llevaba consigo.
El extremo opuesto que hoy tiende a imponerse, de la falta de contacto y de convivencia de los muchachos con su familia, supone, sin lugar a dudas, un contravalor y puede ser incluso una de las causas de la delincuencia juvenil.
En suma, hemos de admitir que el Pueblo de As Pontes se encuentra hoy subiendo los últimos peldaños en el tránsito de sociedad tradicional agraria a sociedad moderna industrial.
Comprende actualmente el Municipio unas tres mil familias, de las que solo el 10% residen en los barrios de aldea. Ya no hay, afortunadamente, aquella clase marginal de antaño de gentes muy pobres, sino que, partiendo del nivel económico y de las formas de vida de los vecinos (más que de los principios de la Sociología), podemos catalogar en tres las actuales clases sociales de As Pontes: Un número no elevado de clase alta (ingenieros, técnicos de la industria y algunos industriales autónomos).
Un número mayoritario de clase media -entendida ésta en su sentido amplio de cuantos viven holgadamente-: comerciantes, pequeños industriales, administrativos, profesores, funcionarios, etc. y también los productores de la gran industria, ya que versan en situación ventajosa entre los restantes vecinos de la Comarca.
Y queda un buen número comprendido en la clase baja, por cuanto sus condiciones de vida son más precarias : los agricultores, los obreros eventuales, empleadas del hogar y cuantos no consiguieron colocación. Los ingresos consisten respectivamente a base de honorarios, salarios y (en la clase baja) en unos pequeños productos acompañados de alguna pensión de vejez o de desempleo, por lo que la renta de estos últimos ha de ser conceptuada como de “simple subsistencia”.
La conciencia de clase es “difusa” en la inmensa mayoría; quizás sólo sea “clara” -en línea conservadora- en la clase alta y parte de la clase media, y -en línea reformadora- en los grupos jóvenes.
El ánimo y sentimiento popular aparece como de satisfacción en las clases alta y media, y de frustración en la mayoría de los agricultores y de los que no consiguen empleo en la industria. Cuanto a la formación intelectual hemos de reconocer que sólo una minoría posee estudios universitarios, un número notable (cada vez mayor) el bachillerato y el resto la educación primaria.
Tras esta exposición de las facetas ambientales de nuestro Pueblo, podemos preguntarnos: ¿A dónde vamos los ciudadanos ponteses? Yo diría hacia mayores conocimientos científicos, hacia mejores condiciones de vida, pero quizá en disminución de valores éticos, morales y de convivencia; es decir, el progreso es parcial, no perfecto.
PY, a propósito, quedaría manco este trabajo (siendo quien lo realiza un sacerdote) de no tocar el problema religioso que el antedicho cambio social lleva consigo. ¿Qué pensar del panorama religioso actual de nuestro Pueblo? No se puede ocultar un hecho patente: en gran descenso de las prácticas religiosas.
Quizás las formas de vida religiosa propias del ambiente rural no sean válidas para la sociedad moderna industrial. La vida religiosa urbana, igual que todas las actividades urbanas, presupone un nivel cultural que no se da en las masas trabajadoras inmigradas del campo: es decir, la religión no es una herencia sino que requiere un fondo de convicciones sentidas y vividas.
Los hechos quieren insinuarnos que la religión deja de ser el elemento determinante en la organización de la vida social. No obstante, no quiero concluir con aire pesimista; no preveo la desaparición total de lso sentimientos religiosos de mi Pueblo, sino una crisis característica de nuestra época y que define el siguiente párrafo del Concilio Vaticano II: “El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Se puede hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también sobre la vida religiosa”.
Texto e imaxe aportada por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes.
Quedé impresionado recientemente al leer el testimonio de unos profesores en un liceo de las afueras de París. Me recordó al de los educadores en ciertos colegios públicos de ambientes desfavorecidos. Se tienen que hacer violencia. Durante una hora de clase a duras penas consiguen enseñar quince minutos. Acudir al aula es, para ellos, como entrar en una jaula de leones. No me sorprende, pues, la cantidad de enseñantes que acaban causando baja por depresión. Lo que me sorprende es que sigan queriendo dar clase ¿Por qué? Necesitan su salario, por supuesto. Pero, ¿no habrá nada más? ¿no habrá, en ellos, algo que puede asomarnos al evangelio?
El evangelio nos ofrece dos relatos entramados. El de la mujer que sufre hemorragias es el más importante y explica el resto. Lleva doce años luchando por su salud. Ha gastado en ello todos sus recursos. Sus ganas de vivir, propias de quien no se resigna a una vida menguada en sus posibilidades, son tan fuertes que le ayudan a superar el miedo y salir al encuentro de Jesús, logrando romper el muro que la multitud ha levantado en torno a Él. Según el evangelista, Jesús sintió que salía de él una energía increíble. El texto griego emplea la palabra «dynamis», étimo de palabras como «dinamismo» o «dinamita». Las biblias suelen traducirla por «fuerza», «poder» o «milagro», tal vez. Yo prefiero esta traducción: «energía increíble». Para esta mujer será su segundo nacimiento, el que ella misma tendrá la oportunidad de elegir y preparar. Hablar de energía es una manera de hablar de la fe. No es sino a esta luz cómo podemos acercarnos al segundo relato, el de la curación de la hija de Jairo.
La manera que tiene Marcos de contárnoslo y los símbolos que emplea ponen de manifiesto que está describiendo la situación del creyente. La casa en la que Jesús entra es la Iglesia. Y entran con él, acompañándole, los pilares de la fe, que son Pedro, Santiago y Juan, así como los familiares más íntimos de la niña. Es la fe lo que nos acerca a esta niña. Los incrédulos, los que se burlan de Jesús, no son invitados a entrar. Para describir, según el texto griego, el gesto de Jesús al tomar la mano de la niña y ayudarla a levantarse, se utilizan las mismas palabras que aparecen en el relato de la Resurrección. Y, cuando Jesús manda dar de comer a la niña, no sucede otra cosa que lo que celebramos en la Eucaristía después del Bautismo. Por el bautismo pasamos de la muerte a la vida, resucitamos con Cristo y nos sentamos a la mesa de los creyentes con Él. La clave tanto de este relato como del anterior es la misma: es la increíble energía desplegada por la fe de cada uno lo que hace posible el paso de un universo de muerte hacia una vida plena.
Si hay algo que tuerce el rumbo de los seres humanos es esa percepción de la realidad que la gente llama «destino». Todavía oigo decir a los que se acercaban al féretro de mi cuñada, víctima de un cáncer con apenas treinta y tres años: «era su destino». De ninguna manera. Creer que un destino cualquiera marca el rumbo de nuestra vida o que una situación marcada por la privación o el deterioro es normal no puede ser otra cosa que un camino de muerte. Hace falta, pues, la energía increíble de la fe para luchar contra esta idea de un destino fijado de antemano. Tanto la realidad cotidiana como la que viven los profesores a los que me empecé refiriendo es tan compleja y difícil en ciertos momentos y tan inquietante, a veces, que solo la fe puede liberar la energía vital que nos habita, solo ella puede sacar a la luz los anhelos profundos que llevamos dentro, solo ella ayuda a esperar la salida del sol al otro lado de la montaña. La fe rompe la lógica del destino. En la película sobre la vida de Tina Turner, cantante americana de color, golpeada y maltratada durante años por su marido, podemos ver aquella escena en la que ella, con una serenidad desconcertante, hace frente a las amenazas de su exmarido, pistola en mano: gracias a los consejos y la ayuda de una amiga, entró, de alguna manera, en el mundo…de la fe, nació a sí misma.
Para Tina Turner el budismo fue el camino hacia la fe. A los educadores en ambientes desfavorecidos diversos caminos les han ayudado a descubrir esta energía asombrosa. Para la mujer que padecía hemorragias frecuentes, para Jairo, para mí y para ti, sin duda, es el contacto con Jesús, que ha pasado de la muerte a la vida, el gran descubrimiento ¿Qué nos impedirá llegar hasta el final de esta formidable energía?
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P.
Presento hoxe o seguinte artigo de D. Enrique, moi interesante, pois fala da posible existencia dun mosteiro nas Pontes, concretamente do MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO DAS PONTES, e que estaría situado no Chamoselo de Abaixo, onde se sitúan os restos romanos.
O artigo leva por título COLABORACIÓN e foi publicado na Revista das Festas do ano 1977. Nel tamén nos aporta información sobre a intención de publicar a segunda edición do seu libro “HISTORIA DE PUENTES DE GARCÍA RODRÍGUEZ”, corrixida e aumentada e editada en galego. E engade que a elaboración xa está en marcha. Mágoa que este traballo estea perdido, pois cando fixen o libro “D. ENRIQUE RIVERA ROUCO, A SUA VIDA E A SÚA OBRA” tratei de atopar todos os traballos posibles, máis desta información non atopei nada, agás esta cita no artigo. De seguro que hai moito aínda sobre a nosa historia pontesa que descoñecemos.
ANO 1977
COLABORACIÓN
ENRIQUE RIVERA ROUCO.
La entusiasta Comisión para las Fiestas Patronales del presente año me rogó con insistencia participara en esta revista informativa; petición que intento complacer adelantando algunos de los datos importantes y últimamente descubiertos sobre el pasado de nuestro Pueblo, que han de engrosar la próxima edición de la Historia de Puentes, corregida y en el idioma gallego, cuya elaboración está ya en marcha. Me refiero principalmente al considerable número de documentos antiguos correspondientes a nuestra Comarca que posee el Archivo Histórico del Reino de Galicia.
Zona do Chamoselo onde D. Enrique sitúa o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO
Aunque todavía no he podido practicar una investigación detallada sobre los mismos, conseguí consultar los inventarios analíticos de las diversas series documentales que integran el mencionado gran Archivo.
La mayor parte de dichas series poseen documentos concernientes al pasado de Puentes.
Zona do Chamoselo onde D. Enrique sitúa o MOSTEIRO DE SAN MARTIÑO
El hallazgo más sensacional aparecen en la Sección XII, Departamento 3, -Epígrafe: “Documentos Eclesiásticos”- , que contienen libros y documentos procedentes de los antiguos monasterios y que pasaron a ser “prioratos” con motivo de la reforma monástica del sigo XVI; entre los cuales figura el MONASTERIO DE SAN MARTÍN DE PUENTES.
Era tradición inmemorial en Puentes la existencia de un convento, anterior a la actual iglesia, pero se ignoraba el lugar de su ubicación y demás pormenores.
Tal teoría quedó confirmada cuando, al abrir las cimentaciones de los edificios de la zona del “Chamoselo de Abajo”, aparecieron restos del referido monasterio: en el solar de la Granja Rivera fueron descubiertos una estatua de granito que representaba un guerrero y tejas de la montera del primitivo convento; en la finca núm. 40 de la Avda. de Lugo, un pavimento de mosaicos; piezas talladas de granito en las fincas contiguas; etc.
Con los datos del Archivo Histórico aquella vieja leyenda recobra plenamente su sentido real.
Efectivamente hubo en Puentes un Monasterio correspondiente a la “red de monasterios” propagados por San Martín de Braga y cuya antigüedad se remonta al sigo VII, habiendo adoptado la regla de San Fructuoso.
Tuvo vida próspera hasta el siglo XVI en que, con motivo de la reforma eclesiástica entonces ejecutada, pasó a ser “priorato”.
En consecuencia le fue reducido el número de monjes que, a las órdenes de un “prior” se limitaron a explotar sus posesiones al estilo de “granja”.
Dicho “Priorato” no fue “curado”, es decir, no regentó la zona pastoralmente. Tuvo que coexistir con él la Parroquia; de lo contrario el titular de la misma hubiera seguido siento San Martín.
Y resulta que la actual Iglesia Parroquial se remonta a esa antigüedad, ubicada en distinto lugar y con el titular de Santa María.
Aquel viejo convento hubo de quedar deshabitado en la decadencia monacal del siglo XVI y, posteriormente, su edificio pereció ruinoso.
Cotejando estos datos con otros recogidos de la historia general de Galicia se deducen, con fundamento, hechos curiosos del pasado de Puentes, como por ejemplo el haber sido residencia del Obispo. Veámoslo: El Historiador Enrique Corrales y Sánchez (según consigna el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano, en el volumen 13) narra lo siguiente: “… La sede episcopal britoniense (después mindoniense) se erigió en el año 561 por decreto del concilio I de Braga… su primer Obispo fue Mailoc… destruida Bretoña por los árabes en el año 717, desapareció la sede.
Volvió a aparecer con el título de “Dumiense” por los años 866-870, arrancada del Monasterio de Dumio, junto a Braga, cuando la huida del Obispo Sabarico a San Martín de Mondoñedo.
Posteriormente se trasladó la silla a Villamahyor (del “Valle Brea” junto a Mondoñedo) en los comienzos del Siglo XII, traslación confirmada en el Concilio de Palencia de 1.113, dejando el título de Eumiense que antes había adoptado y tomando el de Vallibriense y luego el de Mindoniense, tras haber residido diecinueve años en Ribadeo (Sede Ribadense, regentada por Pelayo II de Cebeyra)”.
De este relato histórico y fidedigno se despende que la Sede Episcopal del N.O. de Galicia, durante aquellos siglos de persecución promovida por los musulmanes, anduvo errante y personificada en la persona del Obispo fugitivo.
Los lugares de estancia le dieron nombre y uno de esos nombres es el de “EUMIENSE” (en tierras del Eume).
No cabe lugar a dudas de que tal residencia de la Sede ha sido el Valle de “La Altiplanicie del Eume”, como se llamaba la llanura de Puentes antes del siglo XIV (según los mapas medievales) y donde además había el Monasterio de San Martín, refugio idóneo para nuestro Obispo. Un manantial de rica agua, junto a la “presa de Alende”, llevó desde siempre el nombre de “fuente del Obispo” (al igual que en Ribadeo se llamó desde entonces a la fecha “casa del Obispo” el edificio donde residió, en el barrio de Cabanela); su situación corresponde a un extremo de la huerta del Monasterio de Chamoselo.
A su lado, en el muro de contención del Río Eume, existen piedras talladas de granito, redondas, del estilo de los asientos de los jardines de los monasterios (como las que hay actualmente en La Rábida).
El Historiador lucense AMOR MEILÁN (“Historia de Lugo”, Tomo III) consigna globalmente las tierras asignadas a la Sede de Bretoña: “…las Iglesias de las colonias bretonas, una de ellas con el -Monasterio Máximo-, y posesiones en Asturias…”.
El P. Ferrando (también historiador insigne) describe más al detalle las tierras de dicha Sede que, según él, se estendían desde el Rio Eo al Portus Brigantinus (Betanzos) y desde el Cantábrico hasta cerca de Lugo.
Esa dimensión viene a ser la posterior diócesis de Mondoñedo; algo más extensa en la parte Oeste. De todos modos una cosa es cierta: que la futura Sede Mindoniense fue antes denominada “EUMIENSE” ; en consecuencia estuvo establecida en nuestra región del Eume.
Y no pudo ser en Caaveiro, ya que no existía la Colegiata en esas fechas (según la obra “Galicia Histórica” de López Ferreiro); era el Monasterio de Puentes el único en las riberas del Eume.
La Sede Eumiense se unificó después con la “Dumiense” importada en la persona de Sabarico, pues muchos historidadores afirman que el Obispado Mindoniense es continuación del Britoniense, en oposición de cuantos creen que la Sede de Bretoña pasó a Asturias (recoge estas opiniones el escritor ortigueirés Alfonso Toimil González; “Voz de Ortigueira” nº 3158).
Nuestro Monasterio de San Martín ¿sería acaso el “Monasterio Máximo” de la jurisdicción britoniense? La peña de aficionados esperamos poder dilucidar estas incógnitas en la investigación de los materiales del Archivo Histórico del Reino de Galicia y en la Obra “España Sagrada” del P. Flórez que consigna el elenco de los obispos britonienses, y mejorar lo investigado sobre la Historia de Puentes dentro de los angostos límites de tiempo y medios de que disponemos.
Texto e imaxes aportadas por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes
Hace algún tiempo una corriente de pánico se apoderó de los mercados bursátiles. La confianza se esfumó. Aparecieron en escena imprudentes expertos en finanzas. Algunos de ellos acabaron siendo verdaderos estafadores. El resultado fue un montón de dramas humanos. Muchos vieron su economía reducida a cenizas. Personas que se acercaban a su edad de jubilación se vieron forzadas a seguir trabajando. Algunos perdieron su empleo o tuvieron miedo a perderlo. Los dramas no son fáciles de vivir.
Este contexto puede ayudarnos a entender el evangelio de Marcos. Después de hablar a los judíos sobre el Reino de Dios por medio de parábolas, Jesús se embarcó de noche con sus discípulos y cruzó el mar de Galilea hasta alcanzar la orilla donde vivían gentes de origen griego. Fue entonces cuando estalló una violenta borrasca con lluvia y viento que a punto estuvo de hundir la barca. Los discípulos sintieron lo mismo que cualquiera de nosotros cuando llega la tempestad: miedo. Pero en el relato de Marcos hay algo más. Los discípulos no solo tienen miedo: les escandaliza la indiferencia de Jesús, dormido en un rincón de la barca: «¿no te das cuenta del peligro que corremos?». Lo que viene después ya lo sabemos: Jesús reacciona, aplaca la tempestad y acaba reprochando a los suyos: «pero, ¿dónde está vuestra fe?».
Para entender mejor nuestro relato debemos situarnos en las circunstancias por las que Marcos pasó cuando lo escribió, seguramente en Roma. Los cristianos habían dejado atrás su tierra de Palestina y cruzado el Mediterráneo para adentrarse en un ambiente pagano donde conocerían la hostilidad. Nerón perseguirá a la joven comunidad cristiana, atará vivos a los creyentes a postes y les prenderá fuego para que ardan toda la noche como antorchas e iluminen la ciudad ¿Qué interrogantes no surgirán entre aquellos jóvenes bautizados que, después de proclamar la Resurrección de Cristo y cantar Aleluyas, han visto la barca de su comunidad casi por entero destruida? Gritarán, sin duda: «¿eres indiferente a lo que nos está pasando?, ¿por qué dejas que tu comunidad acabe destruida?».
Dos mil años más tarde, se oyen en la noche los mismos gritos. Basta con pensar un momento en los interrogantes que pudieron surgir entre los cristianos de Japón, cuando cayó la bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki, en Agosto de 1945. No olvidemos que en esa ciudad vivía la comunidad cristiana más numerosa de Japón ¿No dirían algo así como: «¡Señor, te has vuelto completamente loco, acabas de terminar con tu hijo, a quien le esperaba tan brillante porvenir!». Cada cual puede pensar en una situación o un acontecimiento en el que Dios parece ausente y es vana la espera de que intervenga. En ciertos momentos tenemos la impresión de que, si Dios no existiera, no cambiaría absolutamente nada.
Pero, ¿cómo encajar, entonces, la interpelación o reproche de Jesús?: «¿dónde está vuestra fe? ¿O es la vuestra una fe ciega: «sin ver cambio alguno, ¿seguiréis creyendo igual?». Cuando uno escucha con atención las palabras de Jesús cae en la cuenta de que, para Él, la fe es lo que hace posible encontrar la vida. La fe es lo que le ha dado a Él la vida. El relato de la tempestad calmada debe ser interpretado a la luz de otro anterior, en el que Jesús proclama su fe al decir que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. Con el tiempo este grano se convierte en un árbol y a él acuden los pájaros del mundo entero buscando cobijo entre sus ramas. En otras palabras, Jesús viene a decir lo siguiente: «os parece que mi predicación no va a ninguna parte pero debéis saber que mi semilla acabará teniendo un impacto universal a través de los tiempos». Sin esta fe, Jesús habría vuelto enseguida a su taller y a su oficio de carpintero, a seguir reparando herramientas de madera.
Nuestro error es pensar que, con Dios de nuestro lado, ya no hay tempestades. Pero sucede justo lo contrario ¿Para qué sirve, entonces, la fe? ¿Qué significado tiene la imagen del mar en calma y del viento que cesa en nuestro relato? Cierto periodista informaba recientemente sobre movimientos xenófobos y violentos en Rusia y relataba el testimonio de un juez moscovita que, después de sufrir una herida de gravedad por no ser eslavo, decidió mantener su blog en internet. Un neonazi le escribió entonces: «acabaremos nuestro trabajo y te mataremos». Él reaccionó asegurándole al periodista: «hay que plantarles cara, no hay otra solución». La calma no es otra cosa que la capacidad de creer que nuestras acciones darán sus frutos, por más que parezca lo contrario, y seguir adelante.
Jesús pasó por muchas tempestades. La última de todas tuvo lugar para Él en el huerto de Getsemaní. Según nos cuentan, sintió allí verdadera angustia. La angustia es una forma de miedo. Pero la angustia no llegó a paralizarle. Pudo expresarse en una oración a Dios, su Padre, y en una petición a sus discípulos: «quedaos conmigo». Creer fue, para Él, sentir que no estaba solo, aunque ciertamente la presencia de sus discípulos hubiera podido ser mejor. También se calmó la tempestad cuando los discípulos empezaron a sentir la presencia de Jesús «despierto» ¿Seremos capaces de estar cerca de los que sienten angustia en medio de la tempestad para que ellos, a su vez, sean capaces de creer?
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P
Escribe este artigo D. Enrique no ano 1974 na Revista das Festas Patronais e leva por título PUENTES EN EL SIGLO XIX. Nel descríbenos como era a vida pontesa neste século e os acontecementos, máis importantes, acaecidos na nosa Vila.
ANO 1974
PUENTES EN EL SIGLO XIX
Por D. Enrique Rivera Rouco.
Época de pobreza y de malestar fue el siglo XIX en la Villa y Parroquia de Puentes de García Rodríguez, al igual que en toda la Región Gallega, pese al afán de mejoramiento económico y de defensa de Galicia que apasionadamente promovían algunos movimientos patrióticos de entonces, como la “Sociedad Económica de Amigos del País”, en que figuraban el Obispo lucense Páramo y Somoza, Cornice. Caamaño y otros; la ”Restauración” de Montero Ríos; el Regionalismo de Alfredo Brañas; etc. La suerte de nuestro Pueblo ha sido precaria principalmente en la primera mitad del siglo en que, a la opresión feudal se sumaron los desmanes de la dominación francesa, y mejoró progresivamente al ser “aforadas” las propiedades.
Comenzó el siglo coincidiendo con el desmoronamiento de la Casa de Lemos, dueña de Puentes desde mediados del XVI, pasando a depender nuestro Pueblo de los sucesores de la última Condesa (Dª Rosa de Castro) que, en este Feudo, fueron dos: D. Joaquín de Castro y Lamas, residente en el Pazo Señorial de Castro de Rey, y D. Manuel Aguiar de Cora Bahamonde y Montenegro, vecino de Vivero. Los bienes del primero se denominaban “el Vínculo de Castro” y comprendían la parte S.E. (desde el Caneiro al Chamoselo). Los del segundo formaron “el Vínculo de Cora”, integrado por la superficie de la actual Villa y sus alrededores.
Aquellos pacíficos agricultores, además de contribuir a la Iglesia con los diezmos de las cosechas, cotizaban a los referidos dueños un tributo abrumador. Constata Florencio Vaamonde Lores, en su obra “Ecos del Eume”, que ascendía a los 100.000 reales anuales el total de los pagos. derechos de vasallaje y talla, penas de cámara, derecho de “mostrencos”, de “luctuosa”, etc.
Según datos del Registro de la Propiedad de Ortigueira y del Archivo Judicial de dicho Partido, el Ayuntamiento de Puentes era presidido por su Alcalde Mayor que provistaba la Cámara de Castilla y no la Intendencia de la Provincia (con sede en Betanzos) ni el Conde de Lemos. Este cargo lo ocupaba en el final del s. XVIII D. Blas Antonio Pita da Veiga, vecino de Gondré . Las restantes personas que regían el Concejo eran nombradas por el Sr. Feudal.
Una descripción de la Villa de Puentes, elaborada en 1850, figura en la obra “Los Obispos de Mondoñedo”, vol. II, (que se conserva en la biblioteca del Seminario de Mondoñedo) entre la relación de todas las parroquias de la Diócesis que, a la sazón, se había hecho pro encargo del entonces Obispo D. Tomás Iglesias Barcones. Según tal descripción, “la Villa de Puentes constaba de 58 casas,, distribuidas en tres calles, con la Iglesia en el centro; Ayuntamiento (en el actual edificio nº 1 de la Plaza de la Iglesia, hoy remozado) y Escuela (en el nº 19 de la Calle Real), dotada con 20 reales al mes por parte del Gobierno. Celebraba una feria “extramuros” el 1º de cada mes. Su población era de 328 habitantes…”
Vista, a grandes rasgos, la situación de nuestro Pueblo en los comienzos del s. XIX, indicamos seguidamente los principales hechos que vivió en su decurso:
En la primera década tuvo lugar la invasión de las huestes napoleónicas, que dominaron nuestra comarca cometiendo sinnúmero de tropelías y vejámenes. Según la tradición oral del Pueblo, “los franceses alojaban sus caballos en el interior de las Ermitas de la Parroquia y los pastaban en los trigales, demoliendo cierres y cosechas y, por si esto fuera poco, exigieron al vecindario un fuerte impuesto para los gastos de guerra”. Nuestros antepasados lucharon intrépidos contra aquellas hordas funestas, repitiendo el sistema primitivo de guerrillas. Se trataba de verdaderas correrías o “monterías de lobos franceses” (en frase de entonces), llevadas a cabo por pequeños grupos de paisanos.
Cuenta Benito Vicetto en su Historia de Galicia, vol. VII, que “a finales de Enero de 1809 el ejército francés del general Soult avanzaba hacia Ferrol, con el fin de asaltar dicha plaza. Los guerrilleros de la región Eumesa quisieron derribar en Puentes el puente del Eume, mas no se lo permitió la Justicia de la Villa, que cometió un error beneficioso para los franceses. El paso del Gran Corso hubiera sufrido una demora ventajosa para los ferrolanos…
Un gran acontecimiento vino a levantar la moral derrumbada pro el antedicho desastre: “el aforamiento de los Vínculos”. Fernando VII urgió el cumplimiento de la ya existente ley del aforamiento de todas las posesiones señoriales, en virtud de la cual el colono se convertía en dueño del “dominio útil” a cambio de un “canon foral” en cuantía razonable. El señor Cora, adelantándose a la mencionada real orden, concedió a los súbditos este beneficio en los primeros años del siglo, aunque con duración limitada: “…Foro-Enfiteusis, por las vidas de tres Reis de la corona de España y cincuenta años más a lo adelante…”, condición que no llegó a cumplirse, ya que tales bienes fueron comprados en 1902 por D. Sergio Rivera Chao, natural y vecino de Puentes. El “canon foral” exigido consistió en la entrega anual de una cantidad de “reales de vellón”, distinta según cada propiedad. Estos contratos se realizaron ante el Notario de Puentes Josef Freire de Andrade.
D. Joaquín de Castro aforó su “Vínculo” en 1828, ante el escribano lucense Antonio Estévez, gravando cada lugar con el “canon” de 400 reales, un carnero y seis libras de manteca anuales.
En condiciones análogas aforó también sus bienes de Gondré y Freijo el Conde Pita. Todas estas propiedades pasaron al perfecto dominio de los inquilinos en 1927 por orden del Jefe del Gobierno D. Miguel Primo de Rivera, quien decretó la “redención de los foros”.
Nuestros bisabuelos, con gran satisfacción por sentirse ya dueños de algo, a mediados del siglo, inscribieron “su dominio útil” en el Registro de la Propiedad de Ortigueira, cuyas actas todavía son conservadas en los libros correspondientes al Ayuntamiento de Puentes.
A partir de entonces mejoró la situación económica de los agricultores, principalmente en las aldeas por poseer extensión de tierra más abundante que los vecinos de la Villa.
Espasa Calpe, en su gran Diccionario, da cuenta del hurto de una lámpara de plata “de gran valor y mérito artístico”, en el Templo Parroquial de Puentes y que ocurrió el año 1829. Fuera adquirida en 1804 por el entonces Párroco D. Felipe de Neira. Quedó constancia de la misma: “fabricada por el ensayador del Reino, D. José de Luz y Orbazay, en 6.954 reales y 17 maravedís. Pesaba 200 onzas de plata y era copia de las existentes en la Capilla de Ntra. Sra. de los Ojos Grandes en Lugo”
En 1830 recibió Puentes una visita transcendental, preludio de nuestra actual industrialización, la del insigne Ingeniero de Minas, alemán, D. Guillermo Schulz, Inspector General del Cuerpo de Minas en los Reinos de Galicia y Asturias, que estaba elaborando su portentosa obra “Descripción Geonóstica del Reino de Galicia”, a quien se debe el conocimiento de la naturaleza del suelo gallego y asturiano. Localizó y estudió todo lo referente a nuestra cuenca carbonífera. Entre otros datos dejó aclarada la importante composición de alquitrán de algunas especies del carbón de Puentes.
La guerra civil carlista afectó grandemente a nuestro Pueblo, el cual se pronunció a favor de Isabel y llamaban “fouciosos” (de Facciosos) a los partidarios de Carlos (1833-40). Había en la Villa un pequeño ejército anticarlista (“a Tertulia do fondo da Vila”) que tenía el paso a los soldados del pretendiente Carlos. Dos fueron decapitados y colgadas las cabezas en la orilla del camino real; desde entonces se llamó al paraje “Cruz das Cabezas”.
En el año 1835 el Primer Ministro Juan Álvarez Méndez, alias “Mendizábal”, en decreto del 11 de Octubre, ordenó la incautación de los bienes eclesiásticos, bajo el nombre de “Desamortización” de los mismos. Aquella medida drástica y anticlerical privó a la Parroquia de Puentes de la “Finca-Iglesario” (de unas 4 Ha) que poseía en la Magdalena, donde actualmente sólo es dueña del atrio de la Ermita del Carmen y del pequeño campo que ante sus fachada se prolonga en unos 30 metros. Asimismo, con ese motivo, fueron requisadas y trasladadas a Madrid cierto número de alhajas de la Iglesia Parroquial y también perecieron los bienes raíces de las Cofradías y la finca “Obra Pía” de Tras del Puente, dedicada a sostener el Hospital Benéfico existente en el solar hoy ocupado por la Plaza de Cervantes (antes llamada “Plaza del Hospital”). Y, finalmente, usurpó aquel Gobierno las posesiones que el Monasterio de Caaveiro tenía en la parte occidental de nuestro Valle, como eran el lugar de Los Mouros y otros varios, cuyos nombres delatan tal procedencia: “Fraga dos Cregos”, “Porto dos Frades”, etc.
En el siguiente año, 1836, Puentes acogió y publicó la Constitución de Cádiz. Cuenta Freijomil, en su obra “Acontecimientos políticos y Militares del Siglo XIX”, que “fue proclamada solemnemente en la Plaza de la Iglesia, habiendo ido un propio a Ferrol a enterarse de lo pertinente y traído un ejemplar del Real Decreto que la establecía…”
Durante el mandato de Isabel II hubo ordenaciones jurídicas y nacimiento de nuevos organismos: así, en 1833 Puentes dejó de pertenecer a Betanzos, cuya capitalidad pasó a La Coruña. En 1838 fue erigido el Juzgado de Paz, segregándole al Alcalde Mayor las atribuciones propias del Juez, cuyo primer cargo fue ejercido por D. Antonio Ribeira. Hacia el 1855 inició su labor en nuestro Pueblo el Cuerpo de la Guardia Civil, creado diez años antes por el Duque de Ahumada. Tuvo una de sus primeras estancias al lado del Camino de Ortigueira (hoy Calle de José Antonio, nº 8).
Durante este reinado también fue construida la carretera general C641, de Rábade a Ferrol por Puentes, lo que obligó a edificar (en 1860) el Puente Nuevo (de Isabel Ii), por donde pasaría la nueva calzada desviándose de la Villa, pero invitándola a extenderse a la misma para formar posteriormente la Avenida del Generalísimo (antes denominada “Carretera de Castilla”). En la construcción del Puente fue usado el estilo de aquellos tiempos corriente: el Romanticista, en su modalidad Neo-Románica, adaptando el arco de medio punto rebajado.
Surgió, a continuación del mismo y en fecha inmediata, el edificio núms. 2 y 4, que fue dedicado a ultramarinos y fonda, con el nombre de “Mesón del Puente”. Sólo había otra taberna en la Villa: el “Almacén de Ferra”, (en la Plaza de la Iglesia, nº 7).
Durante el resto del siglo fueron apareciendo tres establecimientos más: la “Casa de Antón Fraga” (Avda. José A., 4) y la “Casa de Fraga da Vila” (C/Real, 38).
La epidemia del “Cólera Morbo” motivó la prohibición tajante de enterrar en el interior de los templos. El Pueblo se vio obligado a habilitar su primer Cementerio, para los que donó el solar el Sr. Preito (antepasado de la familia Prieto-Mosteiro). El primer cadáver allí enterrado fue el de D. Ramón Cabarcos, el 30 de Enero de 1858.
El Cementerio (clausurado desde 1924) posee, en hornacina, una imagen de piedra, tosca, de la Virgen del Carmen. Sobre la puerta de entrada tenía una calavera y un epitafio que dice: “Cual te ves me vi, cual me ves te verás, trae esto en la memoria y no te condenarás”.
A lo largo del último tercio del s. XIX se inició lentamente el ensanche de la Villa al ser construidos algunos edificios en el margen derecho del camino de Ortigueira (hasta el número 14 de la Avda. de José A.).
Aumentaba consiguientemente el número de feligreses mientras que la edad del Párroco, D. Antonio Ángel del Riego, resultaba cada vez más avanzada. Por ello solicitó el nombramiento de otro Sacerdote ayudante. Le complació el Obispo D. José Manuel Palacios López creando tal plaza el 1º de Enero de 1884, con el título de “Capellanía Coadjutorial” y dotándola con 550 pts. anuales, del “pío acervo diocesano”. Fuel el primer Capellán Coadjutor D. José María Yanes Picos, cargo que actualmente ocupa el que suscribe, decimoséptimo Coadjutor de esta Parroquia.
Puentes llegó al final del siglo con mejor situación económico-social, aún cuando distaba de ser satisfactoria; prueba de ello fue el éxodo a Cuba de crecido número de vecinos, comenzando el interminable fenómeno de la emigración, sangría de nuestra tierra, síntoma evidente de que nuestro nivel fue y sigue siendo bajo.
Integraban la Parroquia, en dicha época, algunos muy pocos estudiantes y “señoritos”; algunos artesanos dotados de gran habilidad y gusto, como Ramón Pajón, José “das Cortes”, etc., siendo los restantes agricultores pacíficos, merecedores de mayor consideración de la que pudo ofrecerles la suerte de una Galicia menospreciada desde antaño.
Texto e imaxe aportada por José María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado de As Pontes
Así de fermosa lucía onte, venres 11 de xuño, a Igrexa parroquial de As Pontes para celebrar a Solemnidade do Sagrado Corazón de Xesús e a posterior Adoración eucarística do Santísimo Sacramento.
Una vez, hace algún tiempo, me hallaba almorzando en una casa parroquial alemana cuando, después de comer, alargué mi plato a la religiosa que recogía la mesa. Debí, entonces, de enfadarla mucho: había dejado migas y restos de salsa en el plato. Tenía que haberlo rebañado con miga de pan hasta dejarlo limpio. Me enteré, más tarde, de que aquella religiosa había conocido la guerra y el hambre. Por eso no podía soportar que alguien dejara el plato como lo dejé yo. Este recuerdo se me ha quedado grabado y me sugiere, aun hoy, una dimensión de la fiesta del Corpus Christi.
Cada vez que recordamos la última cena de Jesús con sus discípulos: «Jesús tomó pan y dijo: tomad y comed, esto es mi cuerpo, y tomó después el caliz diciendo: esto es mi sangre», despertamos, entre los cristianos de hoy, toda una gama de sentimientos y percepciones. Para unos, éste es, ante todo, el momento casi mágico de la Transubstanciación, cuando Cristo se hace presente en cuerpo y divinidad atrayendo nuestra veneración plena. Para otros, estas palabras evocan la institución de la Eucaristía y el instante mismo que hace de la misa una misa propiamente dicha. Para otros, en fin, semejantes palabras son evocadoras de un rito sabido y gastado a más no poder que sigue resonando como una música que calma y hace posible la comunión más honda.
Para mí la última Cena de Jesús es otra cosa. Es, ante todo, el momento conmovedor de la cena de despedida, que resume lo que ha sido el sentido de su vida, todo lo que ha intentado hacer y expresar con ella. Lo ha entregado todo, su vida entera: así lo manifiestan los signos de su cuerpo y de su sangre. Todo, en él, se ha convertido en alimento. Con Él ha alcanzado su cima la donación de sí. Así lo sugiere la figura del pelícano, que traspasa sus propias entrañas para dar de comer con ellas a sus crías. Cada vez que revivo este momento, me digo a mí mismo en silencio: «no, yo no olvido; nunca olvidaré lo que ha sido tu vida, nunca; me acordaré siempre».
No se trata, en realidad, de un mero recuerdo o evocación del pasado, como cuando alguien hojea un álbum de fotos. Los judíos, cada vez que celebran la salida de Egipto y la Pascua, tienen presente que no fueron solo sus antepasados los que se salvaron y comieron la Pascua: con ellos, el pueblo entero, también los judíos de hoy. Cuando quiero recordar la última Cena de Jesús, me imagino en la misma sala, en el mismo momento y en torno a la misma mesa que compartieron los discípulos. Es a mí a quien se dirige Jesús, a nosotros en la actualidad con toda certeza. Por más indigno que sea, yo me siento enviado en misión como Pedro, Juan o Andrés. Es también la actualidad lo que sugiere la escena de los discípulos de Emaús, cuando Jesús camina misterioso con ellos y preside la mesa. Llamemos a esto, si se quiere, una presencia real. Conocí a un sacerdote dominico en París que no quería sentarse en la sede reservada al que preside la Eucaristía cada vez que la celebraba: era a Cristo a quien le estaba reservada con toda verdad, pues era Él el único con derecho a presidir verdaderamente la Eucaristía.
Hay, además, otra dimensión que, tal vez, solo consigue despertar toda nuestra atención cuando comemos el pan de comunión ¿Por qué pan y vino? ¿Por qué comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Jesús? A mi entender, este gesto resume, en pocas palabras, el misterio de la Encarnación. El pan es el centro de nuestra dieta. El vino es el alma de nuestras celebraciones. El cuerpo somos nosotros, es todo nuestro ser con cada una de sus cualidades. La sangre es la vida que circula por nosotros y nos mantiene vivos. Comer el pan, beber el vino es comprender que Jesús, el Viviente, sale a nuestro encuentro en el centro y alma de nuestras vidas y celebraciones: actúa en nosotros a través de aquello que hace posible nuestro ser, nuestra vida personal, nuestro espíritu.
Pero hay más. Cuando como el pan eucarístico y digo Amén digo «sí» a lo que hace posible mi vida. Manifiesto, pues, mi disposición a comer todo lo que hay en el plato, ya sean manjares o ni mucho menos: lo mismo que hizo Jesús con su plato al decir «sí» a lo que había en él y al beber su cáliz hasta el final. A veces, encontraré en mi plato bocados amargos: ¿me los comeré? ¿enteros? Es una verdadera encrucijada para cualquiera. Pienso, por un momento, en esos padres que han dicho «sí» al amor de la vida hasta aceptar y sacar adelante a un niño con trisomía, por ejemplo. Han hecho una opción sin fisuras por la vida.
Por eso termino con una oración: «Señor, ayúdame a hacer lo mismo que tú, a poner las manos en la masa y a beber el caliz de mi vida hasta el fondo, con sus momentos buenos y sus momentos malos».
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P
El 26 de Diciembre del año 2004 quedará grabado para siempre en nuestra memoria: mientras celebrábamos las fiestas navideñas, un tsunami devastador arrasó las costas del océano índico, dejando casi 230000 muertos.
Todo había empezado en los fondos marinos, concretamente en una falla que se conoce como zona de subducción, cuando una placa tectónica comenzó a presionar sobre otra con tanta fuerza que acabó levantando el océano. Sí, nuestro querido planeta Tierra está siempre en movimiento, para bien y para mal.
Un fenómeno similar se produjo, años después, en la región de Sendai, en Japón, el 11 de Marzo de 2012, dejando, en esta ocasión, más de 16000 muertos. Mientras exista la Tierra, seguirá habiendo tsunamis, alguno tal vez, muy cerca de nosotros. Un buscador de Dios no puede por menos de preguntarse: ¿por qué ha creado Dios un planeta tan inestable y cambiante, que expone nuestra vida a situaciones trágicas? Si yo tuviera la capacidad de crear un planeta, ¿lo haría así?
Si los fenómenos naturales nos desconciertan, ¿qué pensar, además, de los fenómenos humanos? Un reportaje periodístico reciente nos contaba la historia descorazonadora de unos niños cuyos padres eran toxicómanos: se pasaban el día solos, frente al televisor o en su cuna, comiendo de pie y sin la oportunidad de llamar a su madre «mamá». Muchos de ellos, con dos años de vida, no sabían caminar ni hablar todavía.
Estamos lejos, pues, de los cuentos de las mil y una noches. Todo esto se limita, por supuesto, a una parte de la realidad y uno podría pasarse tardes enteras contando historias maravillosas sobre la vida y los milagros del amor. Pero lo cierto es que la realidad humana es compleja, pues abarca zonas de luz y de sombra a la vez. Y, a un buscador de Dios, para quien la realidad visible es reflejo de la realidad invisible, le persigue un interrogante: «¿quién es Dios?». Porque se siente lejos del mundo griego, tal como lo entendía Aristóteles, para quien la divinidad tenía su morada en las esferas perfectas del cielo: si existe la perfección, no es la que nos imaginamos nosotros.
El evangelio que se proclama en la Iglesia el domingo de la Santísima Trinidad complica aun más las cosas porque, en él, escuchamos a Jesús resucitado decir a los once: «id a hacer discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». No se habla propiamente de Dios sino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nos alejamos, pues, de la visión simple de la transcendencia de Alá en el Islam o de Yahveh en el judaísmo. Todavía recuerdo a un dominico de Jerusalén que contaba cómo le había escupido en los pies un soldado israelí como si fuera un idólatra. Fijémonos, por cierto, en que se habla de «bautizar en el Nombre de…». Entre los griegos, el bautismo se podía referir a un barco que, sumergido en el agua, se terminaba hundiendo. Para un cristiano, el bautismo expresa la muerte a su antigua vida y la adquisición de una identidad nueva. Ahora bien, esa identidad que adquirimos con el bautismo es una identidad trinitaria.
¿Hemos reflexionado, alguna vez, sobre nuestra propia actividad como seres inteligentes? Somos una conciencia que busca la luz e intenta dar respuesta a infinidad de preguntas, mientras saborea, de vez en cuando, el placer de comprender y comprobar que su comprensión es exacta. Pero no bastan estos momentos de iluminación personal porque es preciso encontrar las palabras justas para expresar lo que uno ha comprendido y comunicárselo a los demás. Me acuerdo, en este momento, de Helen Keller, aquella niña ciega y muda de nacimiento que dio un salto prodigioso en la vida al descubrir que los movimientos de la mano de su tutora tenían un significado -eran palabras- y se referían a ideas: acababa de descubrir la palabra. Pero comprender y expresar lo que hemos comprendido por medio de palabras no es suficiente: somos seres capaces de actuar y necesitamos saber qué es lo que vale la pena hacer. Y nuestra manera de averiguar lo que vale la pena está condicionada, en buena medida, por nuestra idea de lo que está bien o mal, y también por lo que nos atrae, lo que nos gusta y satisface: una mezcla, pues, de inteligencia práctica y de sentimientos. Al describir quiénes somos, estamos describiendo, a la vez, quién es Dios Padre, fuente de toda luz, Dios Hijo, Palabra de esta luz, y Dios Espíritu Santo, Amor derramado por el mundo para transformarlo con la acción. Somos seres esencialmente trinitarios pues hemos sido creados a imagen de Dios.
Texto original de André Gilbert traducido por V.M.P
Voy a contar la historia verídica de Salomón y Dahiru, grandes amigos entre sí desde que iban a la escuela. El primero era cristiano, un hombre de aspecto rechoncho y descendiente de una familia de granjeros desde hacía varias generaciones. El otro era musulmán, un hombre alto y delgado, descendiente de una tribu que se dedicaba a la cría de astados. Los hechos tuvieron lugar en Nigeria, país donde tales diferencias entre individuos pueden ocasionar la muerte. Pero las comunidades que rodeaban a nuestros dos protagonistas lograban siempre convivir en paz: si algún rebaño pisoteaba un campo o un criador se encontraba con algún obstáculo en su camino hacia fuentes de agua, las diferencias se terminaban solventando amigablemente.
Con el tiempo, sin embargo, las familias de granjeros fueron creciendo, el calentamiento climático acabó secando las tierras, la tierra buena escaseaba cada vez más, los granjeros encontraban sus cosechas arruinadas por los rebaños a su paso y los criadores se veían agobiados por nuevos cercados y plantaciones. Acabo estallando el conflicto, las comunidades entraron en guerra y los ataques entre una y otra fueron sucediéndose: cosechas destruidas, animales masacrados, aldeas incendiadas, personas asesinadas. Salomón y Dahiru tuvieron que abandonar sus comunidades respectivas y se convirtieron en refugiados.
Es en este contexto donde a mí me gustaría volver a leer el evangelio de Pentecostés. Para empezar, Juan pone en labios de Jesús este evangelio con ocasión de su cena de despedida, en el mismo momento en que su misión empieza a parecer un fracaso y a precipitar el odio de las autoridades judías. Queda claro, entonces, que no podrá escapar a una muerte inminente. Cuando Juan escribe este pasaje, hacia el año 90 d. c., él y su comunidad tienen que hacer frente a la hostilidad creciente de la sociedad y, en particular, de la comunidad judía, que acaba de expulsar a los cristianos de la sinagoga. Son horas sombrías en las que uno se siente solo y vulnerable.
¿Qué dice Jesús a sus discípulos cuando se despide de ellos y qué nos está diciendo también a nosotros? Que no serán abandonados a su suerte porque recibirán ayuda, es más, podrán invocar al Ayudante, pues será como un amigo que se acerca y se pone a su lado en los momentos difíciles. Este Ayudante será en ellos como una fuerza inspiradora, para que puedan actuar como Él en las mismas circunstancias. Como Él ya no estará físicamente a su lado, será el Ayudante quien tome el relevo a través de sus palabras y sus gestos. De hecho, debería decir: «podréis actuar como Dios mismo lo haría porque este Ayudante es el aliento mismo de Dios».
Pero ¡atención! Todo esto no tendrá lugar de la noche a la mañana. Ser adulto en la fe requiere tiempo, mucho tiempo. Es un largo camino, pues aprender a seguir los pasos del Maestro, responder a la incomprensión con la entrega paciente de sí mismo, reaccionar ante el mal, el odio y la violencia con un amor dispuesto al sacrificio voluntario, todo esto queda fuera de nuestro alcance a menos que aceptemos la guía del Ayudante y nos abramos por entero a su aliento interior, apenas perceptible. Cuando lo hagamos Él será glorificado, es decir, la vida extraordinaria que ha venido a traernos saldrá a la luz y podremos comprenderle en plenitud, a Él y a Dios mismo. No hay diferencia alguna entre Él, su camino, y Dios mismo.
¿Cómo reaccionar ante semejantes palabras? Uno puede pensar: ¡qué hermoso! Pero no es suficiente. También hoy el aliento imperceptible de Dios hace su obra dentro de nosotros: como dice San Pablo, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5), es decir, todo ser humano tiene, en su interior, algo divino que es la capacidad de amar sin límites, sin condiciones, sin restricciones ni reservas. Como sucede con una ventana, uno puede abrirla para que entre el aire o cerrarla a cal y canto. Es aquí donde se vive el drama humano. No se nota, por lo común, una gran diferencia entre una ventana abierta y otra cerrada hasta que uno pasa por un mal momento.
Pensemos en alguien que está pasando por un mal momento. Todo el mundo le dirá, entonces: «respira con calma, inspira, espira…». Solo cuando abra bien sus pulmones, deje entrar en ellos el aire fresco y expulse el viciado, volverá a encontrar su centro, su ser propio. Lo mismo sucede en muchos de nuestros momentos difíciles: o bien dejamos entrar con calma el dolor y lo vamos haciendo propio y, a lo más profundo y mejor que hay en nosotros, le dejamos dar una respuesta, o bien nos crispamos, rechazamos con dureza lo que vemos y damos rienda suelta al rencor, al odio y a la violencia. Juan da nombre a esta respuesta de lo mejor de nosotros: el Espíritu Santo o Ayudante gracias al cual podemos continuar el camino iniciado por Jesús.
Pero volvamos a Nigeria. Tres años tardó en reanudarse el diálogo entre las dos comunidades a través de encuentros que empezaban siempre con una oración -cristiana una, musulmana la otra-. Catalizador de esta reconciliación vino a ser una ONG que ofrecía no solo un apoyo material a la reconstrucción -la perforación de nuevos pozos- sino también la formación necesaria para negociar y arreglar los conflictos y acabar así con el miedo y el odio. Salomón y Dahiru, refugiados durante estos tres años para no ceder al odio, dejaron atrás su aislamiento y volvieron a ser amigos delante de todo el mundo ¿Cómo no ver aquí la mano del Ayudante?
El evangelio de Juan es proclamado el día de Pentecostés. Es una fiesta extraordinaria que celebra la capacidad que ha recibido el mundo de seguir el camino de Jesús. He aquí, pues, nuestra esperanza y nuestro porvenir.
Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.