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EL DISCÍPULO AL QUE JESÚS AMA

Tras la muerte de un ser humano, cuando el recuerdo de los acontecimientos que marcaron su vida es evocado en sus funerales y su cuerpo sepultado o incinerado, es el momento de la interiorización. En el relato del sepulcro vacío que leemos el Domingo de Pascua ¿no sucede algo semejante? Es verdad que el tiempo del relato es reducido: lo que dura la acción de bajar el cuerpo de la cruz y envolverlo en lienzos. Nos traslada enseguida al momento en que las exequias ya han terminado: el cuerpo ya no está a la vista y empieza la interiorización.

Quiero abrir aquí un paréntesis: ¿qué habría sucedido si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y hubiera pasado el tiempo sobre ese cuerpo cubierto de lienzos? Que nadie me diga: “esa situación nunca se habría dado porque Jesús ha resucitado”. Podríamos seguir creyendo en la Resurrección de Jesús sin dejar de ver su cuerpo yacente en el sepulcro: el estado de Resurrección no requiere la presencia -ni la ausencia- de un cuerpo mortal. Entre los expertos hay acuerdo en que la tradición de la Resurrección y la del sepulcro vacío son totalmente independientes entre sí. Basta leer las cartas paulinas para comprobar que no hay, en ellas, la menor alusión al sepulcro vacío. Cuando Pablo habla del «cuerpo resucitado» se refiere a un «cuerpo espiritual» distinto del cuerpo de carne (1 Cor 15, 44). Vuelvo, pues, a mi reflexión inicial. En realidad, si el cuerpo de Jesús hubiera seguido allí, en el sepulcro, y no se hubiera corrompido, se habría operado, en mi opinión, una especie de fijación castradora sobre el pasado: sería la nuestra una religión del recuerdo.

Tenemos que habérnoslas, sin embargo, con la ausencia del cuerpo. Con el cuerpo ausente podemos poner en relación muchas cosas de nuestra propia vida: la carencia de tantas que podrían llenar de estímulo y pálpito nuestra vida, la ausencia de seres queridos que a uno le gustaría tener siempre a su lado, la falta de seguridad íntima que todos necesitamos, la pérdida del cuerpo joven y alerta que uno ha tenido. Se podrían añadir a todo ello los deseos insatisfechos de comprender una historia personal, de dar sentido a todos los azares e imprevistos de la vida, de entender unas circunstancias que pueden parecer insignificantes y sin la menor transcendencia. María la Magdalena llora: «necesito su cuerpo, dime dónde puedo encontrarlo».

Fijémonos, ahora, en la disposición de Pedro y del otro discípulo. Pedro entra en el sepulcro vacío. Parece el primero en abrirse a esta experiencia de ausencia. Con él nos salen al encuentro todos aquellos para quienes esta experiencia sigue despertando un sinfín de interrogantes dolorosos. El discípulo al que Jesús amaba entra después. A diferencia de Pedro -viéndose, como él, en el corazón de esta experiencia de ausencia-, ve y cree. Será, pues, el primero en la experiencia de la fe ¿Qué es lo que ha visto? ¿Qué es lo que ha creído?

El evangelista repara en que el sudario que había cubierto el rostro de Jesús no se halla entre los lienzos sino enrollado en un sitio aparte. Queda claro, entonces, que la ausencia del cuerpo no se debe a que alguien se lo haya llevado, como creyó María Magdalena, porque no se habría tomado la molestia de coger el sudario y enrollarlo cuidadosamente en un sitio aparte. Estos detalles, por cierto, no han escapado a la atención de Pedro ¿Qué es lo que el otro discípulo ha visto además? ¿Cómo es posible que el sudario se haya convertido en un signo?

Amigo lector, el biblista que soy se siente, ahora, un poco desconcertado. Me resisto a caer en la trampa de los fundamentalistas, para quienes la casualidad no existe porque Dios decide hasta la más insignificante de las cosas que pasan. Sin embargo, estoy convencido de que es el sentimiento de haber sido amado con locura el que ha permitido al otro discípulo ser el primero en presentir los signos o indicios de algo que no era puramente accidental, en buscar febrilmente un sentido para ello, en recordar las palabras de Jesús y en percibir su relación con el conjunto de las Escrituras ¿Cuál es su descubrimiento? El de un significado que emerge de este duelo y hace posible sentir una presencia. Este sentimiento le mueve a decir: «ya no soy ya el discípulo al que Jesús AMABA. En adelante voy a ser el discípulo al que Jesús AMA». Aquel a quien el amor ha hecho correr más rápido que Pedro contempla ahora su relación con Jesús eternamente viva.

Entre los relatos pascuales éste es el que más me interpela. Como la mayoría de las personas, yo no he tenido nunca experiencias privilegiadas del Jesús Viviente, similares a las que los relatos de encuentro con Jesús resucitado parecen sugerir. Lo cierto, sin embargo, es que el evangelista describe, a mi entender, la experiencia de fe por excelencia: la que tiene lugar sin ver a Jesús. Juan me invita a abrirme a todo aquello que representan los vacíos de mi vida, las ausencias que duelen, los adioses más o menos forzados…Y me dice: «mira un poco mejor al corazón de lo que parece un vacío: ¿no hay ahí una presencia amorosa que te espera? Si lo haces, sentirás una paz que te arrancará palabras como éstas: ¡el Viviente está aquí!»

Mientras escribo estas líneas los periódicos cuentan la historia de unos jóvenes esquimales que se drogan con el vapor del combustible. Sabemos que no tuvieron nunca unos padres que miraran por ellos, les prestaran atención, les quisieran. Su abandono se ha convertido en un pozo sin fondo. Con el discípulo que fue el primero en descubrir lo que significa ser amado con locura, me atrevo a formular esta plegaria: que la Pascua venga para todos, para que, en medio de nuestros duelos, pueda germinar la vida.

Texto original de André Gilbert y traducido por V.M.P.

UN DIOS EN LA TIERRA

Una vez me dijo un compañero de trabajo: «tú eres un intelectual». Yo me quedé perplejo al oír estas palabras y solo pude entenderlas cuando agregó: «a ti no te gustan los coches, son para ti simplemente un medio de transporte entre dos puntos. A mí, en cambio, los coches me interesan: ¡soy muy materialista!» ¿Eran sus palabras un cumplido?: en absoluto. En el fondo venía a decirme: «¡no eres de este mundo!». Lo cierto, sin embargo, es que mi trayectoria personal no ha sido sino una largo empeño por desentrañar el misterio de este mundo, único lugar donde Dios se deja descubrir. El evangelio de la Pasion así lo proclama: con vigor e incluso con violencia.

Cuando uno vuelve a leer los capítulos trece y catorce del evangelio marcano, no puede por menos de llamarle poderosamente la atención su manera de presentar a Jesús: ni sombra ya de aquel taumaturgo que curaba a la gente con una mano y, con la otra, expulsaba sus demonios, predicaba a las multitudes que le aclamaban y venía a ser, en buena medida, un hombre singular. Por primera vez Jesús es presentado como un ser humano cualquiera. Y nada es fácil para él.

Lo que más llama la atención, con todo, es su impotencia. Precisamente Él, que conoce tan bien a su gente, ¿cómo puede equivocarse eligiendo a Judas como discípulo? Ante lo que le espera está asustado y angustiado. No quiere morirse porque está apegado a la vida como cualquier ser humano: «¡Quisiera tanto que esto no me estuviera pasando!». Una vez esposado ya no será más que un juguete en manos de las autoridades ¿Qué ha sido del que expulsaba demonios y sanaba enfermos? Le abofetean, le escupen en la cara, le azotan y escarnecen. La figura de Jesús no se parece nada a la de un héroe: no solo será incapaz de cargar él solo con su cruz, antes bien, acabará muriendo antes que sus compañeros de suplicio, los malhechores crucificados con él. El propio Pilato quedará sorprendido. Es realmente un ser humano como cualquiera de nosotros.

Pero, si hay algo que me impresiona sobre todo en el relato de la Pasión, es la violencia que desprende de principio a fin. La violencia empieza ya con el asunto del perfume derramado y el dinero que se habría obtenido con su venta ¿Cómo describir la violencia de un discípulo que abraza a su maestro diciéndole respetuosamente «mi maestro» después de darle el beso de la muerte? Violencia en las expresiones de Pedro, que ya no sabe sobre qué cabeza jurar que no conoce a Jesús y que acabará rompiendo en sollozos sin consuelo ante lo que acaba de hacer. Violencia de un proceso en el que todo está ya decidido de antemano, y eso sin hacer mención de las torturas que puede llegar a infligir el ejército de Roma. Violencia en la escena de la gente que observa la escena con un cierto desdén: ¿cómo se puede ser tan duro ante un ser frágil y vulnerable, máxime cuando se ha pasado la vida sirviendo y amando a los demás? Hay una escena, en fin, que, a mi modo de ver, viene a coronar toda esta violencia: tras haber gemido «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» (salmo 22), Jesús muere dando un gran grito.

Sin saber por qué, no puedo reprimir las lágrimas cada vez que leo el relato de la Pasión. «Será por la edad, sin duda» me he dicho tantas veces hasta que alguien me ha abierto los ojos con estas palabras: «no será, más bien, porque, en el relato de la Pasión, te ves reflejado un poco a ti mismo, a otras personas que conoces, tu mundo propio, en suma?». Es cierto. Me duelen mis propias negaciones. Me duele la insensibilidad de la gente. Me duele su dolor. Cierto padre, enterado de que su hijo había abatido a sangre fría en su chalet a una pareja de jubilados, solo supo decir: «es cierto, es una estupidez lo que ha hecho». Después se fue a comprar una caja de cervezas para emborracharse. Cuando leo en la prensa algún reportaje sobre África y regiones enteras de este continente devastadas por el hambre, que describe con detalle la desesperación de sus gentes y la falta de soluciones, no lo puedo soportar. Cierro el periódico enseguida.

Semejante pasión doliente no existiría si el deseo apasionado no estuviera muy vivo, ese deseo que brota de nuestras entrañas. Se ve claro en Jesús: deseo de una comunidad fraterna y ardiente en su última cena, deseo de un grupo capaz de sostener a muchos cuando invita a sus discípulos a acompañarle en la oración, deseo de un mundo renovado en su testimonio sobre el Mesías durante el proceso y, sobre todo, en el final del salmo veintidós (Los pobres comerán y quedarán saciados. Alabaran a Dios los que le buscan). Deseo apasionado y pasión doliente van de la mano y no pueden brotar si no me abro por entero a todas las dimensiones que componen la trama de mi vida. A uno le gustaría huir de este mundo y encontrarse con Dios en el cielo. Pero es en el corazón de este mundo, a través del grito que nos remueve las entrañas, como Dios se nos da a conocer. Por eso, después de haber oído el grito de Jesús, que expresa un deseo tan grande y doloroso, un deseo que invoca la Resurrección, exclama el centurión: «verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”, es decir, no hay que mirar en otro lugar para descubrir el rostro de aquel ser misterioso que llamamos Dios.

Texto de André Gilbert traducido por V.M.P.

A PARROQUIA DA VILAVELLA POR D. ENRIQUE RIVERA

A parroquia da Vilavella foi unha das máis afectadas polo tema da expropiación de ENDESA, de feito que moitos dos lugares que formaban esta parroquia hoxe están desaparecidos por mor, primeiro, da mina e da escombreira e, logo, do lago.

Era das parroquias máis grandes de As Pontes en extensión e lugares.

Para min, persoalmente, é unha parroquia que me toca de cheo, pois dela é a miña dona e na súa Igrexa caseime.

Un dos achádegos máis representativos da nosa Prehistoria pontesa, o vaso campaniforme, atopouse nunha medoña desta parroquia.

O seu nome, Vilavella, danos unha orientación sobre a antigüidade da súa existencia.

Hoxe, do núcleo arredor da Igrexa e o cemiterio, só un par de casas quedan para lembrar algo do que foi.

D. Enrique, no seu artigo publicado na revista das Festas Patronais do ano 1998, fálanos dos lindes, da historia e dos avatares polos que pasou esta Parroquia.

RESEÑA HISTÓRICA DE LA PARROQUIA DE VILAVELLA

Esta parroquia, perteneciente al Miunicipio de As Pontes, hállase hoy prácticamente desaparecida , debido a las expropiaciones de las Empresas Calvo Sotelo y ENDESA. Hasta la década de los cuarenta y siguientes, en las que ocurrió la expropiación, comprendía 30 barrios con unas 150 casas rurales habitadas, en un territorio de forma irregular, estrecho y alargado, desde la Parrocha y Acibido hasta Cheiván y Rámez, de los que en la actualidad solo quedan: Bidueiro, Vila, Casilla, Alimpadoiros, Saa, Carballeira, Esfarrapa, Cheiván y Rámez.

Juntamente perecieron muchos monumentos prehistóricos: gran número de “mámoas” (medoñas) o sepulturas del hombre primitivo y el “Castro da Uz” (fortificación celta de varios siglos antes de Cristo), ejemplar destacado en la Comarca por poseer tres muros paralelos de protección.

La mayor parte de la Parroquia es valle de sedimentación, formado en la Era Terciaria (hace 20 millones de años, a juzgar por la naturaleza del carbón) y con la sucesiva acumulación de vegetales arrastrados por el Río Eume y por los aluviones o avalanchas de agua torrenciales, dando así origen al mineral de lignito, materia prima de las industrias aquí establecidas.

Los estractos de lignito alcanzan una profundidad de325 metros, según la Empresa “Adaro”, que realizó los sondeos. En el fondo aparecieron moluscos de mar petrificados (que ingresaron en un museo de Madrid), cuyo hallazgo demuestra que la Ría de Ferrol en la Era Terciaria se prolongaba por entre las montañas de Iglesiafeita hasta As Pontes, en donde desemboca el río Eume, el cual, al rellenarse el valle, tuvo que abrirse paso a Pontedeume.

Sobre los estractos de lignito había una capa de tierra de “humus” con solo un metro de espesor, procedente de la Era Cuaternaria, que sostenía el cultivo agrario. Era terreno húmedo y fértil propiciando el cultivo y la explotación agrícola y ganadera y, al ser lugares con extensión relativamente grande, sus moradores se defendían bastante bien económicamente.

La asistencia docente era satisfactoria, con tres escuelas mixtas: la de Barosa (luego Saa), la del Meidelo y en la cabeza de la Parroquia.

Limitaba con la Parroquia de As Pontes a lo largo del camino vecinal de Os Mouros a As Pontes (actual calle Pardo Bazán), de suerte que antes en los edificios adyacentes a la desembocadura de dicho camino (en Rego do Muíño, números 6 y 10) figuraban los nombres de “Riego del Molino de Puentes” en el primero y “Riego del Molino de Vilavella” en el segundo.

A principios de este siglo, durante el mandato del Obispo D. Manuel Fernández de Castro, tuvieron lugar la creación de muchas parroquias nuevas (como Somede, Ambosores, Valle de Xestoso, etc) y reformas en los límites de las ya existentes. A Vilavella le desplazaron la frontera contra As Pontes, perdiendo el espacio comprendido entre el camino vecinal de Os Mouros y el “Camiño de Iglesia” de Os Mouros a la capital de la Parroquia, que cruzaba por la Casilla para salir a donde está hoy situado el Bar Cantábrico y continuar por la Areosa, quedando así delimitada la línea divisoria.

Cuando el Obispo le comunicó al Párroco esta decisión, él le dijo: – Sr. Obispo “Consumata est iníquidas” (Se llevó a cabo la injusticia).

Desde entonces y a lo largo de muchos años hubo enemistad entre los Párrocos de Vilavella y As Pontes por haberle quitado de su territorio. Eran a la razón Párroco de Villavella D. Francisco Chao Fernández y de As Pontes, D. Antonio Ángel del Riego.

El nombre de Vilavella lógicamente indica su anterioridad sobre los pueblos vecinos. Asimismo se aprecian en el Templo Parroquial elementos de gran antigüedad, como son los ventanales de la nave, al tener forma avocinada, son típicos del arte románico. En el resto hubo reformas posteriores., como se nota en la fachada, que está compuesta por piedras nobles, pero de distinta clase y época.

El retablo es un importante ejemplar del bajo barroco del siglo XVIII.

Al igual que todas las demás iglesias antiguas no quedan escritos acerca de su fundación. Entonces estas memorias solo se escribían en los Monasterios y Cabezas de Diócesis, y las partidas sacramentales de las parroquias parten de finales del siglo XVII. La más antigua de Vilavella data del año 1686.

Curiosamente el titular de la Parroquia es “Santa María de Vilavella” (en la advocación de la Virgen de las Angustias), mientras que el Santo Patrono venerado en la Feligresía y que se vino celebrando desde tiempo inmemorial, en el último domingo de Agosto, es San Andrés de Vilavella. Asimismo la tradición popular da cuenta de que esta Parroquia en tiempos antiguos se llamaba “San Andrés del Bosque”.

En el archivo Diocesano de Mondoñedo, Secciones de “Expedientes de Patronato Parroquial” y “Expedientes de Provisión de Capellanías”, se conservan gran número de expedientes en que se asigna un presbítero para atender la Institución de San Andrés de Vilavella, datando el primer expediente del año 1632.

Todo esto parece indicar que en tiempos anteriores, quizá paleocristianos, hubo en este lugar una comunidad católica que veneraba a San Andrés y posteriormente, al constituir Parroquia y edificar nueva Iglesia sobre la Ermita de San Andrés, le dieron el título de Santa María, titular casi común en las parroquias gallegas, aunque sobrevivió a lo largo de muchos siglos el culto a San Andrés con carácter de capellanía.

Según la obra “Manual de Historia Eclesiástica” de Bernardino Llorca, las diócesis y parroquias fueron delimitadas geográficamente en el siglo IX; antes eran grupos humanos (comunidades) sin límites territoriales fijos.

Posteriormente, en el siglo XVIII, fue eregida la Capilla de San Cristóbal del Vilar por la Familia Fresco, vecina de dicho paraje. Esta Ermita pereció en la expropiación y con tal motivo fue trasladada al barrio de Esfarrapa.

En 1966, por causa de la gran distancia a la Iglesia Parroquial, los vecinos de Saa construyeron su Capilla, dedicada a la Virgen del Pino, advocación procedente del Santuario con éste titular en Canarias.

En los últimos meses fue practicada una importante restauración a la Iglesia Parroquial que tenía muy deteriorada la cubierta y los lucidos; ahora recuperó su belleza inicial.

En la restauración aparecieron bajo los cales, seis confesionarios tipo hornacina, empotrados en las paredes con el fin de ocupar menos espacio en la nave, modelo no usual en esta zona.

Inmediatamente antes de esta reconstrucción del edificio hubo un intento de traslado a las inmediaciones de Os Alimpadoiros, que pertenece a Vilavella, liberándolo así de la contaminación colindante del parque de carbones; además vino a quedar en un extremo deshabitado de la Parroquia; pero fracasó el empeño al no haber acuerdo unánime entre todos los feligreses, pues cierto número discrepó de este proyecto.

Algunos de los barrios desaparecidos perpetúan su nombre en las nuevas calles de la Villa, como la Rúa do Meidelo (junto a As Campeiras), donde se asentaron muchos vecinos de tal barrio.

Como dato curioso he de constatar que el caso de Vilavella no está previsto en el Derecho Canónico: el desaparecer el curato dejando al cura sin plaza; en tiempos pasados solo era imaginable con un cataclismo. Si hubiera abundancia de sacerdotes como antes, el de Vilavella tendría que concluir con un cese especial al tener que dejar la Parroquia no por un ascenso ni por un castigo.

En resumen, el tributo que As Pontes tuvo que pagar al progreso llevó consigo la desaparición de un valle pintoresco y el éxodo y desarraigo de muchos paisanos como los de Vilavella.

D. Enrique Rivera Rouco

Festas do Carme 1.998

Texto aportado por Xose María Ferro, Director do Museo Etnográfico Monte Caxado (As Pontes)

Fotografía do Cruceiro da Vilavella aportado por Xose María Ferrol

A parroquia do Aparral por D. Enrique Rivera

Na revista das Festas Patroais do ano 1999, D. Enrique publicaba este artigo no que nos aporta datos sobre esta parroquia relativos á poboación, datos sobre a freguesía e a capela.

La Parroquia de Aparral, situada en la parte Sur de la Villa de As Pontes es, en extensión, una de las más pequeñas del Municipio. Está compuesta por los siguientes barrios: Aparral de Arriba, Besura, Cabeza dos Fornos, Candedo, Casas Hermas, Casilla da Sta. do Carballo, A Cova, Cornocelo, Novil, Pedrafita, Pedregás, Pereiro, Porvelo, Precordeiro, Rega, Sexe y Tarrao.

Su nombre procede del gallego primitivo romance:“APO-REIRO” = “Junto al río”. Efectivamente el río Chamoselo, que nace en Roupar, pasa cerca de la Iglesia.Por el costado Norte discurre el trazado de la carretera Comarcal-641 (de Rábade a Ferrol) y comunican sus aldeas varias pistas, siendo las principales, las de A Cova a Ponte do Souto y a Mariñaleda.

Poseía, al comienzo del siglo XX, 270 habitantes; 185 en 1960 y actualmente 65 en las 22 casas que quedan habitadas por los referidos barrios; algunos de los cuales están totalmente vacío, como Besura, Cornocelo, Novil y Rega. La despoblación fue motivada principalmente por motivos laborales: gran número de habitantes se estableció en As Pontes para trabajar en la industria, otros en Ferrol, Vascongadas, Cataluña e incluso en el extranjero. Si bien algunos retornaron al ser jubilados construyendo nuevas vivienda en sus propiedades de antaño.

El suelo de esta parroquia es en general quebrado con abundancia de manantiales, formando diversos arroyos que desembocan en el Río Chamoselo. Los principales son: Lavadoiro, Paluceiro, Cocido y Sexe.Entre los lugares de Porvelo y O Pereiro s eencuentra un yacimiento de arcilla de óptima calidad para toda clase de labores de cerámica, que en años pasados fue explotado por la telleira “Cerámica del Carmen” de As Pontes.

Actualmente hállase sin aprovechamiento, pudiendo proporcionar puestos de trabajo.En el año 1900, siendo Obispo de Mondoñedo D. Manuel Fernández de Castro, se verificó una reforma en sus límites parroquiales, habiéndolo pedido los vecinos de los barrios de Cornocelo, Candedo y Novil por quedarles muy distante la Iglesia de Aparral.

Dichos lugares fueron eclesiásticamente agregados a la Parroquia de Piñeiro, aunque civilmente continúan perteneciendo a Aparral; así poseen el mismo cartero, pedáneo y capataz de caminos de esta Feligresía.

Hubo en esta parroquia, hasta hace pocas décadas en que dejó de practicarse, una Cofradía famosa: la Cofradía de Ánimas, la más antigua y de las más pujantes de la Comarca. Existió ya antes del siglo XVIII, ya que su primer libro que se conserva en el Archivo Parroquial de Roupar se titula “Nueva Fundación de la Cofradía de Ánimas”, lo que demuestra su existencia anterior y que fuera interrumpida por alguna circunstancia. Este libro de “Nueva Fundación” comienza en el año 1735, siendo Párroco de Aparral D. Diego González y Obispo de Mondoñedo Fray Sarmiento de Sotomayor.

Contiene los estatutos por los que se vino rigiendo y la relación de Cofrades afiliados, en gran número ya entonces, además de los Feligreses habían ingresado una alta cantidad de las parroquias colindantes e incluso lejanas. Poseía Mayordomo y Contable para su desenvolvimiento.Los socios estaban recompensados con indulgencias, así como con servicios y sugragios “post mortem”.

Cuando fallecía un Cofrade, el Mayordomo acudía a su funeral portando, a lomo de caballos una abundante cantidad de fachas de cera para lucir durante la función, y además se le aplicaban sufragios o cultos periódicos en al Iglesia de Aparral.En el mencionado libro y siguientes continúa descrita la narración administrativa de cuentas y vicisitudes que vivió la Cofradía hasta su decadencia y extinción desde hay al menos cuarenta años, por haberse quedado obsoleta y la Parroquia despoblada.

Esta Feligresía de Aparral tuvo Cura propio hasta mediados del siglo XIX en la “desamortización de Mendizábal”, en que dicho Ministro de Isabel II expropió los bienes eclesiásticos y despojó la Parroquia de las fincas que integraban el Iglesario e incluso de la Casa Rectoral, situadas en Aparral de Arriba, en donde se aprecia todavía la cimentación del edificio. Desde entonces fue agregada al “Curato de Roupar” con la categoría de “Anejo” o Parroquia unida, y atendida por el Cura de Roupar.

Posee Aparral una Ermita en el barrio de A Casilla, llamada “Santa do Carballo” y cuya Patrona titular es “LA VIRGEN DE LA ASCENSIÓN”, título inusual a la Sma. Virgen (hay muy pocos casos en España); naturalmente no es la “Asunción” sino que, por estar asociada con Cristo a todos los misterios de nuestra redención, se refiere al dogma de la Ascensión del Señor, y efectivamente vino celebrándose la fiesta desde siempre en Mayo, el día de esta solemnidad litúrgica.

En la memoria de los mayores pervive la leyenda, según la cual en otro tiempo se apareció allí la Virgen en la rama de un roble, de ahí el título de “Santa do Carballo”; lo cual no pasa de simple leyenda, ya que si fuera verdad tendría esta romería mucha mayor resonancia.

La fundación del Santuario es antiquísima. La primitiva Capilla estaba situada unos 1400 metros más atrás de la actual, junto al riachuelo. Era más pequeña y ostentaba en el dintel superior la inscripción de la fecha en que fuera construída, en el siglo XIII, pero lamentablemente la demolieron tras edificar la actual, que fue costeada por el Sacerdote D. Paulino Pérez Ledo, natural de A Casilla (hijo del entonces Peón Legoeiro de la Carretera C_641). Párroco de Somede, donde falleció en 1.951, poco después de inaugurar la Ermita.

Asimismo esta Parroquia dispone de dos cruceros de granito antiguos: uno en el barrio de Pedrafita distinguidamente logrado con basamento e imágenes tradicionales y capitel del Orden Corintio. El otro, ubicado en A Cova, es de fabricación más simple, sin imágenes, y con capitel de imitación Dórica.La Iglesia Parroquial es muy antigua, procedente de la Edad Media, como demuestran su estructura con dos pórticos primitivos, el retablo con la sobriedad del barroco inicial y el estar separada de la torre-espadaña, que también procede de esa época; como lo prueba su constitución con frontispicio dotado de gárgolas rudimentarias y “Ojo de Buey” sobre la campana. Hállase catalogada en el Patrimonio Cultural del Estado.Ambos monumentos recibieron en el presente año (1999) una importante restauración que les devolvió su sabor primitivo: la techumbre de la Iglesia estaba muy deteriorada y, por si fuera poco, debido a la falta de medios, en 1976 sustituyeron su mayor parte por uralita acanalada, cometiendo una aberración arquitectónica.

La torre-espadaña sufrió en los últimos años grave ruina al ceder la cimentación y principalmente con los seísmos que sacudieron Galicia en 1997.El costeo de estas restauraciones fue subvencionado por el “Programa Próder” de Euro-Eume y por la Excma. Diputación Provincial, además de la contribución de los Feligreses y donativos de entidades y vecinos de As Pontes.

Asimismo, en el pasado año, fueron restauradas las dos principales imágenes de esta Iglesia, muy antiguas, con vestido y mérito histórico: la Patrona a expensas de D. Marcelino Blanco Fernández, de As Pontes, y la Virgen del Rosario, por Dª Carmen Castro y otro Feligrés.

La Patrona es la Virgen de la Asunción que antaño se celebró el 15 de Agosto. Mas, desde hace mucho tiempo, la devoción popular se desvió hacia San Juan y viene celebrándose en el mes de Junio.

Finalmente hemos de señalar que tampoco en Aparral faltó alguna persona ilustre, por ejemplo el Excmo. Señor D. Diego Franco Couceiro (que aún vive), natural de Casas Hermas y General de Brigada de Aviación, con base en Reus (Barcelona)

Aparral, verano de 1999

Enrique Rivera Rouco.

Texto e fotografías aportados por Xose María Ferro director do Museo Etnográfico Monte Caxado

EL SANTUARIO DE SAN RAMON DEL PARAÑO POR D. ENRIQUE RIVERA ROUCO

Imaxe cedida por Xose María ferro, director no Museo Etnográfico Monte Caxado. Procesión no ano 1966

Outro dos artigos de D. Enrique na Revista das Festas Patronais, do ano 1993, fálanos da Capela de San Ramón do Paraño. Santuario para min moi especial, pois dende neno tocábame celebrar o patrón, xa que meu pai, Amador López, fíxolle a festa a San Ramón durante moitos anos, xa que se ofrecera estando na Guerra Civil, a facerlle a festa se volvía con vida. Por outra banda O Paraño e a Forxa, son as miñas raíces, xa que meu pai, Amador, era do Paraño e, miña nai, Remedios era da Forxa.

EL SANTUARIO DE SAN RAMÓN DEL PARAÑO.
Reseña histórica, por D. Enrique Rivera Rouco,
Cronista Oficial de As Pontes.

  • PROCEDE DE UNA FUNDACIÓN LAICAL QUE PERMANECIO SIN REDIMIR
  • CON MÁS DE CUATRO SIGLOS DE VIDA SIGUE SIENDO CENTRO DE GRAN DEVOCIÓN Y CONCURRENCIA.

Al objeto de información de nuestro pasado histórico consigno los siguientes datos que, sobre la vida y vicisitudes de este Santuario, pude hallar entre la abundante documentación antigua que de las propiedades del Paraño conserva el vecino Don Alfonso Castro Ramos, quien amigablemente me permitió investigar.


La fiesta de San Ramón gozó, desde antaño, de gran aceptación y concurrencia y asimismo es famosa la romería en la Ermita de su nombre, emplazada desde finales del siglo pasado en el Barrio del Paraño, al lado de la carretera general C-641, habiendo sido trasladada de su primitiva ubicación en el valle adyacente junto al arroyo “Rego da Forxa”. A esta romería acuden para cumplir sus promesas gran número de devotos, principalmente, madre que últimamente hayan alumbrado.


Características peculiares de este Santuario son: primero, el proceder de una antiquísima fundación particular en la modalidad de Capellanía laical colativa de sangre, es decir, un Patronato laical, de carácter hereditario en el que el fundador y los sucesores primogénitos, con el título de Patrones, conservaban todas las atribuciones sobre la fundación y su desenvolvimiento, así como la designación del Capellán.


En segundo lugar, el haber sido el único caso en la Comarca en que el Patrono continuó este dominico hasta nuestros días, pasando por alto la ley de “Redención de Capellanías y Fundaciones” de 1.874, de suerte que fue su último dueño D. Francisco López Prieto, de A Forxa, fallecido sin sucesión en 1.974, por lo que actualmente ostenta este dominio su sobrina Dª Felisa López.


¿Cuándo fue creada la fundación? – No se conserva el documento fundacional. Consta, no obstante, que la familia fundadora ha sido la que moraba en el lugar “Da Fraga” de la Feligresía de As Pontes y, como entonces era usual, llevaban por único apellido “Da Fraga”.

Imaxe cedida por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado. Momento da poxa onde aparece Amador López Ledo.

Ese lugar, desaparecido desde hace más de un siglo, estaba situado entre los barrios de Meda, Vacariza y Carballal, ocupando la cima y ladera sur, aún hoy denominada “Casavella da Fraga” y donde todavía se aprecia la cimentación de la vivienda (muy cerca del repetidor de la TV). Fue una casa potente en aquel entonces, como se deduce de las extensiones de tierra que poseía y de haber erigido una fundación.


La alusión más antigua a la Ermita figura en un documento de permutas sobre bienes de la misma que, en 1.772, verificaron dos familiares de la referida casa “Da Fraga”.

Texto aportado por Xose María Ferro, director do Museo Etnográfico Monte Caxado.

CONSENTIR EN MORIR PARA VIVIR

Cuando uno se para a leer o a escuchar con atención el evangelio descubre enseguida su significado. Unos griegos, medio judíos en su práctica religiosa, se sienten atraídos por la figura de Jesús y tratan de entrar en relación con él a través de sus discípulos más genuinamente helenos, Andrés y Felipe, originarios de Betsaida, región helenizada. Curiosamente, la respuesta inicial de Jesús a estos dos discípulos es una plática sobre el sentido de su propia muerte, ya próxima. Después dará comienzo a una breve plegaria marcada por la angustia y coronada por su decisión de consentir el sufrimiento que le espera. Finalmente volverá sus ojos a la multitud para anunciar el fracaso de los poderes que le atacan y su propia victoria a través de todos los creyentes que se verán atraídos por Él. En resumidas cuentas: la entrada en la comunidad creyente de un grupo de fieles ajenos al pueblo de Israel viene a ser fruto de la gesta incomparable de Jesús, que ha llegado al extremo de consentir una muerte trágica antes de extender su influjo sobre el mundo entero más allá de su muerte.

A mí me parece, de todos modos, que esclarecer las intenciones del evangelista, lejos de poner punto final a nuestra reflexión, deja abiertas ante nosotros muchas preguntas. La primera de todas puede ser la siguiente: ¿por qué es necesario morir para dar fruto? La imagen, en labios de Jesús, es elocuente: «os lo aseguro: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero, si muere, da mucho fruto». Esta imagen parece el reflejo de la propia vida de Jesús. Pero, en la trama de nuestras vidas, ¿de que verdad es reflejo, a su vez?

Es, por cierto, en el propio evangelio de Juan donde creo encontrar un esbozo de respuesta a esta pregunta: es el gesto de devolver la vida a Lázaro el que mueve abiertamente a las autoridades judías a sentenciar a muerte a Jesús ¿No es paradójico? Su poder para devolver la vida le llevará a la muerte. Todo lector asiduo del evangelio joánico sabe hasta qué punto el tema de la vida, de la misteriosa «vida sin fin» en concreto, es un hilo conductor del relato evangélico ¿Por qué, entonces, elegir la vida en toda su plenitud supone la muerte?

Creo que la vida me ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. En el fondo, yo mismo no he dejado nunca de morir. Al abandonar el vientre materno lo que hice fue poner fin a mi vida dependiente dentro de una cálida crisálida. Cuando me llegó el día de ir, por primera vez, a la escuela, tuve que despedirme de muchas horas jugando feliz y ponerme a aprender a leer y escribir. Ya adolescente, me fui a vivir a un piso compartido, renunciando así a una parte de mis lazos familiares y entregándome a la ardua tarea de adquirir una preparación. Más tarde, a los dieciocho, dejé mi pueblecito de Rouyn-Noranda para matricularme en las instituciones académicas de Montreal. Tomé la decisión de cursar primero estudios universitarios en Ottawa y, después, bíblicos en Europa y en el Oriente Próximo, ávido siempre de conocer culturas y realidades nuevas. Hasta que llegó para mí el día de tomar una decisión crucial: dejar atrás, en buena medida, todo aquello que había estado construyendo durante veinte años, así como la seguridad que me venía deparando, con el fin de empezar un nuevo proyecto de vida, lo que supondría morir a muchas cosas hermosas para poder nacer a otras ¿Qué continuidad puede haber entre todas estas muertes sino el anhelo de ser fiel a la vida, a la llamada de la vida en plenitud y verdad? ¿Qué sentido pueden tener nuestros desiertos sino el de esperar en ellos la tierra prometida?

Yo estoy personalmente convencido de que ningún ser humano puede crecer y seguir adelante, abierto sin cesar a la verdad y a la vida que le salen al encuentro en su camino, sin aceptar la necesidad de morir cada día a una parte de sí mismo, como la crisálida que viene a morir para convertirse en mariposa. No tenemos acceso al diario íntimo de Jesús pero yo imagino en Él esta misma necesidad cuando declara: «allí donde yo vaya irá también mi servidor».

He hablado, líneas atrás, de una respuesta parcial, en absoluto completa, pues queda en pie un profundo interrogante: ¿por qué hay muertes que, al menos en apariencia, lejos de ayudar a crecer, matan el alma y el corazón de la persona? He vuelto a leer recientemente el relato de los hermanos, padres y amigos de las catorce mujeres asesinadas en la masacre que tuvo lugar en la escuela politécnica de Montreal. Son personas rotas que confiesan haber perdido las ganas de vivir desde aquel seis de diciembre de 1989, si es que no han puesto ya fin a su vida ¿Cómo seguir hablando, entonces, de una muerte que ayuda a crecer? Sin haber dado con la respuesta definitiva a esta pregunta, reconozco que solo puedo hacerme eco de semejante misterio contemplando, en la fe y en el amor, la historia íntima de Jesús que dice: «Ahora mi alma está agitada y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora….»

En esta fe y en este amor me gustaría celebrar la esperanza de que estas muertes sin sentido den a luz una vida absolutamente inesperada.

Texto original de Andréé Gilbert traducido por V.M.P.